Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 9 de junio de 2013 Num: 953

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Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Para volver al
pensamiento francés
del siglo XXI

José María Espinasa

Una ciudad para
José Luis Sierra

Marco Antonio Campos

La ciudad de José Luis
Stefaan van den Bremt

Falange y sinarquismo
en Baja California

Hugo Gutiťrrez Vega

La raíz nazi del PAN
Rafael Barajas, el Fisgón

Memoria de la ignominia
Augusto Isla

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Columnas:
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Verónica Murguía

La policía original

Como todos los lectores del diccionario, me he llevado un montón de sorpresas al descubrir los significados primeros de las palabras. Por ejemplo, la palabra “escuela”. Jamás hubiera pensado que “escuela” viene del griego skolé y pasa por el latín schola, que significa “tiempo libre”.

Si uno le pregunta al niño que tenga más cerca qué es la escuela para él, dirá cualquier cosa menos ocio. Si es astuto o ñoño, responderá que la escuela es para aprender y que sus maestros son muy buenos. Si es sincero, dirá que la escuela es aburrida y que hay niños más malos que el diablo.

En mi experiencia, la escuela fue un mal necesario, aunque amé a muchos de mis maestros. Ya el gran pedagogo Jan Comenius decía en el siglo XVIII que la escuela era más una fábrica de burros en la que imperaba el miedo, que un lugar de aprendizaje. Por eso, cuando conocí el significado original de la palabra, me quedé hecha una mensa imaginando las conversaciones de los filósofos y sus discípulos en los jardines atenienses.

Ese dato me ha servido muchísimo. Soy maestra, aunque en este momento no doy clases. Como todos los maestros tengo armas secretas que me sacan de atolladeros. Esa etimología es una de ellas. Ocasionalmente (y con independencia del tema) los alumnos no participaban y, mudos, nomás me miraban. Yo podía caminar entre ellos y tratar de animarlos pero el sopor podía ser casi invencible (la clase era a las cinco de la tarde). Entonces les preguntaba: ¿conocen la etimología de la palabra “escuela”? Invariablemente lo ignoraban, así como lo ignoraba yo hasta la tarde de ocio (¡claro!) en la que di con la palabra en el diccionario. Entonces les explicaba: skolé, tiempo libre, pausa en el trabajo. Tiempo precioso, usado para conversar, para aprender. Casi siempre con eso bastaba para que la clase despertara. Uno de los temas obligatorios era el misterio de cómo la conversación había devenido en aburrido encierro.

Todo esto viene a cuento porque últimamente he sido testigo de varios actos de violencia que me han traído a la cabeza la sorprendente etimología de la palabra “policía”. Por fortuna, en estos actos que he visto la amenaza se ha detenido o disipado, pero me han entristecido.

Vi un pleito en el que dos hombres golpeaban a otro con una varilla. El golpeado, al que le sangraban los brazos, no pedía auxilio, sólo trataba de cubrirse la cabeza. Varios automovilistas nos detuvimos, tocamos el claxon, gritamos que llamaríamos a la patrulla. La golpiza cesó y los tres corrieron ¡en la misma dirección! Los tres…

He atestiguado pleitos de coche a coche, una pistola mostrada por una ventanilla; a un hombre pitándole a un anciano que cruzaba la calle; a un pesero chocar con tres coches estacionados y a los pasajeros bajar indignados e insultar al chofer (con razón).

Percibo una desilusión general y una sensación de horror por venir. Es tarde, el horror ya llegó y se instaló entre nosotros. Echado a los pies de los políticos, los narcos y los corruptos de toda laya, no quiere largarse. Atraillado por  sus dueños, les lame los zapatos. De cuando en cuando, alguno de sus amos se descuida y el horror les arranca un pedazo a mordidas. Entonces lloriquean como hizo Andrés Granier.

Y un día, mirando consternada cómo una pareja se abofeteaba en público y al policía que, entre burlón y preocupado, miraba desde la patrulla, recordé el origen de la palabra. Policía, del griego, era “el derecho de ciudadanía, relación de los ciudadanos con el Estado”.

Cuando la palabra se acuñó, cuenta Aristóteles, los policías se elegían por sorteo. No era la de Atenas una sociedad de soplones, era una convivencia de iguales –si olvidamos, ay, el pequeño detalle de la esclavitud– en el que la mirada reprobatoria de los demás era una sanción efectiva.

Por eso la policía original, el hombre que levantó la mano para silenciar al que tocaba el claxon y ayudó a cruzar al anciano; el patrullero que finalmente se bajó y sugirió a la pareja que arreglara sus diferencias de otra forma y en privado; la mujer que pide “vámonos” al que insulta por la ventanilla, son más necesarios que nunca. Depende de nosotros hacer que la convivencia en esta ciudad conserve su humanidad.

Las armas, la corrupción, la mentira y el robo son de ellos. Que a nosotros nos quede, por lo menos, la certeza de no ser unas bestias y la íntima satisfacción de tratar de conducirnos como ciudadanos atenienses.