Aumentan los casos de miedo y ansiedad por el confinamiento

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Ciudad de México. El confinamiento a causa del Covid-19 llevó a Rubí Huertas a un severo cuadro clínico de depresión. No concebía la vida ni la interacción social a través de una pantalla. La crisis fue tan grave que consideró quitarse la vida. “Me dije: ‘Si el futuro va a ser este, es un asco. No quiero vivir así’. Y pensé que lo mejor sería terminar”.

Cuatro meses después del inicio de la cuarentena en México, cuando comienzan a relajarse las medidas de distanciamiento social y es posible salir a las calles respetando las medidas de seguridad, en la  mente de esta científica social de 39 años se acumulan nuevas angustias: los peligros de estar en la calle y el riesgo a contagiarse.

Se refugia en su casa, desde donde ve el correr de los días. Le aterra salir. Lo hace sólo dos veces al día, de 15 minutos cada una, para pasear a su perra. Cuando está en el exterior usa cubrebocas, careta y gel antibacterial. Evita cualquier acercamiento con la gente, si alguien camina sobre la misma acera, se atraviesa. Al regresar a casa, toda su ropa, hasta la interior, va directo a la lavadora; pese a que desinfecta su calzado, éste se queda fuera del departamento; baña a su mascota en aerosol, en particular sus patas; y hasta procura ducharse. Al concluir ese ritual, de nuevo se enclaustra, a la espera del paso del tiempo.

Rubí, investigadora y profesora universitaria, sabe que la aqueja el síndrome o fiebre de la cabaña: la sensación de miedo, angustia y rechazo a la idea de salir a la calle tras un largo periodo de aislamiento.

Sus pasiones se han convertido en un miedo. Ya no va al cine o a conciertos, no pasa horas en la biblioteca ni pretende dar clases presenciales, dejó de ir a nadar, evita ir a la oficina donde pasaba horas escribiendo los resultados de sus investigaciones y aunque tiene una convicción social muy arraigada, no se ve por el momento en medio de una manifestación o marcha. La atormenta que en cualquiera de estos espacios pueda hallar al virus.

“Es algo irracional. Sé que como una persona de ciencia debería racionalizarlo, pero es imposible. Tengo terror a socializar. No he ido, y no pienso hacerlo, a espacios como un centro comercial, una librería o un supermercado. Menos pretendo subirme al Metro, al Metrobús o a un Uber. Sólo salgo por cosas estrictamente necesarias: a comprar comida con las marchantas de mi unidad y a pasear a mi perra. Afuera siento que si toco algo o me acerco micho a alguien me voy a infectar”, cuenta.

Erika Villavicencio, académica de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), detalla que el síndrome de la cabaña se expresa de diversas maneras entre quienes lo sufren e impacta los ámbitos emocional, cognitivo e inclusive fisiológico. Hay taquicardia, ansiedad, sudoración, depresión o algún otro trastorno mental y hasta inmovilidad.

“Una de las sensaciones del ser humano es el miedo. Es una reacción para sobrevivir, te prepara para cualquier situación peligrosa. En este caso (del Covid-19), el peligro es un virus imperceptible y muchos pueden sentirse expuestos ante un enemigo invisible, provocando angustia e incertidumbre. El encierro nos puede llevar a pesar que la casa es el espacio más seguro y que es ahí donde estamos a salvo”, afirma la especialista.

La fiebre de la cabaña no es considerada como una enfermedad mental por la Organización Mundial de la Salud. Aparece cuando se conjugan varios síntomas relacionados con el espectro ansioso. Es muy común en gente que ha pasado confinada en un espacio por mucho tiempo, como trabajadores de plataformas petroleras o de alguna embarcación.

A raíz de las medidas de confinamiento obligado en prácticamente todo el mundo como medida para reducir la propagación del virus, se estima que una cuarta parte de la población que se quedó en casa durante la cuarentena (que ha sido variable en cada país) pueda verse afectada por este síndrome.

Para millones de personas el confinamiento ha sido duro,. No fue fácil adaptarse a la idea de vivir encerrado. Al paso de las semanas, muchos se han acostumbrado a esa nueva circunstancia y la idea de estar fuera de casa genera gran ansiedad debido a que el virus sigue ahí, en muchas regiones aún con altos índices de contagio y letalidad y en otras con preocupantes repuntes. Paradójicamente, se teme a lo que se anhelaba: salir, socializar, juntarse con los amigos en algún bar, ir a correr o a dar una caminata.

Villavicencio destaca que son diversos los factores que pueden generar este síndrome. Pero se puede dar sobre todo entre quienes han tenido una experiencia traumática ligada al coronavirus o conocieron a alguien infectado o que murió a causa de la enfermedad; entre quienes buscan impulsivamente noticias sobre la pandemia, los tratamientos y las vacunas; o en quienes se dejan llevar por información falsa en torno al Covid-19.

“No hay una forma de generalizar y pueden caber muchos factores. Habría que saber si la persona tiene conocimiento adecuado de su propia personalidad y de su inteligencia emocional para detectar si eso que siente es miedo o no. Es muy importante el autoconocimiento y por ende el autocontrol, pues esto nos lleva a la aceptación y a partir de ahí se puede comenzar a tratar”, apunta la especialista de la UNAM.

