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México D.F. Jueves 4 de marzo de 2004

Andy Gill

Los treinta años del disco Blood on the tracks/ I

Un puñado de músicos se reunió este martes en Minneapolis para interpretar en su totalidad el contenido del disco Blood on the tracks. Dylan no estuvo ahí.

El más infatigable de los trovadores estuvo esa noche haciendo su música en Sant Louis, en la última etapa de su gira interminable.

No hubo celebridades entre los músicos que estuvieron en Minneapolis. El más cercano a esa categoría fue Eric Weissberg, el músico folk responsable del "Duelo de banyos" en el soundtrack de la película Deliverance.

Los otros son músicos semiprofesionales cuyas vidas se trastocaron de manera irremediable cuando Dylan los contrató en un último esfuerzo por rescatar Blood on the tracks, el álbum que había grabado en Nueva York con la Banda Deliverance, de Weissberg, pero cuyo resultado no le gustó.

Entre la Navidad y el Año Nuevo de 1974, esos músicos organizados de manera instantánea por el hermano de Dylan, David Zimmerman, contribuyeron a convertir una colección irregular de baladas de enamorados perdidos en una de las obras maestras del catálogo de Dylan y uno de sus discos más vendidos. No es difícil ver el por qué:

Es el tipo de álbum que puedes ponerle a oír a los que odian a Dylan, lleno de tonos en murmullo, cautivantes, dotados de musicalidad de muy alta calificación y con una línea de canto límpida, meliflua.

Escrito cuando el matrimonio del cantante estaba a la deriva, Blood on the tracks es el álbum más personal en su carrera, mediante un trabajo artesanal que maneja el truco -único entre escritores "confesionales"- de decirlo todo sin revelar nada.

A cambio de ello arroja luz sobre la manera como las turbulencias emocionales afectan -y en parte motivan- el trabajo del artista, iluminando el espacio entre el hombre y su obra, y de cómo en ocasiones los problemas hacen interfase entre los reinos de lo público y lo privado de los artistas.

Irónicamente, mientras Dylan abrigaba dudas acerca de si había revelado demasiado de lo suyo en ese disco, los músicos que lo ayudaron al rescate siempre lamentaron la falta de reconocimiento a su trabajo. Mientras esas sesiones de rescate se realizaban en el estudio de grabación, un millón y medio de portadas del álbum habían sido ya impresas dando crédito solamente a la banda de Nueva York, y tales créditos nunca fueron corregidos en subsecuentes reimpresiones.

Eso pese a que prácticamente todo músico en todo disco de Dylan había sido inflado por los autores de fanzines con detalles de cada una de sus sesiones dylanianas, los músicos de Minneapolis permanecieron anónimos, como una banda misteriosa que se desvaneció en los páramos invernales de Minnesota tan pronto como el álbum fue concluido.

De manera que el mundo no se enteró de cómo el dueño de una tienda de guitarras, Chris Weber, fue a entregar un pedido -un raro ejemplar de una guitarra Martin- al estudio y de pronto se encontró tocando en una sesión de grabación con Dylan.

Tampoco el mundo supo cómo el baterista de rock Bill Berg se encontraba haciendo maletas para tomar la carretera hacia California e iniciar una nueva vida, cuando recibió un telefonema que lo convocaba a grabar con Dylan. No supo tampoco cómo fue que el bajista Billy Peterson nunca supo que la sesión para la que fue contratado era con Dylan sino hasta que entró al estudio. Ni cómo el guitarrista Kevin Odegard sugirió el crucial cambio de tonalidad para que la rola Tangled up in blue adquiriera su fulgor que hoy conocemos.

Hasta ahora sabe el mundo todo eso. Y es que el concierto organizado para este martes es para dar a conocer el libro Un simple giro del destino, escrito por mí y por Odegard, quien narra las circunstancias atrás de ese álbum, con los testimonios de los músicos de las dos sesiones de grabación (con excepción de Dylan, por supuesto).

Este libro representa mi segundo viaje al interior de las aguas turbulentas de la dylanología. El primero fue una exégesis, canción por canción, de su obra sesentera, titulada Mis páginas traseras (Carlton, 1988), como resultado de toda una vida sumergida en los álbumes de Dylan, intentando adivinar sus significados escondidos.

Mi interés por Dylan -bueno, mi obsesión por Dylan- se disparó en buena parte hace cuatro décadas, cuando yo era un prepúber inexperto y vi a través de la televisión la célebre escena inaugural del filme Don't look back, cuando Dylan tira naipes enarbolando palabras clave en la canción Subterranean homesick blues que suena en el soundtrack.

El efecto fue inmediato y, al parecer, permanente. Nada de lo que conocía me había preparado para este torrente de verborragia, con sus misteriosas márgenes de referentes, su impenetrable jerga y su pureza ácida. De plano no se me ocurría pensar que las canciones pudieran hablar de otras cosas que no fueran coches, bailes y amores adolescentes.

© Copyright The Independent

Traducción: Pablo Espinosa

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