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México D.F. Viernes 19 de septiembre de 2003

El presidente Bush, evacuado hacia Campo David antes de la llegada del huracán

Washington cierra otra vez, pero no por culpa de Bin Laden sino por Isabel

Luego del paso del meteoro, se regresa a la normalidad y a la preocupación por Al Qaeda

JIM CASON Y DAVID BROOKS CORRESPONSALES

Washington, 18 de septiembre. Dos años después de que aeropiratas suicidas integrantes de una red llamada Al Qaeda paralizaron esta capital y la costa este del país, otra fuerza llamada Isabel provocó la movilización de la Guardia Nacional, la suspensión de todos los servicios de trenes y autobuses, el cierre de las oficinas del gobierno federal y la evacuación del presidente de Estados Unidos.

Además, fueron suspendidos los sobrevuelos de vigilancia de los helicópteros Blackhawk, los aviones caza F-16 fueron retirados y hasta los misiles en las baterías móviles que defienden a la capital federal y al Pentágono, instalados después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, no po-dían enfrentar al huracán Isabel, que se es-trelló esta mañana contra los estados de Ca-rolina del Norte y Virginia.

La tormenta generó olas de casi dos metros en el río Potomac, y vientos de hasta 112 kilómetros por hora que derribaron varios árboles y motivaron el cierre de algunos puentes.

Los efectos más fuertes del huracán, "categoría dos" se sintieron en las costas de Carolina del Norte y Virginia, donde más de un millón de personas sufrieron la interrupción del servicio eléctrico y se les ordenó a unas 300 mil evacuar sus hogares.

Los gobernadores de las dos entidades de-clararon el estado de emergencia. El titularpjr03-090320-pih de Maryland movilizó a la Guardia Nacional, pero debió pedir tropas prestadas de otras entidades federales, ya que las suyas están en Irak.

Aun en la capital del superpoder se suspendió el servicio del Metro y de los autobuses urbanos a las 11 de la mañana, mientras que la Guardia Nacional movilizó a varios miles de sus filas y la policía abrió un centro de comando de emergencia.

El presidente George W. Bush abandonó la Casa Blanca y se fugó al retiro de Campo David, en Maryland; la mayoría de los le-gisladores federales, ante la llegada del meteoro, también dejó Washington.

Las autoridades locales ofrecieron costales de arena gratuitos a los residentes para defender sus hogares, y también los instaron a comprar agua, alimentos y velas, y permanecer en casa. Las escuelas cerraron junto con otras dependencias municipales.

Durante la semana anterior la amenaza de Al Qaeda ha sido sustituida por la de Isabel en todos los medios nacionales. Las cadenas de televisión enviaron unidades especializadas para cubrir las fuerzas de la naturaleza, y toda la tecnología imaginable -fo-tografías de satélite, radares, programas de computación- ha sido empleada para registrar cada cambio de humor del huracán.

Al final de la jornada se notaba cierta desilusión porque el fenómeno no cumplió con su potencial y, por tanto, no fue la nota que algunos habrían deseado.

Inspirados por sus valientes contrapartes de la televisión que sufrían frente a las cámaras en las costas para enviar voz e imagen de Isabel desde Estados Unidos al planeta, estos reporteros se atrevieron a caminar por las calles para poder cumplir con su responsabilidad de informar de primera mano a los lectores.

Empapados, vieron al cielo y confirmaron que llovía. También atestiguaron que no era una brisa tropical, sino vientos que soplaban, a veces, muy fuerte.

En Nueva York todos suspiraron al ser informados, después de una semana de tensión, que la ciudad probablemente quedaría fuera del paso del huracán.

Hace un par de días el alcalde Michael Bloomberg alertó a la población a prepararse comprando agua embotellada, pilas, ve-las y un poco más de alimento.

Mientras tanto, los surfistas gozaron de las mareas en la costa neoyorquina, y en el norte, en Richmond, murió un hombre cuyo vehículo patinó, informó el Departamento de Manejo de Emergencias de Virginia, al dar cuenta de la primera víctima de Isabel.

Pero al final del día Washington y Nueva York estaban igual que antes: el huracán les perdonó la vida; ahora todos están a la espera del regreso de los líderes del último superpoder a Washington.

O sea, hay luz verde para regresar a la normalidad y continuar preocupándose por esa otra fuerza, Al Qaeda, y más amenazas.

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