Opinión
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Mar de Historias

Galo y Mercedes

E

l golpe de la puerta al cerrarse a mi espalda era idéntico al que había escuchado durante todo el tiempo que estuve trabajando en el asilo. Margarita iba delante de mí quejándose del administrador y de las galopinas en los mismos términos con que lo hizo la tarde en que, dos años atrás, dejé mi empleo en el asilo. Me tranquilizó que todo siguiera igual.

El día de mi despedida hubo en la dirección una pequeña ceremonia con todo el personal. La administradora me entregó un diploma y dijo que las puertas estarían abiertas para el momento en que yo quisiera retomar mi puesto. Se lo agradecí, aunque yo había cancelado de antemano esa posibilidad.

En la sala de visitas me esperaban todos, excepto Mercedes, porque tenía mareos. En medio de las conversaciones hubo aplausos, lágrimas, recuerdos, canciones, bocadillos. El adiós fue difícil para todos. Al término de la reunión llevaba un ramo de flores, medio pastel sobrante de la fiesta y los regalos hechos por los viejos. Cada uno representaba la lucha feroz contra la artritis y las cataratas. Galo me entregó una muñeca de trapo que Mercedes me había hecho.

Los ancianos salieron a despedirme hasta la puerta. Al estrechar mi mano, Galo me dijo: venga a visitarnos antes de que se olvide de nosotros. Esa palabra, nosotros, se refería concretamente a él y a Mercedes, la asilada de más reciente ingreso y su única amiga.

Su aparición en el asilo fue todo un acontecimiento y causa de muchos comentarios. Mercedes había llegado sola y con ropa que en otro tiempo debió ser muy elegante; sin embargo, sus posesiones consistían en una maleta y una petaquilla con chapa dorada. Por Celia, la afanadora, pronto supimos que Mercedes no permitía que nadie se acercara a ese objeto.

Hubo especulaciones al respecto. Unos opinaban que la petaquilla de seguro contenía joyas, otros que tal vez una fortuna o documentos valiosos. Me alegró escuchar esos rumores. Los asilados al fin tenían un nuevo tema de conversación ajeno a medicinas, enfermedades, decepciones, pérdidas o viejas rencillas.

II

El día de mi salida, conforme me alejaba del asilo, comprendí hasta qué punto había llegado a encariñarme con aquellos viejos, en especial con Galo. Después de tantos años de convivencia, eran ya parte de mi familia; sin embargo, había llegado el momento de alejarme de su mundo para hacer mi vida.

Tenía razones para suponer que todo iba a salir bien en mi nueva etapa. Ya estaba contratada como recepcionista en una torre de médicos. El sueldo era el mismo que recibía en el asilo, pero el horario mucho más cómodo. A partir de las siete de la noche podría regresar al departamentito alquilado en un edificio recién construido, sin salitre ni cuarteaduras, adonde no habría ni la remota posibilidad de que alguien llegara a deshoras, como acostumbraban hacer los ancianos.

Muchas veces tocaban a mi puerta de madrugada para pedirme un consejo o una medicina. En realidad sólo querían que los oyera. En medio del insomnio sus nostalgias se acentuaban, sus temores a la enfermedad y la muerte se les volvían insufribles. ¿Cómo no iba a escucharlos?

III

Desde luego extrañaba a mis amigos. Con frecuencia llamaba al asilo para tener noticias suyas. La encargada de ponerme al tanto era Rosina, la secretaria. Por ella supe que los rumores acerca del tesoro en la petaquilla habían pasado a segundo término. Los ancianos sólo hablaban, con algo de malicia y mucha envidia, de la estrecha relación entre Mercedes, siempre delicada de salud, y Galo.

Al fin un domingo me decidí a pasar la tarde con ellos. Margarita me recibió con un leve reproche: Pensé que te habías olvidado de nosotros. Ya me imagino lo contentos que se pondrán todos cuando sepan que estás aquí. Antes de que te vean voy a secuestrarte un ratito. De otro modo no podremos conversar.

Margarita había heredado mi puesto y también la casita independiente en donde yo había vivido durante 15 años. Cuando nos instalamos en la sala me entró un absurdo arranque de celos porque noté cambiada la disposición de los muebles y una horrible alfombra cubriendo las duelas del piso. De mis plantas no quedaba ni la sombra.

