Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 19 de febrero de 2003
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Política
Luis Linares Zapata

Bush y Fox, entre los intereses y las protestas

Los ánimos dominantes del imperio recibieron el impacto proveniente de una abigarrada multitud de voces disidentes que se levantaron por el planeta. Dividieron, con su maciza irrupción, en dos grandes formaciones a una parte medular de la sociedad y a varios de sus dirigentes, en especial los que detentan, en efecto, aunque sea un cacho del poder global. Así las cosas, en un lado quedan los que entienden y apoyan la prevalencia de los intereses geopolíticos, atados a la industria petrolera, por sobre los sentimientos de humanidad que se verían conculcados con la guerra. Y, por el otro, todos los demás que no quieren pagar la alícuota de bienestar, casi al alcance de sus bolsillos, con miles de vidas iraquíes y salen a las calles a protestar contra la voluntad hegemónica que emana de Washington.

El tiempo se agota para Saddam Hussein, es cierto, pero también para el presidente George W. Bush y sus afanes releccionistas. La Casa Blanca tiene que acelerar sus tiempos si no quiere quedar a merced de esa corriente opositora que se engrosa en beligerancia y densidad con las horas. Pero, sobre todo, por los efectos disruptivos que la intranquilidad está teniendo en la economía americana y en la del resto del mundo, con especial énfasis en la mexicana, a la que ha pillado con la guardia baja.

El gobierno estadunidense ha puesto toda la carne en el asador para asegurar el dominio de esa estratégica región. Para lograrlo, ha invertido enormes recursos difusivos en una campaña a escala planetaria, para convencer al universo de la maldad del líder iraquí. Envió un ejército que suma cientos de miles de efectivos, cuyo costo será cargado a cada barril de petróleo que le "administren" al pueblo de ese sitiado país del Medio Oriente. Ha desplegado su músculo negociador, al que acompañan con toda suerte de presiones y amenazas, para obtener algo que hasta hoy se les ha negado: el voto unánime del Consejo de Seguridad de la ONU. Se ha enfrascado en un forcejeo con sus aliados de la OTAN, en especial con Francia y Alemania, para determinar el reparto del botín y sus consecuencias futuras sobre los negocios del viejo continente. Claro, estos "pacifistas" europeos disfrazan con variados argumentos y cierta habilidad sus reales pretensiones, pero no engañan a los que importan y conocen de sus agresivas y hasta genocidas experiencias pasadas.

Para Bush, quedarse sin concluir la tarea, sería desastroso, tanto para la imagen del superpoder estadunidense como para sus ambiciones personales de continuidad. Un precio muy alto a pagar y ante lo que poco importan las voces disidentes de la calle. Por ello la decisión de abrir el fuego se achicó, en su temporalidad, varias semanas. No pueden los gobernantes de Estados Unidos esperar más de tres de ellas, un mes a lo sumo. Ya los millones de peregrinos musulmanes a sus lugares santos están abandonando Arabia Saudita y a su medrosa y tambaleante monarquía. Las condiciones del desierto dejarán, en pocos días, de ser las ideales por la temperatura o la transparencia del aire. Y mantener la moral de la tropa comenzará a ser el principal problema. La espera, entonces, no puede prolongarse y la impaciencia tanto de Condoleezza Rice como de Colin Powell lo revela sin tapujos. Los europeos que disienten, como lo hicieron con la petición estadunidense para proteger Turquía, se unirán a la empresa de Bush tan pronto se arreglen en el precio y en las condiciones del reparto.

En este desbarajuste el presidente Fox sigue echando telefonazos y entonando plegarias para, dice él, detener la guerra. Recibirá, al mandatario español, José María Aznar, para ultimar los detalles de sus respectivas posiciones en la ONU y, si es previsor, tendrá que hacer una revisión exhaustiva de la salud económica de México. El alerta que marcan los signos financieros vitales no es, para nada, alentador. Fox viene de promediar un magro crecimiento del PIB durante los dos pasados años, mucho menor a cualquiera alcanzado por las últimas cuatro o cinco administraciones priístas en sus atropellados inicios, aun contando con las crisis por las que atravesó cada una.

Los augurios que los expertos pronostican para 2003 empiezan a predecir bajas sustantivas que recortan el crecimiento económico hasta la mitad. El dólar se ha quedado bordeando los 11 pesos y su efecto incremental, tanto en los intereses como en la inflación esperada, son ya hechos de la actualidad. Panorama por demás complicado, en el que la inestabilidad es pieza central. La percepción, real o supuesta, de una diferencia con la posición de los vecinos, que bien puede llegar a ser ríspida, sería leído por el mercado como motivo de mayor tensión e inseguridad y, ello, se trasladaría de inmediato a la economía. Ante un desajuste de esa magnitud y tomando en consideración el punto del cual debe partir la administración de los gerentes (un promedio menor a 1 por ciento en el crecimiento del PIB en dos años) no habría argumento válido para ganar las elecciones venideras, ni sacando a doña Marta a la plaza pública que tanto le gusta provocar con sus devotos y sublimes autoelogios, haciendo aparecer al Presidente en todos los templos de barrios en problemas electorales o pidiendo que se le quite el freno a cambio ante el cual habría que ampararse.

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