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México D.F. Jueves 21 de agosto de 2003

Olga Harmony

Historia del Oeste e historias del cosmos

Algunas cosas me confunden más allá de mi estado habitual. Una de ellas es la denominación de teatro comercial a todo aquel montaje que no sea producido por alguna institución o pertenezca a un grupo de los llamados independientes. Me estoy refiriendo a la reposición de El verdadero Oeste -que quién sabe por qué razones aparece con su título en inglés de True West- del dramaturgo estadunidense, uno de los más importantes de su país, Sam Sheppard. Por algún motivo no logré verla en su estreno en otro espacio, cosa que lamento porque me perdí la actuación de Ana Ofelia Murguía como la madre, que después supe que estaba, siguiendo su costumbre, espléndida. Ahora acudí a la reposición entre las cámaras de Televisión Azteca (me imagino que los barbies de siempre fueron al verdadero estreno) porque la presencia en escena de Angélica Aragón no podía pasar desapercibida para el canal de sus éxitos en telenovelas. Y a pesar de esa atmósfera, y venciendo mis prejuicios hacia sel canal televisivo, no puedo afirmar que se trate de una obra y una escenificación netamente comercial.

Sam Sheppard es ese actor de fuerte presencia y bellos y pronunciados rasgos faciales que vemos en muchas películas hollywoodenses. Eso no lo descarta para ser uno de los autores estadunidenses más originales de su generación. Por cierto, se sabe que sus obras tienen más éxito de crítica que de público, que ha ganado el prestigioso premio Pulitzer y que es miembro desde hace tiempo de la Academia Norteamericana de Artes y Literatura. Está muy lejos de ser lo que yo llamaría un dramaturgo comercial. El verdadero Oeste es un texto duro y difícil, pleno de implicaciones, en donde cada uno de los hermanos antagonistas desea asemejarse al otro, en el que casi se va convirtiendo sin llegar por completo -Sheppard es demasiado talentoso para llevar al extremo lo que apunta- a ello. La ausencia de la madre no es significativa más que en el sentido de libertad que da su no presencia en la casa que cuida Lee, porque la verdadera ausencia que duele a los hermanos hasta casi convertirse en culpa es la del padre alcohólico que vive en el desierto. Para el campesino que fue Sheppard en sus orígenes, la figura paterna es muy fuerte, aunque no reproduzca al propio padre en esta obra y en la obra que se le conoce en México, Loco amor, que por cierto fue también dirigida por José Caballero hace algunos años. Caballero es miembro del sistema Nacional de Creadores y uno de los directores más importantes con que contamos. Tampoco afirmaría que es un director comercial, a pesar de que alguna vez haya puesto su talento al servicio de una escenificación de esta naturaleza.

En una escenografía muy escueta debida a Luis Manuel Aguilar, Mosco, Caballero realiza un preciso trazo escénico en sucesivas escenas cuyo paso del tiempo es señalada por la iluminación del mismo escenógrafo a través de los ventanales de la cocina en que se desarrolla la acción. Los actores y la actrices, excepto Plutarco Haza, que entiendo es el productor, alternan papeles. En la función a que asistí, Plutarco Haza encarna a Lee, el hermano escritor con estudios universitarios, y Fabián Corres al encantador y sinvergüenza Austin. Román Walker es el productor Saul Kimmer, y los tres están muy bien, destacando Fabián Corres. En cambio, Angélica Aragón en su breve aparición como la madre no muestra matices ni intenciones y hace poco honor a su fama de buena actriz.

Es bueno de vez en cuando repensar los modos del teatro. Uno de ellos es el de la experimentación que asume el Teatro Meridional de España con Ofwfa, una historia del Universo, adaptación de Julio Salvatierra de seis historias de Las cosmicómicas de Italo Calvino. La escenificación de Alvaro Lavín es muy graciosa, a veces hilarante, y a mi entender su mérito mayor consiste (un poco siguiendo el hilo de Calvino que a cada historia antecede una cita científica) en lograr un tono cotidiano y realiza con esta familia campesina que ha estado aquí, desde el principio de todo cuando lo único que había era un punto, cuando narran con aparente veracidad las más extrañas experiencias. Es un espectáculo delicioso con estos muy buenos cuatro actores, entre los que destaca -ignoro los nombres de todos- el hijo, nieto y hermano que se muda a la Luna.

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