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México D.F. Jueves 19 de junio de 2003

Soledad Loaeza

Pastores de votantes

El empeño de los obispos mexicanos por dirigir el comportamiento electoral de los católicos revela la gran confusión en que los ha sumergido la democracia respecto a qué es lo que deben hacer o para qué sirven en un mundo posautoritario. Siguen haciendo lo que hacían en el pasado los actores autoritarios: orientar el voto. Sus acciones en el terreno electoral ponen al descubierto la profunda desconfianza que les inspira la capacidad de juicio del ciudadano. A ojos de los obispos, los mexicanos somos una colección de menores de edad que necesitamos ser dirigidos por el camino de la buena política que ellos nos indicarán. Están haciendo exactamente lo mismo que hacían los viejos priístas, y que hizo el cardenal Corripio, quien durante la campaña electoral de 1979 emitió una circular en la que prohibía a los feligreses votar por el Partido Comunista Mexicano. Así que las campañas electorales de estos pastores nada tienen que ver con las nuevas condiciones de la democracia en México.

Nosotros, su potencial grey electoral, les agradecemos sus esfuerzos. Sin embargo, nos permitimos dudar si no de sus buenas intenciones, al menos de su capacidad para guiarnos en la vida pública. Nada ha sido más descorazonador en semanas recientes que escuchar y ver en los medios a arzobispos y obispos que no saben hablar en público, que se expresan con vulgaridades indignas de su magisterio porque desconocen el buen español, que son incapaces de argumentar en forma coherente la defensa de sus posiciones o el ataque a sus adversarios. Provoca escalofríos la posibilidad de escuchar una homilía del cardenal Sandoval Iñiguez o del cardenal Rivera, y da pena ajena imaginar sus intervenciones en el Colegio Cardenalicio.

Ante los medios, pesa decirlo, los jerarcas de la Iglesia mexicana se han exhibido como un desafortunado producto más del sistema escolar mexicano, porque son prueba de que de sus debilidades no se salvan ni las escuelas privadas ni las especiales, como las que forman al clero. Si todos los religiosos mexicanos tienen el nivel de educación que han mostrado los arzobispos y obispos vengativos y parlanchines que han tomado los medios por asalto en las últimas semanas, entonces los católicos mexicanos tenemos el derecho a exigir la intervención inmediata del Vaticano para que reforme la currícula de los seminarios, aplique rigurosísimo exámenes de admisión y de promoción, e introduzca cursos periódicos de capacitación.

Habrá quien piense que es injusto juzgar a los prelados por su evidente incompetencia en asuntos constitucionales o de criminalística. Hasta donde se sabe su profesión es el cuidado de las almas, no de las urnas, pero su ofensiva política y sus omisiones más recientes indican que obispos y arzobispos creen que hacer política es más fácil que ejercer su oficio. De ahí que hayan abdicado de lo que es realmente su magisterio: enseñar a amar a Dios y a respetar sus leyes. Nada hay en los Diez Mandamientos ni en los sacramentos que sugiera, siquiera vagamente, que Dios mande votar, y menos todavía que Dios castigue al que vota por un partido distinto al que los obispos prefieren.

Más que la composición de la futura Legislatura a la Iglesia mexicana tendría que preocuparle el estado de salud del catolicismo en estas tierras. Históricamente, para el Vaticano siempre ha sido motivo de ansiedad que la religión en el continente americano tenga más de mito, paganismo y fanatismo que de conocimiento verdadero de las enseñanzas de Dios y de la Iglesia. Periódicamente las propias autoridades vaticanas realizan estudios acerca de la religiosidad en el hemisferio y sus conclusiones son desalentadoras porque comprueban que las creencias de los católicos mexicanos y de otros latinoamericanos están empapadas de elementos culturales que pervierten su verdadero significado, o son un simple ornamento que se utilizan con propósitos non sanctos; por ejemplo, la política. Una mayoría de católicos lo son sólo de nombre. Por esta razón, en repetidas ocasiones América Latina ha sido declarada tierra de misión.

Es una ironía que el primer presidente agresivamente católico que llega a Los Pinos sea también el primer divorciado, que, además, se haya vuelto a casar con una señora también divorciada, una decisión con la que a ojos de la Iglesia incurrieron en pecado de escándalo. La historia de la pareja presidencial refuta a quienes los acusan de ser ultraconservadores, y hasta donde se sabe sus respectivos hijos también han recibido una educación muy liberal. Estos asuntos deben ser tan incómodos para la jerarquía mexicana que con toda prudencia ni siquiera los mencionan, a pesar de que todos sabemos que las parejas presidenciales pueden sentar modelos de comportamiento social.

Es un error creer que el triunfo del primer presidente panista fue una victoria de la Iglesia católica. Fue más bien una prueba de la preminencia de la tradición liberal en una sociedad suficientemente secularizada que no elige a sus gobernantes desde los parámetros de las leyes divinas o eclesiásticas, y que respeta el derecho de cada uno a vivir su religiosidad como mejor le plazca. La vida privada de la familia del Presidente no se ha traducido políticamente, pues de ser así, entonces los partidos defensores de todo tipo de diversidades tendrían la mayoría asegurada.

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