Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 31 de marzo de 2002
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Política

José Agustín Ortiz Pinchetti

ABC/DF: novísima grandeza

La nueva grandeza mexicana fue exaltada por Salvador Novo en 1946, justo antes de que se iniciara la explosión demográfica y urbana que ha convertido a la ciudad de México en algo enorme, que difícilmente se compadece con la grandeza, la gloria y la limpidez de la que hablaba el cronista. La enormidad de la ciudad de México, Ƒes signo de grandeza, o de crecimiento enfermizo? La grandeza que le atribuyeron viajeros, poetas y escritores de otras épocas, Ƒsubsiste, o ha desaparecido?

Estas cuestiones me han vuelto a surgir al repasar el libro ABCDF, Diccionario gráfico de la ciudad de México, ideado y compilado por Cristina Faesler (Editorial Diamantina, SA de CV, México, 2001, 1502 pp., con 2 mil fotografías seleccionadas de un total de 23 mil). El enorme -y un tanto costoso, 800 pesos- gran libro rojo de la ciudad de México (desdoblado hoy en una exposición en el Palacio de Bellas Artes) me ha hecho pensar en la originalidad, la vitalidad, el surrealismo, el infortunio y el futuro de la capital.

El librote rojo me parece fascinante, por su contenido gráfico y literario, así como por su recuperación del sentido de la grandeza mexicana. El poderoso volumen nos invita a un no convencional recorrido por la ciudad de México, desde la A hasta la Z, y con acento en el Distrito Federal, y nos permite, tal como sugirió el joven Novo hace medio siglo, posar una mirada inédita y asombrada, bautismal se diría, sobre estas decenas, cientos, miles de imágenes de trastienda, plazas, arrabales y azoteas, más de lo cotidiano extraordinario que de lo turístico. Todo ello, deslumbrante. Todo originalísimo, chilanguísimo e irrepetible.

El insólito y fragante abordaje de Faesler nos revela lo desconocido de lo conocido, la hermosura de la fealdad, los ángulos irresistibles de lo fenomenal. En palabras de Francisco Goldman, se descubre "esta ciudad de negativos fantásticos: la contaminación, el crimen, el desbordamiento urbano y la fealdad, la pobreza en las propias narices, que ejercen semejante atracción irresistible, carismática, sobre mí y sobre tantos otros". Es la resignada aceptación de quien se sabe enamorado de una mujer no muy agraciada, pero interesante y vital al extremo, que a veces lo acepta con pasión, para rechazarlo luego con la misma pasión.

La ciudad es grandiosa en lo feo, en la basura, en la imaginación para dotar de nombres a sus más de 70 mil calles, en sus comidas "de volada", en los rincones "que no despegaron con el despegue alemanista", como señala el conmovedor texto sobre la Plaza Garibaldi, de Armando González Torres. (Por cierto, la obra tiene un manejo anónimo de los textos que resulta un embrollo.) La ciudad de Lima, su virreinal hermana, en cuyo esplendor también se escondía lo monstruoso, fue bautizada por Sebastián Salazar Bondy, en un acerbo, lúcido ensayo, como Lima la Horrible. Para mí, México no es horrible, aunque tenga episodios, personajes y lugares horribles. La Ciudad de los Palacios incluye la ciudad de la vecindad y del mestizaje, donde predominan personajes e ídolos populares por excelencia: Agustín Lara, María Félix, Tongolele, La Tesorito, Kalimán y otros héroes anónimos, como el solitario cargador de cajones en la Central de Abasto.

Podría decirse que la grandeza mexicana ya no está en el cielo transparente o limpio, o en las imágenes monumentales de esta ciudad a la que las pasadas cinco décadas y sus elites han tratado bastante mal. Es posible encontrarla en rasgos mucho más profundos, más sutiles, en medio de los ejes viales, de la contaminación y de la agresiva actitud de la gente en las calles. En el toque de ingenuidad e ingenio que los mexicanos imprimimos a lo que hacemos, ya sea un letrero que anuncia la venta de carne o un día en familia, o en los mil diablitos que proveen de luz a buena parte de la población.

La ciudad de México, madre soltera, es una extensión de la gran madre Tonantzin. Recibe y da cobijo a una progenie de hijos ilegítimos -no reconocidos por el sistema en los términos de Amartya Sen-, que no han alcanzado una ciudadanía plena, pero que son más ciudadanos que cualquier otro habitante de la República, aunque la mezquindad política les niegue el estatuto que merecen. Ellos afirman su voluntad de ser, la fuerza de su mestizaje, apoderándose de calles, arrabales y vecindades, más allá de los cerrados palacios. Pasean, duermen y acampan en el Zócalo esperando el reconocimiento paterno. Tal vez sea esta la fuente de su misteriosa y avasalladora vitalidad. También parte de la población de esta ciudad ha aguantado la decadencia con una enorme autodisciplina, y hoy contribuye más que nadie a las arcas fiscales. También aquí reside la población más culta, refinada y participativa de toda la República y, sin duda alguna, de todo el continente latinoamericano.

La grandeza de México es un destino, un misterio, una vocación y, como en los espectáculos de luz y sonido, los reflectores la van descubriendo desde distintos ángulos y penumbras, según cada momento histórico. Se ha manifestado en la arquitectura y en la cortesanía, en el gran poder centralizado y en las letras y las artes, en un crecimiento descomunal y en el devenir hoy, de los millones de habitantes que diariamente la recorren en interminables horas de microbús, y que crecen, se reproducen alegremente y mueren en ella.

Carguen y lean el libro, visiten la exposición. Nunca volverán a ver y a vivir igual a la capital.

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