Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 14 de enero de 2002
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Economía
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León Bendesky

Mercados

La crisis argentina ha renovado la discusión sobre las condiciones en que funcionan los mercados. Este es un tema que está en el centro de las formas predominantes de la gestión de las economías, tanto en su vertiente técnica como en los argumentos de naturaleza ideológica que siempre la acompañan. En este debate hay una especie de trampa de método cuando se exponen las ventajas inherentes que tiene el mecanismo del libre mercado y la constante referencia que debe hacerse a las desviaciones del comportamiento eficiente que supuestamente lo caracteriza.

La debacle argentina, suele decirse ahora con mucha seguridad, no tiene que ver con las medidas económicas asociadas con la liberalización, las privatizaciones o el esquema de convertibilidad monetaria que operó en ese país por una década. La crisis estaría asociada, esencialmente, con una mala administración fiscal que perforó las condiciones de la estabilidad monetaria y de la cual son responsables los políticos que usan a su favor el presupuesto. La deuda pública se duplicó en unos años, los recursos obtenidos de la venta de las empresas públicas acabaron en las cuentas privadas de los personajes que estuvieron alrededor de las millonarias transacciones, y mientras la paridad del peso mantenía bajo control la inflación, se debilitaba la competitividad de los productos en el mercado internacional. Argentina se quedó sin dinero para pagar sus deudas, para sostener el sistema financiero y garantizar el funcionamiento del sistema productivo.

Pero todo esto ocurre en el entorno del mercado y de las condiciones políticas que crea a su alrededor, las operaciones financieras que llenaban las páginas de los diarios de todo el mundo anunciando la venta de bancos, de empresas petroleras, eléctricas y de aviación, ponían a la Argentina de Menem como ejemplo que gestión en un mundo moderno de crecientes espacios privados y menores espacios públicos. Argentina se desfondó igual que ha ocurrido con otros países de la región en los que las aventuras del gran capital coexisten con las enormes desgracias de poblaciones cada vez más empobrecidas. Perú es un buen caso de referencia, no el único, sólo hay que sacar el mapa y recorrerlo desde México hasta más allá del Mar del Plata.

El mercado no es el villano, es un instrumento que se usa de manera política y sirve en muchas ocasiones para manipular las condiciones en que funcionan las relaciones en una sociedad. Este parece ser el caso argentino y cualquier consideración de índole técnica que quiera proponerse para interpretar la crisis no puede alcanzar con sólo apreciaciones técnicas de la forma en que se hizo la gestión de la economía. A esa forma de apreciación de un fenómeno complejo como es la crisis argentina, le va a faltar irremediablemente el modo en que la corrupción y el uso del poder terminan con las oportunidades de existencia de una población y de una sociedad.

La quiebra argentina se pone hoy de manifiesto de forma eminentemente financiera, pero la verdadera debacle está en la incapacidad de volcar la energía social a la creación de riqueza y a la generación de empleos y de ingresos. En esta tara van juntas las nuevas autoridades económicas del gobierno y los funcionarios del FMI que han llevado la concepción de la economía y de la existencia de la sociedad a un callejón cada vez más estrecho del que es muy difícil salir. La exigencia de un programa de saneamiento fiscal y de gestión cambiaria que satisfaga a los burócratas de Washington va a tener un gran costo en Argentina, y cuando finalmente se llegue a un esquema que les satisfaga el desgaste social y político va a ser mayúsculo.

En el caso argentino, la atención está toda puesta en las barbaridades cometidas desde el gobierno, lo cual tiene sin duda mucho sustento, pero no es suficiente, ya que hay siempre conexiones más o menos explícitas entre las acciones que se toman a partir del ejercicio del poder público y los mecanismos que están estrechamente ligados con las transacciones privadas. A los argentinos los saquearon y luego acabaron por meterles las manos a los bolsillos y sacarles el dinero que habían puesto en los bancos bajo las condiciones de la misma convertibilidad. Es un robo.

Pero no hay que irse hasta el otro lado del mundo, donde es verano, para seguir las peripecias del mercado y de la manera en que los gobiernos voltean convenientemente la cabeza para eludir las responsabilidades que finalmente son públicas.

La compañía Enron, gigante del sector de la energía, se ha ido a una de las quiebras más notorias de la historia reciente de Estados Unidos. Las condiciones financieras de esa quiebra son aún inciertas e incluso una prestigiada firma trasnacional de auditoría está envuelta en la aparente desaparición de documentos relevantes del caso. Pero Enron no sólo tenía relaciones muy estrechas con el actual gobierno y con varios de los miembros del gabinete, lo que parece haber llevado a que se ignoraran las evidencias de la quiebra. El mercado va más allá en este caso, pues los fondos de pensiones de los trabajadores fueron depositados a sugerencia de la propia administración en acciones de la empresa y con la condición de que no se vendieran. Pero los funcionarios de Enron saben mejor que todo eso y al poco tiempo antes de declarar la quiebra sí habían vendido sus acciones a precios que todavía les dieron enormes ganancias. Esta es parte, también, de las aventuras del mercado.

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