Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 3 de enero de 2002
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Cultura
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Margo Glantz

A la memoria de Juan José Arreola

Conocí a Juan José en El Colegio de México, cuando lo dirigía don Alfonso Reyes, allá por las calles de Nápoles, en una época en que tanto Arreola como yo éramos muy jóvenes, yo mucho más que él, o por lo menos en ese tiempo así me lo parecía. Ibamos a estudiar a la sala de lectura de la biblioteca, cuya bibliotecaria adjunta era Surya Peniche, a quien a mi vez conocí gracias a Sergio Morales, extraordinario antropólogo (muerto muy joven) que iba conmigo a la prepa 1, la de San Ildefonso, entonces la única de la ciudad.

En El Colegio de México enseñaba don Pedro Urbano de la Calle, a quien yo tenía gran admiración por su elegancia, su sobriedad y su sabiduría, pues además de muchos otros idiomas ¡sabía sánscrito! Estaban también allí el eminente polígrafo -que luego emigraría a Venezuela- don Agustín Millares Carlo y su hijo Agustinito; el padre Gallegos Rocafull; José Gaos, los historiadores don Silvio Zavala y don José Miranda; el filólogo argentino Raymundo Lida y, asimismo, muchos jóvenes estudiantes, entre los que recuerdo un poco lejanamente, en esa época, a Antonio Alatorre, Margit Frenk, Henrique González Casanova, mucho más cerca de Luis González y González, ¿Tito Monterroso?, ¿Paco López Cámara?, Ernesto Mejía Sánchez y un grupito de brillantes y jóvenes peruanos, Augusto Salazar Bondy, José Durand, Tomasito Acosta; unos años después, recién llegados de Venezuela (guapísimos y con sombrero), Alejandro Rossi y Pedro Duno. El último recuerdo de aquella época es haber visto en el escritorio de don Alfonso, debajo del vidrio, un retrato de Silvana Mangano sacado de la película Arroz amargo, en la que también actuó Vittorio Gassman.

Juan José Arreola era delgadito, ágil, histriónico, fascinante, quizá ya agorafóbico.

Volví a ver a Juan José en La Habana varios años después, en la Casa de las Américas. En esa época, un poco antes de la invasión de Bahía de Cochinos, estaban radicados en Cuba José de la Colina, José Luis González, Eraclio Zepeda, amigos a quienes recuerdo con mayor precisión en ese viaje que hice acompañando a mi esposo Paco López Cámara: un viaje en que conocí a Fidel, al Che Guevara y pude todavía comprarme ropa en el más grande almacén de Cuba, El Encanto, días antes de que lo incendiaran.

Cuando empezaron los bombardeos, me fue imposible regresar a México, por lo que iba diariamente a la Casa de las Américas donde impartía cursos Juan José (también don Ezequiel Martínez Estrada, el prestigiado autor de Radiografía de la pampa); la directora de la casa era Haydée Santamaría y el ministro de Educación, Armando Hart. Los primeros días cayeron bombas y todos nos refugiábamos debajo de los escritorios. Juan José me decía que era yo una mujer fuerte y yo se lo creía porque nunca me dio miedo lo que pasaba. En cuanto se calmaban los bombardeos -recuerdo muy pocos- conversábamos Arreola y yo sobre Paul Claudel y Denis de Rougemont, autores con los que siempre lo asocio. Esas conversaciones ocuparon varias semanas, durante las mañanas. Por las tardes íbamos a los multitudinarios mítines en los que, de manera interminable, hablaba Fidel, o a las gigantescas reuniones en las que se bebían mojitos o se quedaba uno frente a la televisión del hotel mirando los juicios públicos que se entablaban contra los gusanos. Algunos amigos tenían aún casa en Varadero.

Varios años más tarde frecuentaba yo a Arreola en la Zona Rosa, donde mis padres tenían un restorán, el Carmel, en las calles de Génova. Solía acompañarlo de regreso a su casa y dejarlo en la puerta de su edificio, allá por las calles de Nilo. Si tocaba el timbre y nadie bajaba a recogerlo me pedía que lo acompañara, se transformaba de repente en un niño pequeño y yo volvía a convertirme por un momento en ''esa mujer fuerte" que se resguardaba debajo de los escritorios en los grandes salones de la Casa de las Américas. Pero en cuanto aparecía alguien de la familia, Arreola volvía a ser el extraordinario conversador, el maravilloso, lleno de ingenio Juan José.

Hace ya tiempo redacté un texto sobre la obra de Arreola, transcribo algunas frases para rematar este recuerdo:

''La mecanización diabólica presente en algunos textos del Bestiario contrasta con un símbolo medieval, el mester, el oficio, el taller que Arreola ha ejercido sistemáticamente y que parece ser un paliativo contra la máquina y la agresión."

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