Las autoridades sanitarias en México decretaron la entrada a la llamada “nueva normalidad” el 1 de junio pasado. Los espacios públicos se han ido abriendo y poco a poco la gente ha tenido que adaptarse a esta nueva forma de socialización. Pero para muchos, como Rubí, dar ese paso han sido muy complicado.

“Al principio tenía terror y ahora es sólo miedo. Estuve inmovilizada, pasé semanas en mi sillón leyendo y viendo información sobre el Covid-19. Fui víctima de la infodemia y eso me llevó a la depresión y a la ansiedad. Me aislé totalmente. Todo lo pedía por internet y teléfono, hasta la comida, y lo sigo haciendo, pero no me atrevía si quiera a salir a recibirlo. Algunos de mis alumnos eran mis vecinos y les pedía que recogieran esas cosas. Aun cuando sigo un estricto esquema de alimentación soy obesa debido a un problema de tiroides y pensaba que en cualquier momento contraería el virus y moriría. Pensé que no valía la pena vivir, pero no me quería morir de Covid-19. Me generaba pánico la idea de estar hospitalizada y conectada a un respirador”, confiesa Rubí.

Hasta hace unos días, la académica realizaba un trabajo en Oaxaca. Pero su miedo a quedar infectada en esa entidad “donde la infraestructura sanitaria es deficiente” y la búsqueda de nuevas opciones laborales la hicieron a regresar a principios de julio a la Ciudad de México.

Ahora se enfoca en una terapia a distancia para confrontar esta situación. “He venido recuperando mi mente científica y asumí que si te contagias no necesariamente te vas a morir. Dejé de leer las notas amarillistas y he racionalizado que la humanidad vivirá con el virus por muchos años”.

Acepta que la única forma para que vuelva a sentir confianza al estar en la calle y en contacto con otros será cuando “haya una cura o vacuna efectiva que evite la muerte por Covid-19. Antes no”.

Roberto Salgado describe sus sensaciones así: “Mi casa es mi espacio y ahí controlo casi todo. Es donde más seguro me siento y no pretendo dejarlo en un buen rato. No entiendo a quienes ya se atreven a salir a las calles, a sentarse de nuevo en restaurantes y bares, se suben al transporte público o se juntan en algún departamento para verse con amigos o familiares”.

Sus ahorros empiezan a mermar, pues este estilista de 44 años lleva más de cuatro meses sin trabajar. “Sé que el virus no se transmite tocando a la gente, pero mi oficio conlleva cercanía con las personas y no me quiero arriesgar. Prefiero morir de hambre que de Covid-19. Me horroriza la imagen de estar internado en un hospital conectado a un aparato porque no puedo respirar”.

Nada ni nadie ha logrado sacarlo de su departamento. En los cuatro meses de confinamiento ha salido apenas en cinco ocasiones. “Aunque las calles estuvieran solas no podría estar fuera. Siento que el virus está en todos lados y que cualquier cosa que toque podría ponerme en riesgo. Sólo me siento a gusto y seguro en casa y si tenemos que estar así toda la vida, no me importa”.

Le ve una ventaja a sus miedos. En estas semanas de pandemia ha comenzado a dar cursos en línea sobre un buen corte, para crear el peinado perfecto, delinear el maquillaje adecuado, un perfecto arreglo de las uñas o tratamientos capilares. Por el momento sus talleres virtuales tienen un costo “simbólico”. Pero confía en que poco a poco sus clientes sean mucho más y pueda generar ingresos que le permitan ya no depender de sus ahorros y, sobre todo, “salir lo menos posible”.

También ha reflexionado sobre su antiguo estilo. “El Covid-19 ha cambiado por completo mi forma de ver la vida. Hasta hace cinco meses era un hombre trivial que sólo trabajaba para pagar el gimnasio, al que iba más por vanidad que por salud; ir al antro con amigos, salir con ligues a buenos restaurantes. Todo lo que ganaba se iba en las fiestas, en buscar el mejor outfit o un buen perfume, en ir a los  lugares “más exclusivos” de la ciudad, pagar el viaje más caro, en tener el cuerpo ‘perfecto’.

“Cuatro meses han bastado para darme cuenta que era un hedonista que buscaba el placer por el placer, el gozo inmediato. Todo eso que me hacía ‘feliz’ ya no existe y ahora, que comienzan a regularizarse la cosas, me da miedo hacerlo. Eso me ha ayudado a replantear lo que quiero y la forma como deseo seguir viviendo. Seguro que tengo este síndrome del que me hablas, pero más que verlo como algo malo, siento que me ayudará a transformar mi vida”, confía Roberto.

La especialista de la Facultad de Psicología de la UNAM llama a quienes sientan miedo, estrés, ansiedad o angustia en esta crisis sanitaria, sea por el encierro o por salir de éste, identificarlo, aceptarlo y prepararse para confrontarlo. Y es que, alerta, la pandemia que viene tras el Covid-19, será la psicológica.

 

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