Número 139 | Jueves 7 de febrero de 2008
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La sagrada familia nuclear

Por Fernando M. González *

La Iglesia Católica no deja de ofrecer cotidianamente ejemplos de las contradicciones entre algunos de los puntos doctrinales que proclama y las conductas de algunos de sus miembros, tanto en los terrenos económico y político, como en el sexual. Más aún, en su propia doctrina se pueden detectar elementos que desafían la inteligencia e invitan a suspender cualquier pensamiento crítico.

Uno de estos casos tiene que ver con la versión más extendida de la Sagrada Familia —el antecedente ideológico de lo que en términos modernos conocemos como “familia nuclear burguesa”.

En el relato de la concepción del dios-hombre de los cristianos se encuentran resumidos una serie de elementos dignos de consideración y —por extraño que parezca— con efectos actuales en las políticas de salud pública, así como en los valores de los creyentes católicos de algunas partes del mundo occidental, incluyendo a México.

En las narraciones evangélicas de Mateo y Lucas —que no coinciden punto por punto— se puede encontrar una secuencia que va de la anunciación del ángel Gabriel a María de su futuro embarazo sin contacto carnal —provocado por el Espíritu Santo—, hasta el nacimiento de Jesús.

Ante la perplejidad de María, quien no entiende cómo será posible su preñez —dice “no conozco varón” (San Lucas, I. 34)—, el ángel anunciante le responde:

[…] el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será santo […] Dijo María: “he aquí la esclava del Señor”. (San Lucas, I. 35 y 38). El relato de San Mateo complementa algunos efectos del asentimiento de María como “la esclava del Señor”, introduciendo a un tercer personaje: José, el prometido de María. “María había sido desposada por José y, antes de que empezaran a estar juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su esposo José —como era justo, no quería ponerla en evidencia— resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños, y le dijo: “José, no temas tomar contigo a María, tu esposa, porque lo concebido por ella viene del Espíritu Santo” (San Mateo, I. 18 a 20).

La Familia esteril

El modelo de familia que ofrece la Iglesia Católica es paradójico si analizamos criticamente el relato: María tiene relaciones sexuales prematrimoniales con otro varón diferente a su prometido; personaje al que se subordina sin ninguna resistencia, al grado de declararse su “esclava”. Con ello, María ofrece generosamente su matriz al huésped que no se propuso engendrar (situación que puede sonar muy moderna si se piensa en algunas técnicas de reproducción asistida). Asimismo, el desconocimiento de María del momento de su fecundación promueve una espiritualización de las relaciones sexuales y un rechazo a cualquier placer asociado al coito.

En el caso de José, la Iglesia promueve a un marido que perdona la infidelidad de su mujer para librarla de la acusación de adulterio, bajo la influencia del mismo ángel que ha anunciado su preñez a María. Como culminación, el hijo así engendrado no tiene ningún interés en reproducirse.

La Sagrada Familia, en resumen, consta de cuatro miembros, uno de los cuales —el Invisible— se hace presente por intermedio de su ángel anunciador y de su capacidad para preñar a la mujer elegida, María, virgen, esposa, adúltera y madre de un hijo célibe y casto con el que termina el linaje familiar —salvo en el caso de que José y María, una vez cumplida su función de peones del plan celestial, se atrevieran a engendrar sin interpósito tercero a sus propios hijos.

El mito se transforma en un modelo poco operativo en la realidad. Los futuros esposos cristianos que no pudieran, por el elemental deseo de reproducirse, seguir el camino tan complicado quedarían imposibilitados para cumplir al pie de la letra el canon. En esa incapacidad fáctica se condensan temas tan actuales como el adulterio, el divorcio, las relaciones prematrimoniales e, incluso, el aborto (supóngase, por ejemplo, que la supuesta intervención del Espíritu Santo fuera más bien una violación, eufemizada por el relato evangélico).

El hecho de que María y José se hayan plegado a tener a un hijo no planeado, introduce un problema teológico más, a saber: la Inmaculada Concepción de María. Dogma que servirá para justificar que al feto divino no le hayan transmitido el “pecado original”, esa “funesta denigración de la sexualidad”, como sostiene el teólogo Hans Küng.

