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México D.F. Domingo 29 de febrero de 2004

Guiillermo Almeyra

Argentina: el incendio y los bomberos

Hace una semana miles de piqueteros pertenecientes al Bloque Piquetero (agrupaciones dirigidas por la ultraizquierda) y al Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados de Raúl Castells cortaron 107 rutas y puentes y manifestaron cantando "šOh, oh, oh, vamos a echar al Narigón!" El efecto sobre las clases medias urbanas fue negativo y creció no solamente la distancia frente a esos movimientos sino también el racismo siempre latente ("šnegros de mierda!", "vagos que ganan más que un profesor universitario" -lo cual, por otra parte, es cierto, ya que un piquetero recibe el equivalente a 600 pesos mexicanos mensuales, y un pobresor, 400).

Los que decían que iban a echar al Narigón (el presidente Néstor Kirchner) se dividen entre los que ni piensan en echarlo y sólo bravuconean y hacen carnaval, y los pocos ideólogos de ultraizquierda que sí esperan echarlo, porque creen que subsiste aún una situación prerrevolucionaria y hay que echar carbón a la caldera de la bronca popular. Esta gente es como la que, viviendo en el sótano de una casa de varios pisos, intentase incendiar el edificio para desalojar al antipático del segundo piso... No tienen alternativa al Narigón sino su propia candidatura, que carece de consenso.

Porque el presidente, como buen bizco, mira hacia la derecha y cumple totalmente las recomendaciones del FMI, y con los pagos que le exigen los chupasangre de los organismos internacionales, dejando de lado instrumentos jurídicos esenciales y argumentos fundamentales que le permitirían no pagar la deuda resultante de acciones delictivas, pero también mira en dirección del pueblo, que le da crédito porque comparte una común posición peronista, distributiva, estatalista y nacionalista.

Pretender echar a quien tiene consenso, y mucho, sobre todo si no se tiene una alternativa ni apoyo popular, no sólo es estúpido y propio de aventureros, sino que también ayuda a quienes sí tienen una alternativa a Kirchner, es decir, a la derecha y a Washington. Los cantores del "šOh, oh, oh!" creen, o simulan creer, que en el campo de juego hay sólo dos equipos, el de ellos y el del gobierno, y en cambio hay por lo menos cuatro, todos ellos poderosos y con tácticas propias, sin contar con que los jueces y los reglamentos los pone Estados Unidos.

Desgastar políticamente a los piqueteros, ahondar junto con la derecha la fosa cada vez más profunda que los separa de las clases medias trabajadoras, en la que nadan a sus anchas los cocodrilos de los medios de información, equivale a debilitar los movimientos sociales, e incluso a hacerle el juego al gobierno, que intenta reducir al mínimo la influencia de los piqueteros.

En los alegres cantores callejeros serpentean dos sentimientos contrapuestos: en una parte de ellos, los peronistas, que forman la base incluso de los grupos "revolucionarios", crece por un lado la influencia del nacionalismo peronista-kirchneriano, y también el deseo de participar en la posibilidad de gozar del distribucionismo que Kirchner reserva para los piqueteros "buenos", como los maoístas de la Corriente Clasista y Combativa (que no es ninguna de las dos cosas) o los de la Federación Tierra y Vivienda de Luis D'Elia. Por el otro, ven que la cooptación de estas organizaciones, que están todos los días en la Casa Rosada y siguen a Kirchner en todo y en todas partes, está dirigida a absorber en el Estado el fenómeno de los piqueteros. La distribución de planes de vivienda (y de trabajo) sólo a la CCC y a la FTV, y la decisión de concentrar en el gobierno federal la distribución de los planes Jefe y Jefa de Familia y de pagarlos con tarjeta de plástico son elocuentes. Sobre todo la última, pues busca reducir el poder clientelar de los jefecitos barriales peronistas (del aparato no kircheriano) y de los alcaldes peronistas del aparato duhaldista-menemista y, a la vez, reducir la capacidad clientelar (la distribución de planes y de bolsas de comida) de las organizaciones "radicalizadas" (para obtener mayor poder) o "revolucionarias", interesadas en tener una base electoral futura. Los cantores se curan en salud, y algunos, como Castells, muy probablemente golpean para negociar una cuota mayor de planes y de apoyo político y podrían dejar a sus aliados circunstanciales colgados del pincel.

De todas maneras, la mejoría económica depende de que las tasas de interés en Estados Unidos son las más bajas en 50 años (por ahora, ya que una reanimación económica o un cambio de gobierno podría aumentarlas); de que la cosecha de soya estadunidense fue mala y la argentina, en cambio, excelente; de que aunque no hay inversiones extranjeras, como el país no paga la deuda y exporta bien, aumenta sus reservas en dólares. Pero todo eso es frágil, y el desempleo se ha reducido, pero muy poco, y los ingresos de los trabajadores siguen disminuyendo y están al nivel de los de 1971.

De modo que hay piqueteros para rato y, en cambio, las ilusiones en el distribucionismo kirchneriano tienen patitas muy cortas.

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