Margarita me acribilló a preguntas, como si temiera las mías. En unos cuantos minutos la puse al tanto de mi vida. Le pregunté por las novedades y su cara se descompuso. Temí que Galo hubiera muerto. No, pero de seguir como está no dudes que un día de estos se nos vaya. Quedó muy afectado por el fallecimiento de Mercedes. La recriminé por no habérmelo dicho. Se disculpó: pensaba que Rosina me tenía bien informada.

Me pareció que en sus condiciones Galo necesitaba atención sicológica. Nosotros también lo creemos, pero él no ha querido entrevistarse con el médico. Además no duerme, interrumpió su terapia de ejercicios, se niega a comer y no cruza palabra con nadie. Se pasa todo el tiempo en su cuarto junto a la petaquilla que le heredó Mercedes. Recordé los rumores acerca del tesoro: ¿Qué encontró allí? No lo sé. Por la actitud de Galo, debe de ser algo muy importante. ¿Por qué no se lo preguntas? Él te estima mucho y confía en ti.

IV

El cuarto olía a humedad y estaba en penumbra. Aun así pude distinguir a Galo sentado en el sillón junto a la ventana. No respondió a mi saludo ni me convidó a entrar, pero seguí adelante. Ya lo supe. Créame que lo siento mucho. Traté poco a Mercedes, pero llegué a apreciarla. Si no vine antes fue porque hasta hoy me enteré de su muerte.

Galo jaló la cuerda con que encendía la luz. El foco desnudo se balaceó como un péndulo. El juego luminoso era inquietante. Soy yo. ¡No me diga que tan pronto se olvidó de mí! Estaba pensando, respondió molesto por la interrupción. Tenía que actuar rápido antes de que él se replegara en el silencio: ¿En qué? ¿Puedo saberlo?

Tardó mucho en responderme: lo mejor que me sucedió en la vida fue conocer a Mercedes. Lástima que haya sido tarde, cuando ya no teníamos tiempo para emprender juntos algo nuevo. Vivíamos de hora en hora, caminábamos a pasos cortos para que nos rindiera un poco más el futuro. Mercedes decía que en eso nos comportábamos como niños que le dan mordiditas a un dulce para que no se les acabe tan pronto.

Soltó una carcajada, pero enseguida la alegría que le provocó ese recuerdo se transformó en llanto. Iba a consolarlo. Él me lo impidió: Por favor, ¡déjeme hablar! No, no, perdóneme. Es que me siento tan desesperado. ¿Me entiende? Asentí con la cabeza.

Galo se volvió hacia la ventana desde donde podía mirar la habitación de Mercedes, al otro lado del sendero: la noche de mi cumpleaños ella tenía algo de fiebre. Conseguí permiso para que cenáramos en su cuarto. A escondidas, Eusebio salió a comprarme un pastelito y media botella de vino. A la hora del brindis, Mercedes me pidió que sacara la petaquilla escondida bajo su cama. Deseaba regalármela. En broma, le dije: Así que voy a ser rico. ¡Qué bien! Riendo, ella me advirtió que no me hiciera ilusiones. En la petaquilla sólo iba a encontrar cientos de hojas en las que durante muchos años había escrito la historia de su vida.

El acento de Galo reflejaba la intensidad de aquel momento: “me dijo que jamás había releído aquellas páginas ni recordaba bien su relato. Tal vez carecieran de importancia, pero era lo único que podía obsequiarme. Lo único… ¡Pero si me regaló la vida que no compartimos!”

Un nuevo acceso de llanto lo interrumpió. Al fin sereno continuó: me llevé la petaquilla a mi cuarto. A punto de abrirla tuve una idea: dejar la lectura para cuando Mercedes y yo pudiéramos hacerla juntos. Sería como retroceder en el tiempo. Tempranito fui a su cuarto para decírselo. No me escuchó: estaba muerta.

Hizo una pausa larga antes de seguir: en medio de mi desesperación encontré un consuelo: leer las páginas escritas por ella. Al regresar del panteón fui a mi cuarto y abrí la petaquilla. Los papeles estaban allí, pero arriscados, carcomidos, ilegibles, tan muertos como Mercedes.