Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 13 de marzo de 2003
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Economía

Orlando Delgado Selley

Costos de la guerra

Pese a los importantes esfuerzos de Francia, Alemania y Rusia, todo indica que habrá guerra. El Consejo de Seguridad no la aprobará, ya sea porque algunos de los países con capacidad de veto lo utilicen (Francia, Rusia y China), ya debido a que Estados Unidos no obtenga los nueve votos necesarios para adoptar una resolución. El costo primero será, en consecuencia, la incapacidad de la ONU y de su Consejo de Seguridad para decidir e imponer esa decisión en la vida mundial. Otro costo será pagado por los estadunidenses, ya que el gobierno de ese país ratificará que el Consejo de Seguridad tendría una actuación adecuada si y sólo si da la razón al eje británico-estadunidense; de otro modo impondrá una visión unilateral que millones de personas en el mundo han repudiado.

Por supuesto, la guerra implicará costos directos y los económicos serán importantes. Conocer el monto de recursos involucrados, compararlos y razonarlos, ofrece elementos de juicio fundamentales que se agregan a las consideraciones sobre la pertinencia de una intervención bélica.

En un texto muy reciente, William D. Nordhaus (The economic consequences of a war with Irak, National Bureau of Economic Research, Working paper no. 9361, que puede consultarse en www.nber.org/papers/w9361) ha hecho un cuidadoso estudio sobre los costos que la guerra contra Irak tendrá para la economía estadunidense. Naturalmente, se trata de estimaciones que contienen supuestos que pudieran sesgar los resultados, pero, como dice Keynes en Consecuencias económicas de la paz: vale más tener costos vagos que no tenerlos.

Es usual subestimar los costos, ya que se busca convencer a la población de que la relación costo-beneficio de la guerra es favorable. El gobierno de Bush lo ha hecho. En una entrevista al Wall Street Journal, Larry Lindsey, economista residente en la Casa Blanca, ha planteado que el límite superior de los costos oscilará entre 100 mil y 200 mil millones de dólares, lo que representa entre uno y 2 por ciento del PIB de Estados Unidos. Esta estimación sólo incorpora los costos presupuestales, es decir, el gasto que tendría que erogar el gobierno, lo cual es incorrecto. La economía en conjunto tendrá que pagar, lo que implica sacrificar parte del producto nacional por la guerra y sus consecuencias. Considerando esto y suponiendo dos escenarios, la estimación de Nordhaus va de un costo mínimo de 99 mil millones a uno máximo de un billón 924 mil millones de dólares.

El detalle del escenario alto en costos es el siguiente: gasto militar directo, 140 mil millones; ocupación y sostenimiento de la paz, 500 mil millones; reconstrucción de Irak, 105 mil millones; asistencia humanitaria, 10 mil millones; impacto sobre el precio del petróleo, 778 mil millones; impacto macroeconómico, 391 mil millones.

A partir de estimaciones como ésta han empezado a aparecer asignaciones a empresas de los amigos de Bush para reconstruir Irak, que pagarán los apoyos recibidos. Colocados en un escenario intermedio, entre una solución corta y favorable para los estadunidenses y una prolongada y desfavorable, estaríamos frente a un costo de un billón de dólares. Esto equivale al producto de todos los países considerados de bajos ingresos, en los que la población suma 2 mil 460 millones de personas. Así, la guerra costará 50 veces lo que cuesta el programa Hambre cero del gobierno brasileño.

Si se sumase al dato del costo para la economía estadunidense el impacto que recibirá la economía mundial, resulta que, según reciente estimación del FMI, se reducirá el crecimiento total en por lo menos un punto porcentual, ubicándolo en menos de 2 por ciento. El producto nacional bruto mundial en 2001 fue de 31 billones 500 mil millones de dólares, de modo que perder un punto porcentual significa 315 mil millones de dólares.

Así las cosas, el eje belicista del Reino Unido y Estados Unidos está dispuesto a gastar un monto de recursos que sería de enorme utilidad en la lucha contra la pobreza, permitiendo no sólo reducirla, sino resolver de raíz una de las mayores razones del terrorismo. Pero no se trata de que la humanidad avance, sino de que la nación más poderosa del mundo imponga su visión y sus objetivos. Nuestro gobierno debe entender claramente que esos objetivos, los del imperio, no son ni serán nunca los de México.

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