Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 17 de julio de 2002
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Editorial
 
 
CRISIS DEL MODELO MAQUILADOR

SOLDurante por lo menos dos décadas, los sucesivos gobiernos de México cantaron las virtudes del modelo maquilador: gracias a la cercanía con Estados Unidos y a la "ventaja comparativa" que brinda una mano de obra barata, nuestro país ha sido promovido como un lugar propicio para la instalación de plantas ensambladoras de numerosos productos que, una vez terminados, se devuelven al extranjero para ser comercializados a escala internacional. Con el Tratado de Libre Comercio y el auge de la globalización pareció que las maquiladoras habían llegado para quedarse, ya que -junto a los beneficios inherentes a tal acuerdo- para las empresas extranjeras la "ventaja comparativa" en cuestión salarial se había incrementado jugosamente tras las continuas devaluaciones que azotaron al peso y al poder adquisitivo de los trabajadores mexicanos.

Sin embargo, hoy parece que tal escenario se ha modificado, pues en poco más de un año por lo menos 545 maquiladoras han decidido abandonar el país y trasladar sus plantas de producción a otras naciones, sobre todo a China, con la consiguiente pérdida para México de 150 mil puestos de trabajo. La transferencia de maquiladoras a China estaría motivada por los importantes incentivos que ese país ofrece a quien instale en él sus negocios -práctica que podría ser desleal y violatoria de las normas de la Organización Mundial de Comercio- y por los ínfimos salarios que perciben los operarios chinos.

Al margen de que se diluciden las razones de la gruesa migración de maquiladoras desde México a China y se busquen soluciones para frenar la pérdida de empresas y de fuentes de empleo, lo cierto es que el modelo maquilador tiene de origen numerosas aristas desfavorables que hoy han mostrado su lado negativo. En primer término, la industria maquiladora se limita a ensamblar materiales frecuentemente traídos del extranjero, por lo que agrega muy poco valor en términos económicos y fomenta escasamente la cadena productiva mexicana. Por añadidura, los salarios ofrecidos por las maquiladoras son de baja remuneración -desde 1982 a la fecha no han dejado de caer en términos reales- y no se han realizado esfuerzos sustanciales para capacitar a los trabajadores mexicanos a fin de prepararlos para optar por empleos en otros sectores de la economía.

Finalmente, la presente crisis del modelo maquilador debería dar pie a un replanteamiento de las estrategias con las que se ha pretendido insertar a México en el entorno de la globalización. De mantener el esquema de salarios bajos, trabajadores poco calificados y compañías desarraigadas del contexto socioeconómico nacional, la fuente de empleos e ingresos fiscales de las maquiladoras -a fin de cuentas, las principales aportaciones al país de este conglomerado industrial- continuará secándose. Por ello, apoyar a la pequeña y mediana empresa, incrementar las calificaciones de los obreros y técnicos mexicanos, incentivar la instalación de compañías con mayor valor agregado y cuya competitividad esté fundada, más que en pobres salarios, en la calidad y el valor de la materia prima y el esfuerzo nacionales, son medidas necesarias para atenuar los efectos de la salida de empresas del país y para abrir un horizonte más promisorio a la industria y los trabajadores de México.
 

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