Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 14 de febrero de 2002
  Primera y Contraportada
  Editorial
  Opinión
  Correo Ilustrado
  Política
  Economía
  Cultura
  Espectáculos
  Estados
  Capital
  Mundo
  Sociedad y Justicia
  Deportes
  Lunes en la Ciencia
  Suplementos
  Perfiles
  Fotografía
  Cartones
  La Jornada de Oriente
  Correo Electrónico
  Busquedas
  >

Cultura

Olga Harmony

Juegos profanos

E n la dramaturgia urbana de México, la familia ha sido un tema que la generación de los 50 -muy aparte de los múltiples asuntos también tratados- exploró para cuestionar ese tipo de familia monolítica, con padre dominante, madre manipuladora e hijos sumisos y recomidos por la culpa y el resentimiento, de la que los entonces jóvenes estaban hartos. Las revueltas de las décadas siguientes hicieron surgir otro tipo de familia, menos conservadora, más abierta y con mayores poderes de liberación para los hijos, y los nuevos autores (con la excepción quizá de Hugo Argüelles, que siguió insistiendo en el tema cada vez con mayor violencia, y quizá de algún otro) se volcaron al problema de la pareja en crisis y de la aceptación de la elección sexual diferente.

El estreno de Juegos profanos en 1985, dirigida por Eduardo Ruiz Saviñón y su inmediato éxito, nos hizo ver que las viejas estructuras familiares se mantenían incólumnes para muchos sectores de la clase media y que las revueltas culturales de las décadas anteriores habían tocado sólo a los estratos más intelectualizados de nuestra sociedad (y me atrevería a decir que solamente en la capital del país). En 2002, la farsa de Carlos Olmos sigue teniendo vigencia, en momentos en que el conservadurismo cobra nuevas fuerzas y no solamente porque el dramaturgo atenta contra los tabúes que todos tenemos arraigados, como el incesto y el parricidio, sino porque este tratamiento le sirve para mostrar lo que es un viejo matrimonio sin amor, como el de Nicolás y Venturina, los anhelos destructivos que se esconden en los miembros de una familia y el triunfo final de las normas constituidas: ''šAprenderán a saber que el mundo que les dimos no puede destruirlo nada!", dice Saúl-Nicolás refiriéndose a sus hijos.

Las pugnas familiares como pugnas de poder, la transformación de los jóvenes rebeldes en seres tan convencionales como lo fueran sus padres, es la dolorosa conclusión que el texto de Olmos nos puede dejar hoy día. Aparte de ello, la contaminación de los personajes en otros es lo que estructuralmente mantiene vigente esta obra, porque el juego de convertirse en otro, que ha fatigado a la dramaturgia latinoamericana desde La noche de los asesinos, de José Triana, aquí se realiza con la presencia de los dos esqueletos y la transmutación final tiene mucho de fantástica. No recuerdo el montaje de Ruiz Saviñón, pero en éste de Sergio Cataño resulta muy transparente, al utilizar a los esqueletos como marionetas, cuando habla Saúl como Saúl y cuando lo hace como su madre, al igual que en el caso de Alma y su padre.

Esta grotesca clarificación es virtud de la escenificación, a la que se le pueden poner muchos peros. El principal, el manejo de los actores. Kate del Castillo es una mujer muy bella y de movimientos elásticos, pero no se entiende que esa Alma que encarna deba hacer tanta gimnasia en escena, lo que permite que los malintencionados pensemos que es para cubrir deficiencias actorales y de dicción, problema que comparte con Julio Bracho, que no sólo habla mal, sino que llena a Saúl de innumerables tics poco convincentes. Creo que Juegos profanos es ese tipo de obra que por su complejidad requiere gran nitidez en las actuaciones.

La escenografía es otro acierto, al mostrar ese espacio muy poco realista, de muros transparentes y escaso mobiliario, que logra efectos muy bellos visualmente, como es ese árbol navideño plateado que contrasta con los colores del cuadro que pende de la puerta al jardín. En el programa de mano no dan crédito del escenógrafo, a menos que sean Alejandro Cataño y Fernando Félix, a quienes se acredita como diseñadores de arte (en otra contaminación, esta vez no deliberada, entre el lenguaje teatral y el televisivo). También me resulta chistoso que se dé crédito de ''dramaturgia" al autor del texto, cuando en teatro ese término conlleva otro sentido, y muestro mi ignorancia al no saber en qué consiste la asesoría de arte de Hugo González y Edita Rzewska, a quien también se debe el vestuario. Ruby Tagle hace la coreografía y el diseño de movimiento; esto último suple al trazo escénico que antaño era responsabilidad del director.

Números Anteriores (Disponibles desde el 29 de marzo de 1996)
Día Mes Año