Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 17 de enero de 2002
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Marta Tawil *

El muro de acero

Desde 1948, con breves interrupciones y matices, la política israelí con relación a los palestinos y al mundo árabe ha estado fundada sobre la estrategia del "muro de acero" propuesta por Zeev Jabontinsky en 1923. El padre de la derecha israelí, quien se opuso tajantemente a la partición de Palestina como establecían las resoluciones de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, estaba convencido de que no existía la menor oportunidad de obtener la adhesión de los árabes de Palestina al proyecto sionista; la colonización debía en consecuencia realizarse al amparo de un "muro de acero" (iron wall) imposible de destruir, así como con la ayuda permanente de un aliado exterior. No sería hasta después de quebrantar la resistencia árabe que se podría acordar una forma de autonomía palestina en el seno del Estado judío.

Más de 50 años después, esta política conserva su actualidad; el muro sigue espesándose, y la guerra de Ariel Sharon contra el pueblo palestino sigue su curso con el apoyo del Departamento de Estado estadunidense y con el silencio cómplice de la Unión Europea. Hace unos días, varios misiles israelíes atacaron el único puerto palestino. Simultáneamente, tanques armados terminaban de remover los pedazos de asfalto que quedaron de la pista del aeropuerto de Gaza, después de su destrucción por bombas israelíes. El objetivo de Sharon -como lo fue en Kibya en 1953, Gaza en 1956, 1967-68, y los campos de refugiados en Líbano en 1982- es cancelar la idea de la autonomía palestina, la idea de que los palestinos son un pueblo como cualquier otro con derechos y dignidad. De ahí la destrucción de decenas de casas en Rafah, como respuesta a la muerte a manos de Hamas de cuatro soldados israelíes, dejando sin techo a centenares de ancianos, niños y mujeres; de ahí la división de la franja de Gaza impidiendo a la población local todo tipo de movimiento; de ahí la destrucción de cultivos; de ahí el arresto domiciliario impuesto a Arafat. La fuerza militar israelí, que desde los años cincuenta se convirtió en el principal instrumento de la política nacional, hace de las suyas contra una población inerme (mientras Colin Powell considera sus prácticas atroces como "actos defensivos" y, por ende, justificables).

En la escena diplomática mundial y de los medios de comunicación se prefiere centrar la atención en el asunto de la embarcación Karina A, cargada de 50 toneladas de armamento e interceptada por Israel en el Mar Rojo. De acuerdo con el Estado hebreo, las armas estaban destinadas a palestinos de Cisjordania y Gaza, y acusa a Irán y al movimiento de resistencia islámico libanés, Hizballah, de estar involucrados. La preocupación desmedida por el hecho se basa en un concepto simple: Israel puede y debe seguir recibiendo ayuda militar estadunidense en millones de dólares anuales, pero los palestinos no tienen el derecho de armarse para resistir la ocupación.

Los proponentes del "muro" parecen tener secuestrada la política israelí y han logrado imponer su visión: una pequeña nación que, a pesar de lo que digan pacifistas, moderados y revisionistas históricos, desde su creación siempre ha tendido la mano a los árabes de Palestina y al mundo árabe. Así, según este razonamiento son los palestinos quienes insisten en sus prácticas de provocación y terrorismo contra el pueblo hebreo (como si el drama cotidiano del asedio a ciudades, la incursión del ejército en zonas autónomas, la destrucción de infraestructura, la multiplicación de asentamientos ilegales y la confiscación de tierras no debieran provocar rabia e indignación entre los palestinos); es el mundo árabe quien persiste en su actitud resueltamente hostil hacia Israel (como si tal unanimidad teórica e ideológica entre los países árabes se hubiese traducido en la práctica o hubiese logrado concretar políticas comunes alguna vez).

El drama de la puesta en práctica de la política del muro de hierro es que no sólo el Partido Likud y seguidores se identifican con ella y la aplican en la coyuntura actual. Durante decenios los laboristas, con sus merecidas excepciones, se adhirieron de facto a esta estrategia sin decirlo abiertamente y continúan haciéndolo, si bien actualmente el consenso interno en Israel sobre los métodos para defender la seguridad nacional y efectuar represalias no sea unánime.

No estamos, pues, ante un David israelí con un destino trágico y un Goliat árabe o palestino. Estamos ante la reiterada intransigencia del Estado judío; el país del status-quo que no está listo para pagar el precio de la paz. El resultado es el periodo de inmovilismo actual que observamos, fundado en una "diplomacia" que ofrece a la Autoridad Palestina y a los países árabes dos "opciones": mantener las cosas como están o alcanzar la paz total, pero una paz que no implique retirarse totalmente de los territorios ocupados y que se concrete bajo las condiciones que Israel imponga.

* Investigadora de El Colegio de México

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