Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 10 de noviembre de 2002
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Cultura
Personajes y ambientes del director de Ocho y medio en el Teatro de las Artes

Poética puesta sobre Federico Fellini

Felliniana, de Di Buduo, genera la certeza de que nada de lo humano es ajeno a la grotesco

ARTURO JIMENEZ

Desde la noche del viernes y hasta el 15 de noviembre muchos de los más entrañables personajes cinematográficos del realizador italiano Federico Fellini (1920-1993) se encuentran en el escenario del Teatro de las Artes, del Centro Nacional de las Artes.

Frou Frou, Sceicco Bianco, Casanova, la bella Gradisca, Ginger y Fred, así como el abogado en bicicleta, la princesa ciega, el payaso blanco y otros mimos y personajes clownescos resurgen en Felliniana, obra dirigida por Pino di Buduo, del Teatro Potlach de Italia.

Es una puesta con formas ligadas a la revista musical y al antiespectáculo para rendir tributo al gran cineasta, a su vida y su obra, la cual recorre buena parte de la Italia del siglo XX mediante películas como Los inútiles, La dulce vida, Ocho y medio, Satiricón, Roma, Amarcord, La ciudad de las mujeres, Y la nave va, Ginger y Fred y La voz de la luna.

Pero a esos personajes se agregan la nieve, la neblina, el viento y en general las atmósferas fellinianas, además de otros homenajes al director, como la radiografía de un set cinematográfico, que en teatro se transfigura en una radiografía de utilería, luces y tramoyas y, a lo largo de la obra, en la radiografía de una sociedad en decadencia.

Con las armas desenterradas de la ironía, lo grotesco, la farsa, la máscara y lo carnavalesco, en Felliniana se ofrece una dramaturgia anticonvencional para contar una historia desde la no historia.

Ante la casi total ausencia de diálogos -y de traducción, pues la obra es hablada en italiano-, destaca la importancia de la acción, la actuación, el ritmo, el movimiento, el maquillaje, el vestuario, la música, la iluminación, los efectos especiales y la escenografía.

Con ello el espectador asiste, sobre todo, más que a la observación esperada de las tensiones, vicisitudes, situaciones y peripecias de los personajes, propias de casi toda obra de teatro, a una especie de dramaturgia de la emoción y de la reflexión en sí.

Es decir, la conmoción en el público se logra a partir de lo visual y lo auditivo de los mosaicos fellinianos, los cuales se representan en el escenario en una secuencia coherente, congruente. No importa lo que se cuenta sino cómo se cuenta, no interesa tanto el contenido sino la forma, la cual, como en la poesía, también puede provocar al instinto y a la razón.

Desde la caricaturización de absolutamente todo para acercarse al circo de la vida, Felliniana genera de pronto en el espectador, como un sobresalto, la certeza de que nada de lo humano es ajeno a la grotesco, haciéndolo, por lo mismo, más humano.

Y en ese sentido, esta obra del Teatro Potlach se revela también como una fiesta de la tristeza y, a la vez, como una puesta en escena que, desde la melancolía, festeja la dulce vida.

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