Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 4 de enero de 2003
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Política
EL CAMPO ANTE EL TLCAN

En riesgo, 30 mil empleos directos, prevé el alcalde de La Piedad

Si la porcicultura quiebra en el Bajío, caerá la región, advierten productores

Gobierno y bancos de EU facilitan la actividad, de ahí la asimetría, señalan granjeros

MARIA RIVERA ENVIADA

La Piedad, Michoacan. Al Bajío llegó la de malas. En las llanuras donde hace apenas una década florecían decenas de granjas porcícolas ahora sobresalen altos matorrales, galerones desportillados, maquinaria oxidada, letreros caídos. Signos de que los tiempos han cambiado. Los primeros que abandonaron el negocio fueron los pequeños productores, los que con grandes sacrificios habían logrado levantar galerones y comprar unos cuantos pies de cría. Luego siguieron los medianos, ahogados por las deudas tras la devaluación de 1995. Ahora hasta los grandes, con fuertes inversiones en tecnología, están en apuros.

En el último año se perdieron 20 mil de los 70 mil vientres (cerdas para la crianza) que concentraba la región. Algunos porcicultores todavía tratan de mantenerse a flote vendiendo animales para pagar el alimento de los que quedan, aunque sus empresas se vuelvan más pequeñas. Pero hay otros que de plano dijeron hasta aquí y mandaron todo al rastro.

Si este sector quiebra -afirman los que se han salvado hasta ahora- se cae la economía de la región. No exageran. Si bien la historia de la porcicultura en este cruce de caminos de Michoacán, Guanajuato y Jalisco apenas tiene medio siglo, en la actualidad suman miles de personas -entre productores de fertilizantes, sorgo, alimentos balanceados, ferretería, trabajadores de laboratorios, farmacias veterinarias, rastros y restaurantes- las que están integradas en la cadena productiva.

Jaime Mares, presidente municipal de La Piedad, Michoacán, y porcicultor que tuvo que cerrar su empresa el año pasado, comenta que las repercusiones de la crisis son cada vez más evidentes.

"De agravarse el problema estarían en riesgo 30 mil empleos directos en la región. A los muchachos no les va a quedar más opción que la migración, que ya de por sí es severa. Entre 1990 y 2000, según cifras de Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), nuestra población disminuyó en cinco mil habitantes (de un total de 75 mil)".

Hasta fines de la década de los 50 y principios de los 60 la rebocería y el cultivo de maíz y garbanzo eran las principales actividades económicas del rumbo. Al decaer el uso del rebozo la gente tuvo que encontrar una salida. Como aquí siempre ha existido la crianza de cerdos en traspatio, no en balde se considera la alcancía del pobre, algunos empezaron a visitar rancherías, reuniendo animales para trasladarlos a los rastros de las grandes ciudades, convirtiéndose en acopiadores. Más tarde se volvieron engordadores y terminaron en criadores de ciclo completo.

En los años 70 la región se convirtió en el principal centro porcícola del país con más de un millón de vientres y la agricultura se adecuó a las necesidades de la industria. Su situación geográfica, cercana al Distrito Federal y a Guadalajara, principales centros consumidores del país, fue el más significativo factor que detonó el auge. Las fronteras siempre son una barrera, pero también una posibilidad de comunicación, apunta el historiador del Colegio de Michoacán, Alberto Carrillo.

Hasta que llegaron los tiempos del colesterol. A fines de los 80 los médicos empezaron a hablar de los riesgos que conlleva consumir grasas de procedencia animal y de la noche a la mañana la carne de cerdo quedó estigmatizada.

Era el sexenio salinista y no se escuchaba hablar de otro tema que no fuera productividad. El imperativo para todos los sectores era volverse modernos y eficientes a cualquier precio. A La Piedad llegaron noticias alentadoras. Gracias a las mezclas genéticas se había logrado reducir el porcentaje de grasa en los cerdos hasta volver su carne tan magra como la del pollo. La inminente apertura comercial hizo que muchos porcicultores fueran a Estados Unidos en busca de la tecnología que los volviera competitivos, aunque el costo fuera alto.

Las nuevas líneas genéticas demandaban instalaciones distintas. Los animales son más susceptibles a enfermedades, por lo que deben ser criados bajo temperaturas estables y a resguardo de las corrientes de aire. "Invertimos un dineral en las granjas modernas pero no nos quedó de otra", recuerda el empresario Ernesto Aceves Torres.

Su caso no fue el único, la mayoría de los porcicultores de la región contrajo fuertes deudas, en algunos casos en dólares. Lo que nadie previó fue la crisis económica de fin de sexenio. La entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) encontró a los criadores con el agua hasta el cuello.

