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México D.F. Sábado 31 de mayo de 2003

Enrique Calderón A. /I

Notas para un proyecto de nación

La elaboración de un proyecto de nación para México en sus condiciones actuales debe establecer como objetivo inicial su supervivencia como país soberano, antes de plantearse otros retos relacionados con el progreso, la justicia social y el bienestar. Esto es así en virtud de los enormes problemas sociales que venimos enfrentando por décadas, así como por los escenarios internacionales en los que estamos inmersos.

Si bien esto pudiera parecer una posición extrema y poco vinculada con la realidad, no lo es, ya que la existencia de fenómenos internos de descomposición social, de diferencias económicas y culturales acentuadas y crecientes entre diferentes regiones del país y también entre distintos grupos sociales que se dan al mismo tiempo que en el ámbito externo, la globalización y las ambiciones imperiales están generando condiciones de desestabilización y ruptura. Por ello, el proyecto de país que requerimos debe contener estrategias claras para la integración nacional y al mismo tiempo un proyecto económico que facilite el acceso a recursos financieros con los que hoy no contamos.

En realidad se trata de dos tipos de acciones muy distintas, pero complementarias. El quehacer para asegurar nuestra integridad como nación, implica un conjunto de acciones enérgicas, que van desde el fortalecimiento de nuestra identidad nacional y el rescate de nuestra cultura y de nuestras raíces históricas hasta el reconocimiento de nuestra diversidad étnica, y de la necesidad de establecer mejores condiciones de vida y de justicia social para distintos grupos hasta ahora marginados de la sociedad, como es el caso de los indígenas.

Se trata de problemas conocidos y ampliamente discutidos, hoy sin embargo minimizados, no obstante su importancia para el restablecimiento de la identidad nacional.

Así, mientras el desconocimiento de personajes de nuestra literatura -como Pedro Páramo y José Rubén Romero-, de nuestra música -como Juventino Rosas o Blas Galindo-, de nuestra historia -como Nicolás de Régules y Melchor Ocampo-, o de las artes plásticas -como José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros- por parte de la población adulta joven, debiera llamarnos a la reflexión, el trato a la población indígena, evidenciado en el rompimiento de los acuerdos de San Andrés por parte del Congreso y del gobierno de la República constituye por sí mismo una provocación a la desintegración nacional.

Por otra parte, resulta vital que los pocos planes de desarrollo regional que existen hoy en el país consideren como objetivo primordial la integración de esas regiones al país en su conjunto, en lugar de incentivar su separación, como ha sucedido con los programas turísticos de Quintana Roo y Baja California Sur, o como el caso del Plan Puebla-Panamá, cuya orientación pareciera ser la de separar una parte del país para integrarla a Centroamérica.

La migración de amplios sectores de población campesina y urbana hacia Estados Unidos, en busca de trabajo y de mejores oportunidades de vida, constituye un riesgo importante para la desculturización del país y la pérdida de identidad nacional, en cuanto que las nuevas generaciones de mexicanos tienden a idealizar los valores y los iconos de la sociedad estadunidense como más atractivos que los propios. La desatención del gobierno mexicano ante los problemas más críticos que enfrenta esa población, agrava el problema, por los sentimientos de orfandad y desesperación que genera. La atención a los migrantes y la defensa decidida de sus derechos, junto con la conformación de incentivos para su retorno y reincorporación a la vida productiva, deben formar parte de nuestro proyecto de nación.

Ante los procesos de globalización, los países que no cultiven y fortalezcan su identidad, y que no cuenten con estrategias claras para enfrentar las intenciones hegemónicas de las naciones dominantes, corren el riesgo de verse pronto sumidos en fenómenos de desintegración económica y social. Necesitamos por ello un proyecto nacional, que de manera clara defina nuestra posición ante los capitales extranjeros, especialmente en torno a sectores estratégicos, como los de la energía, telecomunicaciones, alimentación, educación, manejo de los recursos financieros, tecnología y comercio interior. Se trata, como hemos dicho, de una necesidad de sobrevivencia, que como tal debe formar parte de nuestro proyecto de nación.

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