Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 24 de marzo de 2003
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Editorial
 

MEDIOS DE DESINFORMACION

A cinco días de iniciada la incursión estadunidense contra Irak se ha hecho evidente que la "coalición de más de 30 países" no existe: Washington y Londres son los protagonistas únicos de la agresión, si se descuenta un insignificante contingente militar australiano que acompaña a los invasores en tierras iraquíes. Pero, más allá de los medios bélicos propiamente dichos, una parte beligerante de la que casi no se habla, y que desempeña un papel fundamental en esta guerra criminal, es el conjunto de los grandes consorcios informativos de Estados Unidos y sus subordinados del mundo.

La distorsión y parcialidad en la cobertura de esta guerra tienen un antecedente definitorio en las directivas adoptadas por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando la Casa Blanca determinó que su "guerra contra el terrorismo" pasaba por la desinformación, la mentira y la censura. Medios del calado de CNN y de The Washington Post, por ejemplo, ni siquiera esperaron las instrucciones gubernamentales para renunciar a su independencia editorial y redefinirse como parte de la maquinaria propagandística oficial.

Con el mismo cinismo impúdico con el que en ese entonces "sugirió" a las televisoras estadunidenses que se abstuvieran de retransmitir los fragmentos de video de Osama Bin Laden difundidos originalmente por la emisora qatarí Al Jazeera, Washington pidió ayer a los medios de Estados Unidos y del mundo que censuraran las imágenes de los prisioneros de guerra estadunidenses presentados por la televisión iraquí. El argumento de que divulgar la identidad de cautivos de guerra viola la Convención de Ginebra podría ser atendible, de no ser porque nadie en la nación vecina ha objetado la masiva difusión de fotos de prisioneros de guerra iraquíes que viene realizándose, sin ningún pudor, desde que tuvieron lugar las primeras escenas de rendición de tropas en el sur de Irak.

No deja de ser una vergüenza humana y profesional, para los medios que aceptaron de inmediato la petición de Bush, que sigan poblando sus portadas y sus minutos de tiempo aire con los árabes en poder de los invasores estadunidenses. Hay en ese doble rasero un claro componente de discriminación llevado al ejercicio periodístico.

Otro dato revelador de la capacidad y la voluntad distorsionadora de los grandes medios internacionales ha sido la insuficiente cobertura de las multitudinarias manifestaciones antibélicas que han tenido lugar en el mundo desde que se concretó la agresión, que han ratificado el sentir mayoritario de la humanidad en favor de la paz y la legalidad internacional, así como en contra del saqueo, la invasión y la destrucción humana y material de Irak y de cualquier otro país.

La decisión de esos medios de banalizar el sufrimiento humano y presentar la confrontación como si fuera un torneo deportivo finalmente indica que, más allá de las afinidades ideológicas entre el gobierno de Bush y las corporaciones trasnacionales de la desinformación, la guerra no sólo ha resultado una excelente oportunidad de negocio para el complejo militar industrial de Estados Unidos y para las empresas petroleras vinculadas de una u otra forma a la familia presidencial del país vecino, sino también para los consorcios que practican el periodismo con actitudes propias de las aves de carroña.
 

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