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E D I T O R I A L
 

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México D.F. Viernes 12 de noviembre de 2004

 

Cosméticos para Pemex

El reciente remplazo en la dirección general de Pemex y los anuncios formulados ayer por el presidente Vicente Fox y por el secretario de Gobernación, Santiago Creel, de que "ahora sí" se impondrán mecanismos de transparencia en la relación entre la paraestatal y el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM), hacen necesario reflexionar sobre la crisis progresiva en que se encuentra la empresa desde hace por lo menos dos décadas y la negligencia de los sucesivos gobiernos para solucionarla.

Entre los factores del deterioro de Pemex está en primer lugar la corrupción imperante en su administración. La discrecionalidad y la deshonestidad con que los directivos han metido mano en las arcas de la empresa van desde los montos multimillonarios transferidos por la administración de Rogelio Montemayor, por conducto del STPRM, a la campaña presidencial de Francisco Labastida de hace cuatro años, hasta las relativamente pequeñas raterías de Raúl Muñoz Leos, rápidamente restituidas en cuanto se hicieron del conocimiento de la opinión pública. Las desmesuradas y no menos discrecionales prebendas otorgadas a la dirigencia del sindicato contribuyen a perpetuar un cacicazgo ejemplarmente charro cuyas prácticas y cuya impunidad han cambiado muy poco desde los tiempos de Joaquín Hernández Galicia, La Quina, por más que el poder político de la cúpula sindical se haya visto, desde entonces, significativamente mermado. En sus relaciones con el empresariado nacional, Pemex sigue siendo un factor clave para el surgimiento de fortunas súbitas y sospechosas, tanto entre los directivos como entre los inversionistas dispuestos a entregarles parte de sus ganancias a cambio de la concesión de contratos.

Pero, más allá de la corrupción, Pemex está sujeto desde hace mucho a una depredación fiscal que le impide reinvertir los recursos necesarios para la prospección y la modernización, el mantenimiento y el remplazo de maquinaria y equipo. Desde la década antepasada la paraestatal recibe, por parte del gobierno federal, un trato similar -dato inquietante- al que provocó la extinción de Ferronales: nuestra empresa petrolera es la gallina de los huevos de oro cuya preservación no parece preocuparle a nadie, el paño de lágrimas del resto de la economía, el filón sobrexplotado que llegará al agotamiento en cosa de tres lustros o menos. La petroquímica secundaria le fue cercenada a la propiedad pública en los sexenios pasados, la primaria está en circunstancia de catástrofe -varias refinerías que fueron insignia de la industria petrolera nacional hoy están convertidas en chatarra-, las áreas de exploración y perforación están paralizadas y la explotación de pozos se encuentra en una situación cada vez más precaria y dependiente de tecnología extranjera y privada.

Al igual que los gobiernos priístas que le antecedieron, el foxismo se ha abstenido de propiciar la dignificación y la regeneración de Pemex; en cambio se ha dedicado a proseguir el saqueo y el desmantelamiento de la industria petrolera y a multiplicar los llamados contratos de servicios múltiples, que violan el espíritu del artículo 27 constitucional, y a publicitar la supuesta necesidad de reformas legales que abran de par en par las puertas a la inversión privada en los hidrocarburos, con el argumento mendaz de que la paraestatal no cuenta con recursos suficientes para su modernización y su expansión.

A medio camino entre la torpeza y el cinismo, el actual gobierno pretende ahora tapar la grave problemática de Pemex con la destitución de un director súbitamente descubierto en presuntas corruptelas y su remplazo por un funcionario que ha trabajado para algunas de las empresas contratistas que han incrementado sus beneficios por la absurda escasez de recursos de la paraestatal. Adicionalmente, las autoridades firman un convenio para entregar al sindicato casi 8 mil millones de pesos y luego presentan una propuesta de modificación al documento como piedra de toque de una relación "transparente" entre la cúpula y la directiva de la empresa. Mientras tanto, gracias a los enjuages inconfesables entre el gobierno federal, Acción Nacional y el PRI, los protagonistas del astronómico desfalco a Pemex perpetrado en 2000, el ex director Rogelio Montemayor y los líderes charros Carlos Romero Deschamps y Ricardo Aldana, siguen disfrutando de impunidad: el primero en régimen de libertad bajo fianza y los segundos con sus fueros legislativos intactos. En tales circunstancias, los movimientos oficiales en la paraestatal y los propósitos de transparencia aparecen ante la opinión pública como inveterados intentos por aplicar una capa de cosmético sobre los problemas.
 

 
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