Opinión
Ver día anteriorDomingo 18 de noviembre de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Destrucción de Argentina y Brasil: regalo para Trump
N

unca América Latina había estado tan unida e integrada como cuando Argentina y Brasil dejaron de ser rivales para ser aliados, por las manos de Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner y, posteriormente, las de Cristina Fernández y Dilma Rousseff. Con el fortalecimiento y el ensanchamiento del Mercado Común del Sur (Mercosur), con la fundación de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) y su Consejo Sudamericano de Defensa, con la creación de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac); cuando por primera vez América Latina y el Caribe pasaban a tener una entidad suya, sin Estados Unidos y Canadá, como en la Organización de Estados Americanos. NuncaWashington había estado tan aislado del continente. Sus apuestas fracasaban, una después de la otra: México, Perú, Colombia, Chile.

El retorno de la derecha a los gobiernos de Argentina y Brasil ha representado no sólo el final de esa etapa de integración, con la desarticulación del Mercosur, Unasur y Celac, así como la destrucción de esos dos países con economías en expansión, gobiernos con apoyo popular y naciones con políticas externas soberanas. Ningún regalo mejor para Donald Trump y su política de retorno a la guerra fría.

De economías que habían recuperado su capacidad de crecimiento, de gobiernos que habían priorizado las políticas sociales de distribución de renta, de presidentes que habían liderado los procesos de integración regional, hemos pasado a gobiernos que privilegian el ajuste fiscal intensificando la recesión económica, cortando recursos a las políticas sociales y acentuando las dinámicas de exclusión social, a gobiernos que vuelven a gobernar para pocos y a políticas externas de sometimiento absoluto a los intereses de Estados Unidos.

Un militar brasileño, jefe del ejército, que externó amenazas en vísperas del juicio en el Supremo Tribunal Federal del habeas corpus para Lula, ha señalado que si no hubiera hecho esa declaración, la situación se habría salido de control. Es decir, Lula libre, candidato y presidente de Brasil significaría que los militares perderían el control de la situación en el país. Tan simple como eso.

De ahí que el proceso arbitrario contra Lula, sin ninguna prueba, y el acobardamento del Judicial, que impidió que el precepto constitucional de la presunción de inocencia tenga vigencia, hayan permitido la condena y la prisión de Luiz Inácio, lo cual abrió el camino hacia la victoria electoral de un candidato de extrema derecha mediante una trampa jurídica e internáutica.

La semana pasada el reingreso de Brasil en la guerra fría ganó dos nuevos episodios: uno fue el nombramiento de un troglodita como ministro de Relaciones Exteriores: alguien que dice que Brasil debe salir de la globalización, que es instrumento del marxismo cultural ( sic), que los problemas climáticos son invenciones que favorecen a China, entre tantas otras barbaridades, tales como que Dios tiene que salvar a Brasil.

El segundo fue la ruptura del programa Más Médicos, que tenía alrededor de 8 mil especialistas cubanos que atendían más de 2 mil ciudades brasileñas y a decenas de millones de personas que, de otra manera, no tendrían atención de salud… con el argumento del presidente electo de Brasil de que estaba liberando a los médicos cubanos de la esclavitud.

Mientras, en Argentina se intenta avanzar en la misma dirección: conforme se consolida el nombre de Cristina como favorita para ganar las elecciones presidenciales del próximo año, se intensifica la persecución jurídica y política contra ella. Buscan reproducir exactamente lo que han hecho con Lula e intentan hacer con Rafael Correa y Jaime Petro: la criminalización de los principlaes dirigentes populares latinoamericanos.

Todo como regalo para Trump, que logra restablecer puentes en el continente, en Argentina, Brasil, Chile y Ecuador, mientras pierde los lazos carnales con México. Cuanto más cercanas a Washington, más miserables nuestras sociedades, más sin soberanía ni dirigentes populares, más represión hacia nuestros líderes y movimientos populares.

La lucha en América Latina pasa, necesariamente, por la defensa de los principales líderes políticos del continente, como parte de la resistencia democrática en contra de los regímenes de excepción que se han instalado en varios países del continente. Son ellos los que pueden volver a gobernar nuestros países con legitimidad y gran apoyo popular, son los que pueden hacer que nuestras economías vuelvan a crecer con distribución de renta, que hagan lo necesario para que recuperemos nuestra soberanía externa. Son ellos quienes pueden liderar a nuestros países y a nuestros pueblos en la defensa de sus derechos avasallados y de nuestra democracia profundamente amenazada.