Hasta 1997 de lo que se trató fue de sobrevivir, sintetiza Mario Peña Guillermo, dirigente de los porcicultores de La Piedad. "Con intereses de 120 por ciento ¿quién iba a volverse competitivo? ¡De lo que se trataba era de conservar el patrimonio familiar!" Los hatos disminuyeron a menos de la mitad. En el caso de la familia Peña el número de vientres se derrumbó de 500 a 220.

Las instituciones bancarias, lejos de apoyar la reactivación del sector, desaparecieron. Los empresarios indican que cuando necesitan dinero fresco deben recurrir a agiotistas o crear razones sociales ficticias para evadir el veto.

Les quedó claro que las asimetrías entre el agro mexicano y el estadunidense son insalvables, sin contar el hecho de que la competencia no siempre se lleva a cabo bajo reglas justas.

"Para empezar -destaca Peña Guillermo- producir un kilo de carne en Estados Unidos cuesta casi la mitad que aquí. En este negocio se calcula que 75 por ciento de la inversión es para el alimento y el resto se distribuye entre mano de obra, intereses, medicamentos, mantenimiento. Por eso el precio de los granos es fundamental. Pues bien, el maíz y la soya, base de la alimentación del ganado porcino, en el vecino país cuestan la mitad que en México porque están subsidiados".

También explica que las distancias en favor de los productores estadunidenses terminan ampliándose si se consideran los bajos intereses de ofrecen sus bancos, así como los apoyos y la tecnología que reciben de Washington.

Hasta ahí las diferencias estructurales. Luego hay que agregar el capítulo de prácticas desleales. La masiva entrada de productos cárnicos de desecho estadunidenses a precios depredatorios terminó de poner a la porcicultura mexicana en crisis. Los estadunidenses sólo consumen costillas, lomo y un poco de pierna, el resto lo desechan. Con estos tres cortes los productores sacan el costo del cerdo. ¿Pero qué pasa con el sobrante? Lo envían a México a precios muy por debajo del costo de producción nacional. En 2002 introdujeron piernas de cerdo a seis pesos el kilo, mientras en México costaba producirlas entre 22 y 23 pesos.

Los productores nacionales han presentado una demanda por dumping ante la Upsi (organismo que interviene ante prácticas desleales perteneciente a la Organización Mundial de Comercio), pero aún no tienen respuesta.

A esto se sumó la masiva importación de pastas de ave (carcaza, vísceras y cabezas de pollo molidas que en EU son considerados como alimento para mascotas) que realizan las grandes empacadoras nacionales de embutidos para abaratar sus salchichas, jamones o salamis, afirman los porcicultores. Como en el país no existe una norma oficial para producir jamones, pueden dar gato por liebre o, lo que es lo mismo, desechos de pollo por cerdo.

Explican que todos estos productos llegan al país gracias a que las fronteras nacionales por obra y gracia de la corrupción son "una auténtica coladera". Mientras un camión mexicano tarda hasta 48 horas en pasar la aduana estadunidense porque los productos que transporta pasan por minuciosos análisis de laboratorios, los que llegan al país en un promedio de siete minutos despachan el trámite... y no precisamente por eficiencia.

El Bajío en llamas

Cuando se les cuestiona sobre el panorama que esperan este año que comienza cuando la introducción de productos porcícolas quede sin aranceles responden con una pregunta: "¿Acaso nos puede pasar algo peor de lo que nos ha sucedido en este tiempo?".

Por lo pronto se acogen a la esperanza de la salvaguarda que ha prometido el gobierno federal y a que la demanda por dumping los favorezca. De lo contrario, advierten, veremos el Bajío en llamas.

Un tema que unifica criterios es el repudio hacia las declaraciones del secretario de Agricultura, de que si no son competitivos que se retiren del negocio. "¡Por Dios! ¡Que el dirigente del sector diga que somos ineficientes después de todo lo que hemos pasado no se vale!", lamenta Peña Guillermo. "Si no sabe cómo ayudar a su gente que se vaya él. Es de aquí de la región y debería tener el conocimiento y la sensibilidad para entender nuestra situación, pero ya se ve que no."

Por lo pronto lanzan una alerta. Indican que empresas transnacionales, como Smithfield -que controla la porcicultura en gran parte del mundo- han empezado a instalarse en territorio nacional. "Estos grupos primero truenan a los productores locales para después manejar a su antojo el mercado", sostiene el dirigente de los porcicultores locales. "En América Latina ya controlan la producción de Chile y Brasil. La realidad nos indica que más que globalización lo que hay es una colonización estadunidense."

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