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Obituario   - NUEVO -

P O L I T I C A
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México D.F. Jueves 22 de julio de 2004

Adolfo Sánchez Rebolledo

Los halcones y el genocidio

En una carta dirigida al fiscal Ignacio Carrillo Prieto, los inculpados Luis Echeverría, ex presidente de la República; Mario Moya, ex secretario de Gobernación, y Julio Sánchez Vargas, ex procurador general, intentan desnaturalizar, por enésima vez, las acusaciones que se le hacen por la vía de 1) negar la existencia de los delitos y/o 2) probar que, en todo caso, ya prescribieron. Se trata de un recurso de última hora para bloquear la consignación de los expedientes ante el juez, impidiendo que éste dicte las órdenes de formal prisión, acto que por sí mismo marcaría un hito en el ejercicio de la justicia en México. La divulgación de la carta se ha hecho coincidir con las presiones que sobre el fiscal ejercen muy diversas fuentes, algunas estrechamente vinculadas al régimen que en el pasado perpetró los crímenes que ahora se investigan. Antes de que la ley deslinde responsabilidades se llama al perdón, sea en nombre de la reconciliación, hermosa palabra, o de la gobernabilidad, sutil pero inevitable amenaza en boca de ciertos "emisarios del pasado". Parece extraño, pero a los que han esperado décadas para que la justicia los tome en cuenta es a quienes se les pide prudencia para no revivir el infierno. De pronto, en la casa democrática todo son temores, advertencias, miedo a revivir enconos y propiciar fracturas, como si preservar la impunidad no fuera la peor opción desde el punto de vista ético, político, legal e histórico.

No es creíble que los inculpados repitan, como si nada, que los halcones eran un grupo forjado casi administrativamente por el Departamento del Distrito Federal, ajeno por completo a la estrategia de represión puesta en marcha por el Estado para contener y reprimir al movimiento estudiantil, sobre todo después de la experiencia terrible de sacar el Ejército para realizar el trabajo sucio contra multitudes inermes. Grupos semejantes a los halcones, con infinidad de vasos comunicantes entre ellos, ya estaban en el 68 y se perfeccionaron más adelante para aplicar una suerte de represión preventiva en las escuelas donde el porrismo volvió para actuar a sus anchas contra los estudiantes. "Hacia 1969 -señala el rector Javier Barrios Sierra- los principales problemas con los que se enfrentaba la universidad era la intervención de grupos de choque cuya misión fundamental era, por un lado, hostilizar, agrediéndolos frontalmente a los grupos organizados como comités de lucha; de otro, realizar una labor de hostigamiento contra las autoridades universitarias para crear un ambiente en el que el trabajo universitario fuera los más difícil posible" (citado por Carmen Cira Guitian B. en Las porras: estudio de caso de un grupo de presión universitario. Tesis profesional. México: UNAM/FCPS, 1975).

Por eso, hace ya 33 años, al calor de la matanza del 10 de junio, la represiónnos parecía, no un caso aislado, como sostiene todavía la defensa de los inculpados, sino "la lógica continuación de la política y los métodos de gobierno que habían alcanzado en 1968 su máxima expresión. En realidad, son su consecuencia directa y, en cierta medida, su culminación.", decíamos en un documento colectivo (R. Cordera, C. Pereyra, A. Sánchez R. y Santiago Ramírez, La crisis del movimiento estudiantil. Mimeografiado, 1971, pp. 15 y 16), que estaba destinado, justamente, a debatir qué estaba pasando en realidad.

A la pregunta de qué son los halcones, aquél documento respondía:

* Una organización secreta, paramilitar, adiestrada como fuerza de choque, al parecer con miles de reclutas, concebida ex profeso para combatir en las calles al movimiento estudiantil, cumplir misiones represivas especiales en el interior de los centros de estudio, liquidar físicamente a los activistas estudiantiles y sembrar el terror entre las bases: un cuerpo especial del Estado, orientado, dirigido y pagado, con personal y fondos oficiales, que no ha dejado de actuar desde 1968.

* Un grupo de estudiantes falsamente fabricados, reclutados entre la masa indolente, mísera y desocupada de los barrios, de la ilegalidad pandilleril, con la promesa de un salario y un futuro con "licencia para matar", que resume e institucionaliza la violencia espontánea, nocturna y delicuescente de la ciudad subdesarrollada.

* Una organización creada al modo fascista, entrenada en México para matar mexicanos, que ha logrado reunir la mentalidad policiaca tradicional, las tácticas de la contrainsurgencia urbana, con la abyección del lumpen y la decadencia moral de la burguesía.

* Una organización al servicio directo del orden institucional, de la paz pública. En otros términos: los halcones son una muestra del inacabado aprendizaje de la clase dominante, la prueba de que las adaptaciones que realiza en su aparato represivo son mucho más sutiles que la simple compra de tanques y carros antimotines. Su sola existencia es, pues, la evidencia de la crisis interna del poder, puesta de manifiesto ya en 1968.

Traigo a colación estos textos empolvados para insistir en un punto que me parece crucial: la represión ejercida contra los estudiantes, considerados por el Estado un grupo "peligroso", tuvo un carácter sistemático desde antes de que se iniciara formalmente la guerra sucia contra el movimiento armado. La justicia sabrá cómo calificar estos horrendos crímenes cometidos con impunidad absoluta usando pretextos abyectos. Pero ya no hay más tiempo.

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