Opinión
Ver día anteriorSábado 28 de enero de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Frente a la caída
V

isto desde la perspectiva del siglo XX, Estados Unidos se enfrentó desde 1914 –el inicio de la I Guerra Mundial– a un mundo empeñado en su propio arruinamiento. Entre 1914 y 1945, las potencias europeas se enfrascaron en una larga guerra –interrumpida por el interregno de los años 20 y principios de los 30– en la que acabaron por destruirse mutuamente. Después de 1945 se hizo evidente que el Imperio Británico dejaría de existir luego de siglos de vida. La suerte de Japón tampoco fue distinta: tres guerras, dos bombardeos atómicos y la ocupación de MacArthur lo redujeron a país subalterno.

Algunos historiadores sostienen, no sin razón, que Europa y Japón sólo se recuperaron, en términos de su inserción mundial, hasta la década de los 70. Dicho en una frase: entre 1914 y la década de los 80, Estados Unidos prácticamente no tuvo contendientes en la escena mundial. (La Unión Soviética representó un rival político, no económico.) Todo cambió a partir de los años 90. En tan sólo dos décadas, tres grandes polos surgieron como competidores reales de la política estadunidense: la Unión Europea (se afirma que se trata de 20 países, pero se olvida que sus finanzas están condensadas en un solo banco); Japón y el sistema de los tigres asiáticos y, por supuesto, China. Los saldos de esta nueva cartografía mundial ya eran evidentes antes de la crisis de 2008: Estados Unidos entró en un proceso gradual de decadencia, mientras los otros polos parecen cada día más capaces de hacer frente a las impredecibles circunstancias del futuro inmediato. Y el corolario general de este radical giro se vuelve cada día más ostensible: los poderes centrales estadunidenses no han sabido –o no han podido– hasta la fecha encontrar la forma de cómo contender en un mundo multipolar. La geoeconomía los tomó por sorpresa.

¿Cuál ha sido la fórmula de la emergencia de estos nuevos polos en la escena mundial? Paradójicamente, no la globalización, sino las formas de protección. O mejor dicho: una singular combinación entre ambas. La mayor parte de los países europeos ingresaron al rush de los años 90 protegidos por su propia sociedad civil, sus sistemas de ahorro y sus casi endogámicas formas de consumo. China se encuentra también protegida por las altas productividades y un sistema social regimentado. ¿A quién se le ocurriría vender algo ahí? Japón cuenta con mecanismos de regulación casi milimétricos, que codifican cada espacio y cada instante de su vida cotidiana. Estados Unidos en cambio, promotor de la más reciente versión del capitalismo desaforado, está siendo abatido por la propia lógica del sistema que impuso. Ironías de la modernidad: el carácter gore del capitalismo.

La historia reciente conoce muchas maneras de enfrentar estas caídas. La que hoy se advierte en Washington anuncia el colapso de un modelo completo de sociedad. Los primeros días de la presidencia de Trump presagian que la respuesta será, al menos al principio, muy similar a la que encontraron los fascismos de los años 30: destruir los tejidos y las solidaridades sociales para preservar lo que Max Weber llamó alguna vez el espíritu del capitalismo. Espíritu significa, en la teoría de Weber, deseo, y en el caso actual, deseo de finitud. El embalaje de Trump contrae un proyecto manifiesto: la destrucción de los lazos sociales que instituían a la sociedad estadunidense, tal y como se conocían hasta la fecha. Es un proyecto de destrucción. Un paso del neoliberalismo al nacional-liberalismo.

¿Qué hacer en México frente a este desplazamiento?

La respuesta no es tan compleja: apartarse lo más rápido de la caída. El problema es: ¿cómo? Todo proyecto de destrucción hace del delirio una forma cotidiana de existencia. Tal y como está pensado, el muro de Trump es un retroceso a la economía que produjo la Muralla China: Trump quiere cobrar peaje por las utilidades que produce en México una fuerza de trabajo asombrosa. Algo así como una economía medieval, es decir, un régimen que hace del otro no una realidad productiva, sino una compulsión tributaria. Ni acercarse a este sicotismo.

Si hay una buena nueva en todo lo que está pasando, es que la fuerza de trabajo mexicana se ha revelado como una de las más eficientes y productivas en el mundo. Tan eficiente como la canadiense o la japonesa, sólo que con salarios deprimentes. Lo que más temen Canadá y Estados Unidos es, irónicamente, la fuerza de esa fuerza de trabajo.

Lo evidente: sólo queda pensar no en otro modelo económico. La caída de una gran potencia trae consigo el desplome de los paradigmas sociales y en los que se erigieron sus formas de dominio. Las circunstancias son apremiantes y los tiempos se devoran a sí mismos, pero no queda otro remedio más que pensar en otra forma de sociedad. (Un tema de otro artículo.)