Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 28 de septiembre de 2002
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Editorial
 

A CONFESION DE PARTE...

sol-2El jefe de los economistas del Banco Mundial, Nicholas Stern, acaba de declarar que los países industrializados son "hipócritas", pues pregonan el libre comercio e intentan imponerlo en todo el mundo mientras practican el proteccionismo y otorgan cientos de miles de millones de dólares para subsidiar sus productos agrícolas, que sin los mismos no serían competitivos. El economista, evidentemente, tenía presente particularmente la política del gobierno estadunidense que ha puesto fuertes trabas a la importación de acero (lesionando así los intereses de México, Brasil y Argentina, además de los europeos y japoneses) y ha levantado barreras ante una serie de productos (recuérdese sólo el atún o el aguacate mexicanos). Sobre todo hacía referencia a los subsidios a los productos agrícolas, que alcanzan un monto anual de 311 mil millones de dólares y van --dijo el funcionario-- a los bolsillos de las grandes corporaciones agroindustriales, las cuales tienen enorme responsabilidad en la verdadera catástrofe que aqueja al campo mexicano.

Además, según el economista en jefe, los gobiernos de esas grandes potencias industriales, integrantes del Grupo de los Siete, actúan con la hipocresía que él denuncia para así "complacer a poderosos grupos de presión". Lo cual quiere decir, en palabras pobres, que las políticas económicas de dichos gobiernos están determinadas por una oligarquía de grandes empresas y muy poco o nada tienen que ver con la definición que Abraham Lincoln hizo de la democracia como "gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo", comprobación que agrega una burla sangrienta a la mentira hipócrita.

Aunque es evidente la contradicción, por un lado, entre la exigencia del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI) de que todos los países practiquen al pie de la letra la apertura comercial que las naciones industrializadas se cuidan muy bien de aplicar y, por otro, la realidad de que éstos son gobernados por oligarquías que sirven a grandísimas empresas oligopólicas de escala mundial, no deja de ser importante la denuncia de Nicholas Stern.

En primer lugar, porque revela que algunos altos funcionarios pueden llegar a tener conflictos éticos con las organizaciones donde trabajan o con los "patrones" de las mismas, como se vio anteriormente en el caso de Peter Stiglitz, el Premio Nobel de Economía que fuera también economista jefe del Banco Mundial y es hoy duro crítico de la política del Banco Mundial y del FMI.

Y, en segundo lugar, porque demuestra que la política de las grandes potencias proteccionistas, y sobre todo del gobierno Bush, es brutal y ni siquiera se preocupa por guardar las apariencias y por dar una apariencia de legalidad a sus acciones y, por el contrario, no sólo viola abiertamente los principios que proclama sino que ni siquiera siente la necesidad de reemplazarlos por otros principios, lo cual deja en la más absoluta ilegalidad a quienes les sirven y, por consiguiente, se sienten incómodos.

Si el Banco Mundial, que ha sido parte principal en la aplicación de las políticas que depreca, olvida eso y quiere plantear la esperanza utópica de separar al capital financiero de los monopolios (o sea al Dr. Jekill de Mr. Hyde) y al gobierno de los trusts petroleros y armamentistas de las grandes corporaciones que hacen una guerra diaria al mundo en todos los terrenos económicos y sociales, arará en el mar al tratar de convencerlos. Para nosotros y para los pueblos víctimas de esas políticas queda la confesión de parte sobre la hipocresía e insostenibilidad moral de las mismas.
 

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