Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 20 de abril de 2003
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Cultura

Carlos Bonfil

Mujer fatal

Hay que advertirlo de entrada, antes de cualquier sinopsis, antes de vender la trama, antes de cualquier juicio negativo: Mujer fatal (Femme fatale), de Brian de Palma, bien pudiera ser una broma enorme, un elogio del absurdo, una parodia del cine de suspenso y de la filmografía misma del realizador de Vestida para matar. Su primera secuencia opone dos versiones de la mujer fatal: en una pantalla de televisión, el rostro de Barbara Stanwick en Pacto de Sangre (Double indemnity, Wilder, 1944), y frente al aparato, una joven desnuda, Laura Ash (Rebecca Romijn-Stamos), en espera de un trabajo inminente como ladrona de joyas. Lo que sigue es un atractivo ejercicio de estilo, a la manera de los primeros 20 minutos de Ojos de serpiente: un largo prólogo, con poco diálogo e incesantes movimientos de cámara, detalla el robo de un pectoral con gargantilla, todo cubierto de diamantes, durante la ceremonia inaugural del festival de Cannes. Una seducción lésbica en los sanitarios del palacio de la Croisette, con fondo del Bolero de Ravel, y arreglos de Ryuchi Sakamoto, acompaña la coreografía del robo ultrasofisticado, la proyección interrumpida de Este-Oeste, de Régis Wargnier, el ritual de glamour Paris-Match con starlettes y paparazzi, y la temeraria traición de Laura Ash, la joven que burla a la mafia, y que luego se ve obligada a adoptar una identidad nueva y a iniciar una vida muy distinta como esposa del embajador de Estados Unidos en Francia (Peter Coyote).

El prólogo delirante da pauta a despropósitos mayores a lo largo de la cinta, a subtítulos para diálogos que los personajes no pronuncian o a indicaciones temporales fantasiosas ("siete años después", a partir del año 2001), que De Palma dispone como guiños humorísticos o pistas falsas en la construcción de una historia basada totalmente en el engaño. Laura Ash es la gran simuladora, como Linda Fiorentino en La última seducción, de John Dahl, aunque con menor calibre; Nicolás Bardo (Antonio Banderas), el fotoperiodista entrampado, es primero pieza clave de la intriga, luego una triste figura de latin lover escarmentado. Las actuaciones tienen registros muy bajos de credibilidad y atractivo, los personajes semejan caricaturas del género policiaco, y los lugares en que transcurre la cinta -básicamente un París puramente ornamental (no la ciudad que con maestría retrata Polanski en El inquilino o en Búsqueda frenética)- acusan facilidad escenográfica, superficialidad y acartonamiento. Los diálogos, un repertorio de clichés y banalidades, son indignos de un director que antes ha sido un notable fabulador hitchcockiano, e incluso la vuelta de tuerca narrativa del desenlace parece una tomadura de pelo.

Mujer fatal refrenda, al mismo tiempo, las virtudes de Brian de Palma para organizar secuencias de acción realmente atractivas, como la exploración, durante la escena del robo, que hace una pequeña cámara móvil, momentáneamente obstruida por las travesuras de un gato, o la confusión que genera una falla de electricidad en el momento adecuado, o la repetición de un accidente automovilístico con una lectura y una conclusión distinta en cada episodio, dominado todo por consideraciones peregrinas sobre el azar y la predestinación. La pista sonora de Sakamoto es, por lo demás, todo un acierto. ƑCómo explicarse que tanto talento artístico no salve a la cinta del marasmo absoluto? Habrá que suponer, tal vez, que la paradójica combinación de talento visual y caos narrativo, de virtuosismo técnico y estética kitsch, de actuaciones francamente malas y personajes mal diseñados, son, como algunos defensores de la cinta lo pretenden, algo deliberadamente provocador, una extravagancia de autor o una elaboración humorística. Pero esto sólo traduce suposiciones muy benévolas. Lo que queda en la pantalla, y en el ánimo de muchos espectadores (sin prevenciones parecidas), es un producto muy fallido, merecedor del cartel que lo promociona, y que poco tiene que añadir a la notable filmografía de Brian de Palma, un cineasta a menudo desconcertante.

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