Opinión
Ver día anteriorSábado 19 de septiembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Sismos: 30 años
L

a mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 la capital del país fue devastada por un sismo a la vez oscilatorio y trepidatorio que derribó 30 mil viviendas, causó la caída de 400 edificios –entre ellos tres grandes hospitales públicos–, dañó otros 50 mil y provocó un número de muertos que hasta la fecha no se conoce con precisión, cuya estimación varía entre 5 mil y 40 mil, dependiendo de las fuentes. La noche del día siguiente una fuerte réplica acentuó los daños y la zozobra de la gente. El fenómeno telúrico también tuvo efectos desastrosos en Lázaro Cárdenas y Playa Azul, Michoacán; Ciudad Guzmán, Jalisco; Ixtapa-Zihuatanejo, Guerrero, y en otras poblaciones menores de esas entidades.

Con la ciudad colapsada y sus servicios básicos –agua potable, energía eléctrica, comunicación telefónica, transporte público– interrumpidos en extensas zonas, las autoridades federales, que en aquel tiempo eran directamente responsables de nombrar a las capitalinas, abandonaron a su suerte a una población que reaccionó de manera inesperada. La solidaridad brotó en forma espontánea y la sociedad exhibió una entrega ejemplar para auxiliar a quienes habían quedado atrapados entre los escombros, recuperar los cuerpos de los difuntos y brindar auxilio, alimento y cobijo a quienes lo perdieron todo.

Además de la exasperante ineficacia burocrática del gobierno y de las injustificables lagunas y carencias en materia de protección civil, el terremoto dejó al descubierto la corrupción imperante en el sector de la construcción: buena parte de los edificios derrumbados habían sido levantados sin acatar las especificaciones del reglamento entonces en vigor, lo que ponía en evidencia no sólo la falta de escrúpulos de los constructores sino también la venalidad que reinaba en las instancias capitalinas responsables de autorizar las obras.

El sismo también dejó al descubierto cosas más sórdidas, como las condiciones de virtual esclavitud en las que laboraban cientos de trabajadoras en fábricas de ropa situadas en San Antonio Abad, o las cárceles clandestinas y los cádaveres encajuelados, maniatados y con huellas de tortura que fueron encontrados entre los escombros del edificio principal de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), hallazgos que nunca fueron esclarecidos.

El impacto de la catástrofe sembró de golpe una nueva conciencia ciudadana que se expresó en la formación de múltiples organizaciones populares y que incidió, tres años más tarde, en el auge de la campaña del candidato presidencial opositor Cuauhtémoc Cárdenas y en unos comicios que se saldaron con un fraude masivo orquestado por el PRI como única manera de conservar la Presidencia. En el Distrito Federal la animadversión contra ese partido fue perdurable y 12 años más tarde perdió el control del gobierno capitalino en las primeras elecciones en que esta posición fue puesta a consideración de la voluntad ciudadana. Y desde entonces, en la ciudad el priísmo no ha logrado salir de la segunda o tercera posición como fuerza política.

En suma, el desastre del 19 de septiembre y su cauda de dolor, muerte y destrucción, pero también de solidaridad y generosidad masivas y admirables, no sólo se tradujeron en un cambio brusco y traumático de la faz urbana sino también en un marcado desarrollo cívico y en la construcción de nuevas instituciones, como el Sistema de Alerta Sísmica, el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) y la Secretaría de Protección Civil del Distrito Federal.

Aquel 19 de septiembre este diario cumplía su primer año en circulación. Sus oficinas, situadas entonces en Balderas 68, se encontraban en medio de una de las zonas más afectadas por el terremoto, y esa fue la primera ocasión en la que nuestro diario hubo de ratificar en los hechos su propósito de desempeñarse como un medio informativo al servicio de la sociedad y de incorporar, además de las versiones oficiales, las perspectivas de la gente, de los sectores marginados e invisibilizados por los poderes políticos y económicos. Para La Jornada, el terremoto de 1985 unió en forma permanente la alegría de su propio nacimiento con la sensibilidad ante las tragedias sociales. Aunque muchas cosas hayan cambiado en el país y el mundo en estas tres décadas, a 31 años de que viera la luz la primera edición de este diario, el 19 de septiembre de 1984, esa tarea continúa, y el vértigo por el acontecer noticioso cotidiano no se contrapone con la determinación de conservar la memoria.