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El 58% de los turistas quieren regresar para los JO de Río 2016

Durante el Mundial la violencia partió de las patadas en la cancha, no de la calle
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Martes 15 de julio de 2014, p. a13

Río de Janeiro, 14 de julio.

Antes de que empezara la Copa del Mundo, en Brasil corría suelta la previsión de que fuera de las canchas estaríamos al borde del desastre. Y, con optimismo evidentemente exagerado, que la patria se salvaría gracias a la selección, que sabría, en el césped, borrar la imagen negativa ofrecida por las calles.

Lo que se vio ha sido exactamente a la inversa. La hospitalidad de las calles ha sido cálida y generosa, y la tan temida y anunciada violencia partió sobre todo de las patadas de los jugadores a los adversarios.

A la hora del balance, el saldo es muy positivo (siempre que se hable de saldo general, o sea, el fiasco en las canchas no se cuenta). Llegaron 700 mil turistas extranjeros y 58 por ciento declararon estar firmemente decididos a volver para los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro. Una primera estimación indica que, entre brasileños y extranjeros, los turistas gastaron alrededor de 30 mil millones de reales, o sea, unos 14 mil 500 millones de dólares, prácticamente lo que se invirtió para realizar el Mundial.

Es verdad que de todas las obras anunciadas, poco más de 30 por ciento quedó listo a tiempo. Ese porcentaje no se refiere a los estadios (que, contra viento y marea, pudieron estrenar), pero sí a obras viales, destinadas principalmente a la movilidad urbana. Pese a eso, la verdad es que no hubo problemas significativos a la hora de desplazarse en las ciudades que hospedaron los partidos. Hubo, por cierto, desvío de dinero, proyectos con sobreprecios absurdos, retrasos homéricos, así como obras que de la noche a la mañana desaparecieron de la agenda. Nada, en todo caso, que pueda ser considerado nuevo o excepcional en un país acostumbrado a esos y otros avatares cuando se trata de dinero público.

Además de un formidable refuerzo para la imagen del país en todo el mundo, con potencial para aumentar sensiblemente el flujo turístico, más allá de las obras urbanas que quedan (las que no fueron entregadas tuvieron nuevos plazos y se considera que alguna vez quedarán listas), hay otro legado importante dejado por el Mundial: se desmanteló la pandilla, incrustada en la FIFA, que desde 1998 se dedicaba de manera febril al mercado negro de ingresos para los partidos y de sobreprecios en las tarifas de los hoteles.

En relación con el efecto que dejarán el Mundial y la actuación vergonzosa de la selección brasileña en las elecciones que se realizarán dentro de poco más de dos meses y medio, analistas, sociólogos, politógos y todos los ólogos que se dedican a explicar todo, la previsión unánime es que no habrá ninguna influencia. Claro que si hubiera ocurrido en las calles la catástrofe transformada en mantra permanente por los heraldos furiosos de la oposición, habría consecuencias negativas para la campaña de Dilma Rousseff, quien busca la relección. Se dio a la inversa y es de suponer que la presidenta tratará de sacar provecho de que Brasil realizó aquella que la misma FIFA considera la Copa de las Copas. Los grandes medios hegemónicos de comunicación, que disparan al unísono, un día sí y el otro también, contra cualquier movimiento del gobierno de Dilma, tratan ahora de demostrar que pese a toda la alegría y a todo el éxito, hay fallas y errores. Para la opinión pública, esos disparos dan al agua. La selección ha sido un desastre vergonzoso, la Copa ha sido una fiesta alegre.

Las manifestaciones callejeras que hace un año sacudieron al país no se repitieron para nada. De alguna forma quedó claro que los gastos millonarios realizados en seis años corresponden, sumados, a lo que el país gasta por semana en educación y salud públicas. Claro que tanto la educación como la salud siguen calamitosas, pero no hay que mezclar las cosas. Que se siga protestando y exigiendo, pero sin poner la Copa de por medio.

Hay que recordar, por fin, que hubo un momento en que Brasil se adentró en la cancha con una belleza insuperable. Ha sido nuestra mejor presencia en el césped, superior inclusive a la de cualquier otra representación extranjera. Me refiero a la presencia fulgurante de la modelo Gisele Bündchen, al llevar la Copa que sería entregada a los alemanes.

La Copa, en fin, es de Alemania. Pero Gisele Bündchen es de Brasil. No deja de ser un hermoso consuelo. Algo es algo.