Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 20 de abril de 2003
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Mundo
Howard Zinn*

Un patriotismo más afable y gentil

En algún punto, pronto, Estados Unidos declarará su victoria militar sobre Irak. Como patriota no lo celebraré. Guardaré luto por los muertos -por los soldados estadunidenses y por los ciudadanos iraquíes, que serán muchos, muchos más-; mi luto será por los niños que no perecerán, pero quedarán ciegos, tullidos, desfigurados o traumatizados, como los menores bombardeados en Afganistán, quienes, según informaron visitantes estadunidenses, perdieron el habla.

Tendremos las cifras precisas de los muertos estadunidenses, pero no las de los iraquíes. Recordemos que Colin Powell, después de la anterior guerra del Golfo, informó que el número de bajas nuestras era "pequeño", y cuando le preguntaron por los iraquíes caídos, replicó: "Ese no es un asunto que me interese terriblemente".

Como patriota, que contempla los soldados muertos, ¿podré consolarme pensando que "murieron por su país"? Me estaría mintiendo. Quienes perecieron en esta guerra no murieron por su país, sino por su gobierno.

La distinción entre morir por el país o por el gobierno es crucial para entender lo que considero la definición de patriotismo en una democracia. Según la Declaración de Independencia -documento fundamental de la democracia- los gobiernos son creaciones artificiales, establecidas por el pueblo, "que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados", y a los que los ciudadanos encargan asegurar el derecho igualitario a "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Es más, como dice la declaratoria, "cuando cualquier forma de gobierno se torna destructiva de estos fines, es derecho del pueblo alterarla o abolirla".

Cuando un gobierno desperdicia sin miramientos las vidas de sus jóvenes por los crasos motivos de la ganancia y el poder, alegando siempre que sus intenciones son puras y morales (la invasión de Panamá fue la Operación causa justa y la guerra actual es la Operación libertad iraquí), viola su compromiso con la nación. Lo primordial es el país (el pueblo, los ideales de sacralidad de la vida humana y la promoción de la libertad). La guerra es casi siempre -uno puede hallar raros casos de auténtica defensa propia- un rompimiento del compromiso. No nos permite la búsqueda de la felicidad, sino que nos acarrea desesperación y sufrimientos.

Mark Twain, declarado "traidor" por criticar la invasión estadunidense a Filipinas, ridiculizó lo que nombraba "patriotismo monárquico". Dijo: "El evangelio del patriotismo monárquico es: 'El rey no puede hacer mal'. Lo hemos adoptado en todo su servilismo, sin cambiarle nada importante cuando decimos: 'Con nuestro país, ¡haga bien o mal!' Hemos tirado el bien más preciado que teníamos: el derecho individual a oponernos al país o a la bandera cuando consideramos que se equivocan. Lo hemos tirado; y con este bien tiramos todo lo realmente respetable de esa grotesca e irrisoria palabra, Patriotismo".

Si el patriotismo, en su mejor sentido, no en el sentido monárquico, es la lealtad a los principios de la democracia, entonces ¿quién es un verdadero patriota: Teodoro Roosevelt, que aplaudió la masacre de 600 hombres, mujeres y niños filipinos a manos de soldados estadunidenses en una isla remota, o Mark Twain, quien la denunció?

Con el triunfo en la guerra de Irak, ¿nos deleitaremos en nuestro poder militar y, a contrapelo de la historia de los imperios modernos, insistiremos en que el imperio estadunidense es benéfico?

Nuestra propia historia muestra un panorama algo diferente. Comienza con algo que en las clases del bachillerato se le llamó "expansión hacia el Oeste" -eufemismo para referirse a la aniquilación o la expulsión de los pueblos indios que habitaban el continente-, en nombre del "progreso" y la "civilización". Continúa con la expansión del poder estadunidense por el Caribe en la vuelta del siglo XX, y luego hacia las Filipinas, y después con las repetidas invasiones de Centroamérica y República Dominicana.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, Henry Luce, propietario de Time, Life y Fortune, habló del "siglo americano", en el cual este país organizaría el mundo "como mejor pensara". Por cierto, la expansión del poder de esta nación prosiguió, respaldando con mucha frecuencia dictaduras militares en Asia, Africa, América Latina y Medio Oriente, porque eran muy amistosas con las compañías y el gobierno estadunidenses.

Estos antecedentes no dan confianza alguna en su alarde de que le traerán democracia a Irak. Será doloroso reconocer que nuestros soldados en Irak no pelearon por la democracia, sino por expandir el imperio estadunidense, por la voracidad de los cárteles petroleros, por las ambiciones políticas del presidente. Y cuando retornen a casa, se hallarán con que los beneficios para los veteranos se redujeron para pagar la maquinaria bélica. Se encontrarán con un presupuesto militar que crece a expensas de la salud, la educación y los requerimientos de los niños. El presupuesto de George W. Bush propone recortar el número de desayunos escolares gratuitos.

Sugiero que los estadunidenses patriotas, a quienes les importa su nación, actúen obedeciendo una visión diferente. ¿Queremos ser temidos por nuestra potencia militar o ser respetados por nuestra dedicación a los derechos humanos? Cuando termine la guerra en Irak, si es cierto que ya termina, necesitamos preguntarnos qué clase de país será Estados Unidos. ¿Es importante que sea una superpotencia militar? ¿No es exactamente esto lo que lo hace blanco de los ataques terroristas?

¿No debemos comenzar por redefinir el patriotismo? Necesitamos expandirlo más allá del estrecho nacionalismo que ha causado tanta muerte y sufrimiento. Si decimos que las fronteras nacionales no deberían ser obstáculo para el comercio -a esto llamamos globalización-, por qué verlas como obstáculo para la compasión y la generosidad.

¿No deberíamos comenzar a considerar a todos los niños, en todas partes, como propios? Entonces, la guerra, que en nuestros tiempos es siempre un asalto a la niñez, sería inaceptable como solución a los problemas del mundo. El ingenio humano deberá buscar nuevas vías.

Tom Paine usó el término "patriota" para describir a los rebeldes que resistían el poder imperial. Agrandó la idea del patriotismo cuando dijo: "Mi país es el mundo. Mis compatriotas son la humanidad".

* Profesor emérito de la Universidad de Boston y autor de The People's History of the United States (La historia del pueblo de Estados Unidos).

Artículo publicado el 13 de abril pasado en Newsday, de Long Island, Nueva York.

© Newsday

Traducción: Ramón Vera Herrera

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