Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 4 de julio de 2002
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Cultura

Olga Harmony

Los signos

En mi entrega anterior hablaba de los signos en el Macbeth escenificado por Jesusa Rodríguez y, aunque creo en la palabra como elemento fundamental del discurso dramático, pienso que las imágenes que se nos ofrecen en un escenario y los simbolismos que entrañan juegan un papel decisivo en nuestra percepción de lo que se nos está narrando. Dos montajes recientes, tan diferentes entre sí como lo pueden ser un montaje de teatro infantil y una difícil obra adulta, me hacen insistir en esta reflexión sin deseos de teorizar excesivamente en este campo.

Malas palabras, de Perla Szuchmacher -galardonada con el Premio Mejor Teatro para Niños 2001 que otorga el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-, dirigida por la misma autora, es un texto tan sencillo e inteligente como todos los que escenifica el Grupo 55 y narra las reacciones de la niña Flor cuando se entera de que es hija adoptiva. La dramaturga cuenta, en forma de monólogo dado al público y en la retrospectiva de los recuerdos de Flor ya adulta, una historia dirigida tanto a los niños como a los padres en que se cuestiona sin tomar partido si se debe decir o no la verdad a un hijo adoptivo y en qué momento, al mismo tiempo que resalta que la verdadera paternidad y maternidad es de quien ama, protege y cuida y no de quien engendra biológicamente.

Si el texto es conmovedor, la escenificación que hace Perla Szuchmacher resulta excelente en esa aparente simplicidad que resuelve personajes y situaciones, dando a diferentes objetos un significado que enseguida resulta muy reconocible, un poco a la manera en que juegan los niños, quienes convierten cualquier cosa que esté a su alcance en otra muy diferente de acuerdo con su imaginación. Con escenografía minimalista de Jorge Ferro, que consiste en un escritorio en el que hay algunos objetos y una silla, y con el apoyo de la música de Mariano Cossa, Haydeé Boeto encarna a Flor, con todos los tránsitos de adulta a niña, y utiliza los objetos para dar vida a su relato. Así, su entrañable amiguito el Pelos es un broche de su peinado; papá es la pipa o los lentes; mamá es la servilleta bordada que junto a la cajita de música abrirá su mente a los recuerdos; Flor también se convierte, en un momento dado, en un frasco de perfume, alguna parte del escritorio es la casa, la máquina de escribir mecánica una escalera por la que sube el Pelos y los libros serán los diccionarios en que los amiguitos buscan, como la mayoría de los niños, las malas palabras del título, hasta que simbólicamente Flor encuentra la que para ella es la más mala de las palabras y que será ''adoptiva". El respeto que Perla siente por los niños (y por todos, lo que hace que en los estados se añoren sus aseso-rías) se confirma con este montaje.

La otra escenificación altamente simbólica, en que los signos -como esa esfera hueca que es lo rescatado de la infancia de los cuatro hermanos y las fuerzas de la naturaleza- tienen, sobre todo la tormenta, un sentido casi mágico, es El canto del dime-dime, del dramaturgo quebequense Daniel Danis, en traducción de Elena Guiochins y Boris Schoemann, quien también la dirige. A la compañía Los Endebles que ha formado Schoemann se suma en esta ocasión Yuriria del Valle, quien está muy superior a sus compañeros, como la autista Noema. En una escenografía de Xóchitl González que consiste en cuatro tarimas cuadrangulares y el aparato que se construye para la hermana y que le permitirá ser transportada, el director narra, con imaginación y buen trazo escénico, la extraña historia de estos hermanos sobrevivientes y al tiempo víctimas de una tormenta eléctrica que los dejó huérfanos y a la deriva.

La naturaleza, con el cambio de estaciones, es el elemento externo que crea una especie de fatalidad para estos hermanos que van mostrando los matices del amor fraterno. Schoemann se apoya en la habilidad corporal de sus actores -Eugenio Bartilotti, Mauricio Isaac y Juan Ríos, además de Yuriria del Valle- para ofrecer las escenas de resistencia al ciclón y la del final. Por desgracia, los jóvenes actores tienen dificultades de dicción que empañan su desempeño.

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