Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 3 de abril de 2003
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Cultura

Olga Harmony

Ahora y en la hora

Víctor Hugo Rascón Banda -dramaturgo que es celebrado por sus 25 años de autor con una serie de escenificaciones de sus textos, entre los que se encuentra éste que comento- ha explorado muchos mundos, el del delito por ser doctorado en Derecho y el de la banca, en la que por largos años fue funcionario. Por un problema de salud, del que afortunadamente se va recuperando, ha tenido que ser hospitalizado en algunas ocasiones y como es, antes que todo lo demás un inquieto autor, en Ahora y en la hora (su más reciente texto, apenas salido de la imprenta universitaria) describe el medio hospitalario desde el punto de vista de un puñado de personajes, amigos y familiares de los pacientes, que intercalan sus historias en diferentes escenas superpuestas.

La única paciente que vemos, la dolida Esther, que contrapuntea con un poema, un monólogo y un salmo final -además de un par de momentos en los que establece diálogos con algunos familiares y con su médico-, representa el dolor, el temor a la muerte, la posibilidad de sobrevivencia entre las historias, más bien sórdidas casi todas, de los otros personajes, los sanos de la sala de espera.

El autor propone, en estas anécdotas que narra, muchas de las directrices que son constantes en su obra, como el delito y sus causas, el narcotráfico, el machismo, el dilema moral, la estratificación social y algo que define éticamente su dramaturgia, el contraste entre lo legal y lo justo, que se puede encontrar en la escena entre el señor Pérez y Bety. Es una lástima que entre las escenas que se tuvieron que suprimir en el montaje está la referente a la eutanasia, el momento en que un médico decide apagar los aparatos que mantienen con vida a un hombre en estado vegetativo y que es uno de los problemas éticos muy debatidos hoy entre los médicos. Todos los personajes, como es costumbre en Rascón Banda, tienen razones y matices que les confieren autenticidad por desagradables que algunos nos resulten, en esa ambivalencia también muy propia del autor que se inscribe en el tipo de realismo del que habla Vicente Leñero.

Luis de Tavira ha hecho, con anuencia del autor -en una feliz muestra de que las pugnas entre dramaturgos y directores del siglo pasado ya son cosas, precisamente, del siglo pasado-, algunos añadidos y alteraciones en las escenas del texto original. El autor pide tres niveles y el escenógrafo Philippe Amand lo resuelve de manera espléndida, mediante ascensores que suben o bajan los escenarios, lo que permite que De Tavira logre mover a sus actores entrelazando las escenas, a veces congelando a algunos, por momentos con una simultaneidad que es propiciada por el movimiento de personajes mudos -enfermeras, médicos y paramédicos o afanadoras- que otorgan gran dinamismo al trazo y ambientan la vida de un hospital, lo que se remarca con la coreografía inicial de Marco Antonio Silva. Las rupturas dadas por algunos recogijantes videos en que actores caracterizados de gente común (y con un chiste político que no pasa desapercibido, como la caracterización que hace Jesús Ochoa de un procurador que pregunta a la prensa: ''ƑY yo por qué?", mientras lo flanquean fotografías del presidente Fox), así como personas famosas que se representan a sí mismas, discuten acerca de una supuesta desaparición del Papa en su visita a México, aligeran las tensiones y culminan en el monólogo de Esther, que ya antes había lanzado una paloma, en un simbolismo que tiene mucho de ambivalente. La escenofonía de Rodolfo Sánchez Alvarado apoya todas las intenciones del director.

La Compañía de la Casa del Teatro -con actrices invitadas, me tocó ver a la excelente Rosa María Bianchi, como la señora Shabat- personifica a todos los personajes y en ocasiones dobla en alguno incidental, con ayuda del vestuario de Sergio Ruiz. Las largas pausas que se dan en los primeros diálogos -entre Lila y Jorge o Roberto y Raúl, y en menor medida entre Denise y Lola- a mi entender innecesarias, pronto dan lugar a escenas en las que cada una tiene el ritmo preciso, así la violencia, así la tensión dada con gesto y palabra y en que todo personaje tiene el sustento actoral exacto.

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