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Economía y violencia: rumbo a una economía política de la decadencia
D

esde los orígenes de la sociedad moderna se ha cultivado la idea de que con la expansión del comercio y, en general, de la economía de mercado, las inclinaciones violentas de la especie, así como la inseguridad endémica que asolaba comunidades y regiones, podrían ser moduladas y puestas a buen recaudo por el Estado y su régimen de derecho. Así lo imaginaron Adam Smith o Keynes, junto con Albert Hirschman, tren nombres grandes de la economía política que hoy tenemos que revisitar.

Con la globalización que arrancó impetuosa a finales del siglo pasado, esta esperanza se reforzó, hasta llevar a muchos a pensar que la historia de las confrontaciones totales, ideológicas o religiosas, tocaba a su fin. Llegaba la hora del mercado mundial unificado y de la afirmación de la democracia representativa como forma universal de gobierno.

Hoy, a 25 años de la caída del Muro de Berlín y a más de 20 de la implosión del comunismo soviético como alternativa histórica al capitalismo, tenemos que rendirnos a la evidencia de que aquella paz eterna proclamada por Kant sigue lejos y que la ruta para llegar a ella está poblada de sinsabores y frustraciones; como el camino del infierno, empedrado de buenas intenciones. Nosotros seguimos en medio de ese sendero, para no decir que en sus cunetas, acosados por la violencia criminal, multiforme pero siempre asociada de una u otra forma a la corrupción del poder y la impunidad de los poderosos.

Iguala es hoy espejo infranqueable de nuestros ensueños, convertidos en pesadilla sangrienta y alevosa, mientras que el círculo candente de la opción por la fuerza fincada en el despliegue violento de sus capacidades destructivas se vuelve cerrojo cruel de un desarrollo que, siempre al alcance de la mano, nunca llega a concretarse en buena y tranquila vida. No hay ni habrá evolución política y social civilizada en medio y bajo el fuego cruzado y alucinante de la violencia.

No sólo de ganancias vive el capitalismo, porque sus actores quieren también seguridad y vida privada a salvo del crimen, organizado o no. Y eso, hoy, no lo puede garantizar el Estado mexicano. Éste, a su vez, no puede vivir sólo de expectativas al alza, sin construir los escalones de realización parcial y gradual de dichas expectativas para darle a la escalera al cielo prometido dosis progresivas de realidad y credibilidad. De otra suerte, el contraste entre la realidad y el deseo se vuelve desazón y enojo, rencor y frustración individual y colectiva que, de pronto, no encuentra más solución de continuidad que el estallido.

No habrá buen ni mal desempeño económico mientras el abuso criminal se imponga como la forma inmediata de afrontar dilemas económicos y sociales o, peor aún, de enriquecimiento y toma del poder por los intereses concentrados, enfeudados habrá que decir, como en Guerrero. Desde hace meses, las proyecciones económicas le otorgan peso creciente a la inseguridad como factor contrario al crecimiento; hoy, más que de inseguridad hay que hablar de depresión y azoro, sólo sucedidos por el horror, miedo pánico, ante la crueldad viscosa que no deja a nadie inmune.

Tampoco podemos aspirar a un nuevo curso de desarrollo, enfilado a la igualdad y apegado a los principios democráticos, sumidos en el miedo y el rencor y humillados a diario por la desfachatez majadera de los que pretenden gobernar, como en Guerrero, apelando al temor y a la amenaza criminal. Paz y justicia, sostenidas por un compromiso nacional por el desarrollo con igualdad y democracia, son los vértices de una economía política contra la violencia y la condición sin cumplir la cual no podemos presumir de modernos y globales.

La hora del gran ajuste llegó para todos en esta hora triste y dolorosa del sacrificio de Iguala y sus mejores muchachos. De la violencia a la decadencia no hay más que un paso. No lo demos.