Bastaría remitirse al texto paulino —el más próximo a la vida de Jesús—, el cual afirma que Jesús “nació del linaje de David, según la carne” (Romanos I, 3) para que otra concepción se abra camino, minoritaria hasta la fecha. “¿Qué mérito —se pregunta Jacques Duquesne— habría tenido la joven mujer de Nazareth al aceptar tener al infante de Dios, si ella ya había sido elegida?

A María se le anuncia lo que se decidió sin su autorización y se alaba su sometimiento. Es nítido cómo en este tipo de relato evangélico se convierte en virtud la pasividad femenina ante la intervención externa, así como el sometimiento de la pareja frente a los dictados del poder celestial.

Modelo inoperante

¿Por qué la Iglesia Católica se empeña en exaltar a rajatabla el modelo de familia nuclear burguesa? Sería comprensible si su configuración conjurara los problemas más complicados derivados de las relaciones de pareja y el engendramiento de infantes. El Papa Benedicto XVI acaba de reforzar este modelo —el 1º de enero de 2008— al describirlo como la “principal agencia de paz”. Sorprende tanta ingenuidad de mensaje en una institución que puede ser también una máquina de guerra y dolor.

La familia única decretada como “modelo de paz” tiene el inconveniente de devaluar cualquier otra posibilidad de arreglo de convivencia. Incluso aquellas relaciones familiares alternativas que son el producto de los conflictos que se engendran en el seno de la única autorizada son consideradas atentatorias del lazo social.

Se trata de un modelo despiadado que no está preparado para soportar que algo no marche por sus cauces. Que sólo acepta la heterosexualidad y, por consecuencia, no encuentra donde colocar a los homosexuales, a quienes sólo pueden ofrecerles abstinencia: “Los aceptamos, e incluso oramos por ustedes, pero por favor no actúen su sexualidad. Y, de preferencia, manténgase fuera de la vista”. Se les exige castidad y celibato —al igual que la vida decretada para los consagrados, sacerdotes y monjas, “que deben seguir el ejemplo de Jesús”— pero sin ningún privilegio a cambio.

Los dos modelos articulados —el de los célibes y castos y el de la familia nuclear, con la tela de fondo de la Sagrada Familia— promueven un tipo de violencia y de hipocresía que sólo acepta el compromiso para siempre sin considerar el precio ni la violencia que se genera en los que ya no se aman o pierden el sentido de su vocación sacerdotal.

A todo esto se le añade una biopolítica eclesiástica que, sostenida en su modelo de familia, se despliega sobre varios campos. Uno de los más graves es el que postula la vida a cualquier precio —como un deber y no como derecho—, con lo que elimina cualquier posibilidad de quitarse la vida en condiciones insostenibles (eutanasia) o de aceptar la despenalización del aborto; el extremo más absurdo se presenta en las condenas al condón y a su uso para evitar infecciones de transmisión sexual.

Homenaje a la muerte que con tal de controlar el placer sexual fuera del matrimonio atenta contra la salud de la población, y que contradice —de manera flagrante— su postulado de la vida a cualquier precio y desde el primer instante de la concepción. Otro caso muy explícito de homenaje a la muerte —esta vez psíquica—, es la resistencia de la jerarquía eclesiástica a enfrentar con elemental honestidad los casos de sus sacerdotes y monjas pederastas.

No está de más analizar como parte de la biopolítica eclesial a la iniciativa de Ley de Familia lanzada por la bancada del Partido Acción Nacional en el Congreso de Nuevo León el 22 de diciembre de 2007. Su argumentación se apoya sustancialmente en la Carta de los Derechos de la Familia firmada por Juan Pablo II el 22 de octubre de 1983.

Si los miembros de Acción Nacional y la jerarquía eclesiástica tuvieran un mínimo sentido crítico tendrían más cuidado de discutir asuntos públicos con argumentos religiosos. Al igual que en la gran cruzada promovida desde Roma para postular una moratoria en las leyes que postulan la despenalización del aborto. Tanto el clero como los sectores conservadores que abrazan sus causas están atrapados en sus puntos ciegos, no se dan cuenta que el piso en el que pretenden sostener sus argumentaciones está seriamente agrietado.

1 Entrevista de Claire Chartier a Jacques Duquesne, “L’eglise a joué Marie comme un produit d’appel”, L’Éxpress Internacional, núm. 2771, 9-15 de agosto, 2004, pág. 40.

* Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Es autor de Marcial Maciel. Los Legionarios de Cristo: testimonio y documentos inéditos (Tusquets, 2006)