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México D.F. Viernes 27 de agosto de 2004

Jorge Camil

Olimpiadas

No cabe duda que el deporte ha caído víctima del capitalismo salvaje que parece controlarlo todo. Los atletas de camisetas descoloridas que ostentaban simplemente un apellido, un número y el nombre de algún país hoy parecen árboles de Navidad. Con llamativas camisetas, pantalones satinados y estrambóticos zapatos deportivos despliegan sin pudor alguno los nombres, colores y logotipos de las corporaciones que los patrocinan: Hyundai, Siemmens, Coca-cola, Nike, Adidas, Sony.

ƑQué fue del deporte amateur que por años promovió el lema mente sana en cuerpo sano; el deporte que inspiraba a la juventud y proporcionaba emociones sin el signo de dólares? ƑExistió alguna vez? La imagen estoica de Jesse Owens, el extraordinario atleta negro que tras haber ganado cuatro medallas de oro fue menospreciado por el Führer en la olimpiada de Berlín en 1936, fue sustituida por la de personajes arrogantes que alardean contratos multimillonarios con cadenas de oro y groseros aretes de brillantes. Sin embargo, para infortunio nuestro, los conocedores afirman que el mundo rosa del deporte amateur jamás existió. Aseguran que la mismísima Alicia en el País de las Maravillas recibía dinero por debajo de la mesa y era sometida a inyecciones de esteroides anabólicos. ƑHabrán existido desde siempre las vacaciones paradisíacas disfrazadas de "sesiones de entrenamiento", los coches deportivos "prestados" y las becas a las mejores universidades?

Una famosa atleta de Alemania oriental (hoy feliz ama de casa) nos quitó recientemente la venda de los ojos: reveló que el aparato estatal, enfrascado como estaba en la vorágine de la guerra fría, por años le inyectó drogas experimentales destinadas a incrementar su rendimiento (Ƒrecuerdan los tiempos en que las andróginas de Alemania comunista arrasaban las medallas olímpicas?). "Lo que sucede -afirmó con tanta honestidad como desparpajo- es que en ese entonces el tema no tenía la importancia de hoy."

En cuestiones de dinero los medios estadunidenses son los más descarados y clasifican a los atletas en función de los ingresos: "Freddy Adu -anuncia orgullosa Leslie Stahl de CNN- es un chico extraordinario: con sólo 14 años gana medio millón de dólares por jugar con el DC United, uno de los principales equipos de futbol de Estados Unidos". Inmediatamente después, la periodista nos informa en tono de reproche que la madre de Freddy rechazó una oferta del Inter de Milán por 750 mil dólares (la pobre mujer, una inteligente y trabajadora inmigrante africana, sólo quería que el chico terminara la preparatoria antes de abrazar el deporte profesional. ƑEs mucho pedir?).

Los mexicanos no tenemos atletas multimillonarios, pero tampoco hacemos mal papel cuando se trata de intereses económicos. Cada olimpiada, y cada copa del mundo, es una oportunidad para que a la hora pico las televisoras repitan hasta el cansancio los mismos comerciales de los patrocinadores (šolvídese de las torturas de Abu Ghraib!). En el poco tiempo restante, los cronistas hacen gala de conocimientos técnicos sobre deportes que en algunos casos jamás se han practicado en México, mientras el resto de los mortales, librando una batalla mortal contra el sueño, nos resignamos a presenciar el despliegue de todo el personal de las televisoras (Ƒdejan a alguien en casa?): cómicos, payasos, cronistas deportivos, títeres, vedettes, ejecutivos y analistas políticos desfilan por la pantalla bromeando, intercambiando chascarrillos y hablando de todo, menos de deporte. Se mezclan las bromas de siempre con reportajes "culturales" leídos por voces estridentes de las más atractivas vedettes del momento. "Mire usted, en un minuto (el "minuto" ocurre 10 comerciales después) le mostraremos el último triunfo del tiburón Thorpe."

Durante las olimpiadas de invierno la cosa es peor: los cronistas se atreven a opinar como expertos sobre deportes como bobsled y curling, que únicamente se practican en las regiones polares del norte de Canadá. Eso sí, mucho futbol, todo el futbol (eliminatorias, juegos de exhibición y competencias finales), con un entusiasmo que va muriendo paulatinamente conforme nuestros muchachos van siendo eliminados, para variar, por países que en la olimpiada anterior no aparecían en el mapa.

Hace varios años, inmediatamente después de una típica olimpiada sin medallas, la prensa se congregó en torno a Mario Vázquez Raña, presidente del Comité Olímpico Mexicano. Le pedían que revelara el costo y los motivos de llevar una numerosa delegación a la sede de los juegos. Vázquez Raña, con voz inaudible, cantinfleó; cambió la cifra de dólares a pesos y viceversa šsin jamás revelar el monto! En ese momento, un reportero con mucho valor le preguntó: Ƒno le da vergüenza? "ƑYo, por qué? -contestó el directivo eterno-, si no soy atleta."

Tal vez por eso regresamos año con año sin más medallas que las obtenidas por el esfuerzo personal de atletas extraordinarios como Belem Guerrero, Ana Gabriela Guevara y Soraya Jiménez: šmexicanas de excepción!

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