Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 11 de octubre de 2002
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Cultura

Imre Kertész

Sin destino

"šNo!", dije enseguida, en el acto, sin titubear y de manera como quien dice instintiva, porque entretanto ya resulta del todo natural que nuestros instintos trabajen contra nuestros instintos, que, por así decirlo, nuestros contrainstintos trabajen en vez de nuestros instintos y que incluso ocupen su lugar -así hablé yo con ingenio, si pueden calificarse de ingeniosas mis palabras, o sea, si puede considerarse ingeniosa la pura y triste verdad-, así hablé, digo, al filósofo que se me apareció, después de que tanto él como yo nos detuviéramos en el bosque de hayas o hayal o comoquiera que se llame, un bosque tendente a ralo que resollaba de forma casi perceptible debido a una enfermedad que era acaso la tuberculosis: confieso mi ignorancia y falibilidad en cuestión de árboles, pues sólo reconozco al punto los abetos por sus hojas aciculares y también los plátanos porque me gustan, y hasta el día de hoy reconozco lo que me gusta incluso con mis contrainstintos, aunque no sea ese reconocimiento estremecedor, capaz de apretar el estómago en un puño, listo para dar el salto, electrizante y, por así decirlo, inspirado, con que suelo reconocer aquello que odio. No sé por qué todo es siempre y ante todo diferente en mi caso, es decir, quizá sí lo sepa, pero resulta más cómodo saber que no lo sé. Porque así me ahorro muchas explicaciones. Pero, por lo visto, es imposible eludir las explicaciones, no cesamos de explicar y de dar explicaciones, la vida misma, ese complejo inexplicable de fenómenos y sensaciones, nos las exige, nuestro entorno nos la exige y, por último, nosotros mismos exigimos de nosotros explicaciones, hasta que conseguimos destruir todo a nuestro alrededor, incluidos nosotros mismos, es decir, hasta que por fin conseguimos explicarnos a muerte -esto explico, pues, al filósofo, con esa locuacidad para mí repugnante, pero incontenible, que me viene siempre que no tengo nada que decir y que, mucho me temo, procede de la misma raíz que las abundantes propinas que reparto a troche y moche en taxis y restaurantes y también para sobornar a personas investidas con cargos oficiales o semioficiales, de la misma fuente que mi cortesía exagerada, rayana en la autonegación, cual si me disculpara sin cesar por mi existencia, por esta existencia. Dios mío. Salí simplemente a pasear por el bosque -aunque sólo fuera por esta robleda-, al aire libre -aunque el aire resultara irrespirable-, para airear mi cabeza, digámoslo así porque suena bien, siempre y cuando no nos fijemos en el sentido de las palabras, puesto que, si nos fijamos, veremos que estas palabras no tienen desde luego ningún sentido, así como mi cabeza tampoco necesita ser aireada, sino todo lo contrario, pues soy una personas sumamente sensible a las corrientes de aire; aquí paso -pasé- el tiempo, de forma provisional (y no me desviaré ahora por los meandros que ofrece esta palabra), aquí, en medio del macizo central húngaro, en una casa que podríamos denominar de reposo, aunque también sirve de lugar de trabajo (porque yo siempre trabajo, y no me obliga a ello sólo la supervivencia, pues si no trabajara, viviríaİ y si viviera, no sé a que me obligaría, y es mejor no saberlo aunque mis células sin duda lo suponen, lo suponen mis entrañas y por eso trabajo sin cesar: mientras trabajo, existo, y si no trabajara, quién sabe si existiría, de modo que me tomo esto en serio y he de tomármelo así porque entre mi supervivencia y mi trabajo existen, como es lógico, unos vínculos sumamente serios), en una casa, pues, en que me he ganado el derecho a una plaza en la ilustre compañía de intelectuales de similares características a los que precisamente por eso no puedo evitar por mucho que me refugie en el silencio de mi habitación -revelando a lo sumo por el traqueteo sordo de la máquina de escribir el secreto de mi escondite-, o por mucho que ande de puntillas por los pasillos, pero lo cierto es que hay que alimentarse, y así los compañeros de mesa me rodean con su implacable presencia, y también hay que salir a pasear, y entonces, en medio del bosque, se me aparece, vulgar, inoportuno, con la gorra chata a cuadros color marrón y beige, el raglán holgado, los ojos rasgados y verdosos y la cara grande y blanda, similar a una masa de levadura ya amasada y a punto de fermentar, el doctor Obláth, filósofo. Esta es su profesión de correcto ciudadano, rubricada incluso por su documento de identidad, según el cual se trata del doctor Obláth, filósofo, como lo fueran Immanuel Kant, Baruch Spinoza o Heráclito de Efeso, así como yo mismo soy escritor y traductor literario, y no me pongo en ridículo agregando al nombre de mi oficio una lista de gigantes que eran además verdaderos escritores y -en algunos casos- verdaderos traductores, porque bastante ridículo parezco ya en mi profesión y porque, a ojos de algunos -sobre todo de las autoridades, pero también míos, aunque por motivos, claro está, diferentes-, la actividad de traductor literario reviste mis trajines de cierta objetividad y de la apariencia de un oficio comprobable.

Fragmento tomado de Kaddish por el hijo no nacido, libro de Imre Kertész, que junto con su obra Destino se distribuyen en México por Colofón. Ambos volúmenes fueron publicados por El Acantilado, pero están agotados

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