Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 20 de junio de 2002
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Política

Soledad Loaeza

Las derechas y el Estado en el siglo XXI

El nuevo siglo se inició con muy buenos augurios para las derechas en el mundo. A partir de 1999 partidos pertenecientes a esa familia ideológica han ganado mayorías electorales en Austria, Dinamarca, Noruega, Italia, Portugal y Holanda; en 2000 el Partido Popular español fue relegido; ese mismo año el Partido Republicano volvió al poder en Washington y en México el Partido Acción Nacional desplazó finalmente al PRI del poder. Hace unos días el partido del presidente Jacques Chirac, la Unión para la Mayoría Presidencial, alcanzó el codiciado paraíso de la mayoría absoluta en el parlamento. La social democracia alemana, por su parte, corre el riesgo de ser derrotada por la democracia cristiana el próximo septiembre. Tony Blair y los laboristas gobiernan el Reino Unido, pero tan atrás ha quedado el entusiasmo por la tercera vía y el centro izquierda que creyeron inaugurar con William Clinton en 1996 que incluso Peter Mandelsohn, uno de los más comprometidos blairistas declaró hace poco: "Hoy todos somos thatcheristas." Lo que a muchos indignó es que el tono de sus palabras fue más festivo que trágico.

En conjunto todos estos partidos muestran notable diversidad: unos son europeístas, otros miran de reojo al pasado de las soberanías nacionales; unos están guiados por valores sociales conservadores, como la familia y el colectivismo, mientras otros defienden las familias no convencionales y los sacrosantos derechos individuales. No obstante, los une un inevitable parentesco que hoy en día no se funda en una ideología en común, sino en un tema común: la migración. Las derechas han vuelto al poder en Europa en buena medida porque han sabido articular la inseguridad que de manera creciente se ha apoderado de los países industriales frente a la migración, y han respondido con promesas de medidas estrictas de control de sus fronteras. En el triunfo del Partido Republicano en Estados Unidos intervinieron otros factores, entre ellos las arcaicas boletas del estado de Florida, pero el 11 de septiembre hizo del tema migratorio un asunto de seguridad nacional, públicamente reconocido en esos términos por el gobierno de George Bush. Nada más este reacomodo de las prioridades de los países industriales ha puesto fin al antiestatismo, que fue durante más de 25 años el grito de batalla de las derechas contra las izquierdas exhaustas. Paradójicamente, ahora que por fin han llegado al poder han hecho a un lado su repudio del Estado y empiezan a recuperarlo de diferentes maneras. La explicación primera de este cambio de aire es que sólo el Estado puede garantizar la seguridad de las fronteras y el orden público, pero de ahí más de uno pasa rápidamente a defender los subsidios a los agricultores o la protección a los industriales. Hasta los estadunidenses, tradicionalmente tan desconfiados del Estado (sobre todo del de los otros) aunque subsidian y protegen sin pudor ninguno, han creado un Departamento de Seguridad de la Patria (Homeland Security Department), que no es más que un brazo muy, pero muy largo, del Estado estadunidense.

El viraje de las derechas en relación con el Estado no amenaza su posición frente a los electorados, porque salvo en el caso de los estadunidenses, en la biografía de todos los votantes europeos está la huella del estatismo del pasado: en su trayectoria educativa, en su ficha médica, en su experiencia fiscal y hasta en sus iniciativas empresariales.

Lo mismo ocurre con los electores mexicanos, pues podríamos apostar que en casi todos ellos late un vigoroso corazón estatista, que no quiere pagar impuestos, pero busca que el Estado lo proteja y lo promueva. Si los politólogos que hoy están en el poder en México hicieran análisis electorales más finos podrían ampliar sus miras, dejarían de hablar de incentivos y comportamientos cooperativos, y verían que el voto antipriísta no fue un voto antiestatista. Incluso encontrarían que muchos de los que votaron contra el PRI lo hicieron para rechazar la tecnocracia antiestatista que a ojos de muchos priístas era un grupo de usurpadores. Más aún, el presidente Fox tendría que reconocer, como han hecho muchos jefes de gobierno provenientes de la derecha, que sin Estado no puede gobernar, y tampoco podrá hacerlo si sigue viendo en los partidos un enemigo y en el Congreso un obstáculo.

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