Ojarasca / El jaguar en tiempos de capitalismo ecocida

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El jaguar (Panthera onca) es un felino que habita en ecosistemas tropicales y subtropicales del continente americano. Su rango de distribución va desde Arizona y Nuevo México, a través de Mesoamérica hasta el norte de Argentina (Rabinowitz, 1999). En México habita por la vertiente del Atlántico desde el sur de Nuevo León y Tamaulipas hasta la península de Yucatán, y en la vertiente del Pacífico de Sonora a Chiapas (Rodríguez-Soto et al., 2011). Algunos de sus refugios más importantes en México (por el tamaño poblacional, la extensión territorial y el buen grado de conservación de su hábitat) son las regiones de la Chinantla (459,489 hectáreas) en la Sierra Madre de Oaxaca, Los Chimalapas (600 mil) en Oaxaca, Calakmul (723 mil) en Campeche, Sian Ka´an (528 mil) en la península de Yucatán, La Sepultura (167 mil 309) y El Triunfo (119 mil 117), ambas en la Sierra Madre de Chiapas, y la mítica Selva Lacandona (331 mil). Un total de 2 millones 927 mil 915 hectáreas. Esta gran ecoregión, junto con las zonas forestadas tropicales adyacentes de Belice y Guatemala, la Gran Selva Maya, es la segunda zona más importante en el continente para la conservación del jaguar y en general de la biodiversidad de los bosques tropicales, solamente superada por la gran selva amazónica.

El jaguar es una especie considerada en “Peligro de Extinción” (P) por la normatividad mexicana (NOM-059 Semarnat, 2010). De acuerdo con el Censo Nacional del Jaguar II, sobreviven unos cuatro mil 800 jaguares en estado silvestre en el territorio mexicano. Sin embargo, estos datos han sido fuertemente cuestionados por otros expertos (Faller- Menéndez, 2018). Organizaciones internacionales como la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN, 2017) evaluó a la especie como “Casi Amenazada” (NT), pues su rango de distribución es amplio en el continente americano y se estima que sus poblaciones y hábitat natural sólo han decrecido entre un 20-25 por ciento en los últimos 20 años. En 2002 se estimó que las poblaciones de jaguar en un 70 por ciento de su rango de distribución tenían una alta probabilidad de supervivencia. De acuerdo con la UICN (2018), el tamaño de población estimado a nivel global de la especie es de unos 64 mil ejemplares, de los cuales el 90 por ciento se encuentra en la Amazonía. Recientemente el jaguar fue declarado oficialmente por el congreso de Oaxaca como “Patrimonio tangible e intangible, cultural, natural y biológico del Estado de Oaxaca” (2017). El objetivo es protegerlo de la extinción, debido a la destrucción desenfrenada de los cuerpos de agua y los bosques, así como de la cacería ilegal y el conflicto con la ganadería. Organizaciones de la sociedad civil y la academia buscarán que la UNESCO también reconozca a la especie como patrimonio tangible de la humanidad.

El jaguar y las Áreas Naturales Protegidas (ANP). Existen en México 182 Áreas Naturales Protegidas de carácter federal (44 Reservas de la Biósfera, 40 Áreas de Protección de Flora y Fauna, 67 Parque Nacionales, 18 Monumentos Naturales y 8 Áreas de Protección de Recursos Naturales) que representan un total de 90,839,521.55 hectáreas (cerca del 13 por ciento del territorio nacional). Sin embargo, se estima que tan sólo un 38 por ciento del rango de distribución del jaguar en México ha sido cubierto en un total de 43 ANP federales (CONANP, 2018). En algunas ANP existe poca o ninguna información científica al respecto por carecer de un plan de manejo y de documentación precisa o sistemática del patrimonio biológico. Existen otras figuras similares a las ANP de orden estatal que en su gran mayoría carecen de planes de manejo. Las Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación (ADVC) suman 388 que cubren una superficie total de 417 mil 562 hectáreas y se distribuyen en más de 20 estados de la República (CONANP, 2017). Finalmente existen otras figuras conocidas como Áreas de Conservación Comunitarias sin certificar, pero que están bajo la protección, vigilancia y tenencia comunal de las comunidades originarias y mestizas bajo sus sistemas normativos internos.

En un reciente análisis (Armendáriz-Villegas y Ortiz-Rubio, 2015) se documentó que dentro de los polígonos de las ANP con decreto en México existe un total de mil 609 concesiones mineras, lo cual representa un riesgo inminente para la biodiversidad, los procesos ecológicos y los servicios ambientales que proveen. En adición a esto, la reciente “Ley General de Biodiversidad” es sui generis a nivel mundial al permitir de manera legal el establecimiento de concesiones mineras y explotación de hidrocarburos dentro de las ANP con Decreto en México (ver: https://www.jornada.com. mx/2017/12/16/sociedad/033n1soc). Finalmente, megaproyectos de muerte como el Tren Maya y el Transístmico (Interoceánico) ponen en evidencia que el falso modelo de progreso y desarrollo que impone el capital no se detendrá pese a todo el potencial impacto social y ambiental por su establecimiento en dos de las regiones con mayor biodiversidad del país y dos de los últimos grandes refugios del jaguar en el sureste mexicano (Istmo de Tehuantepec y Península de Yucatán). Por todo esto consideramos que ocurre actualmente en México un verdadero ecocidio. La verdadera esperanza para la conservación de la biodiversidad en México y el mundo es la efectiva inclusión e impartición de justicia social, así como el modelo de conservación comunitario ejercido de manera consciente y voluntaria por los pueblos originarios y mestizos, dueños legítimos y ancestrales de todos estos territorios y bienes naturales comunes.

En el caso de Oaxaca, las Áreas de Conservación Comunitaria (ACC) para la conservación del jaguar son zonas protegidas por iniciativa de comunidades, ejidos y pequeños propietarios de la tierra. Esto es de particular importancia por un par de razones. Primero, a pesar del relativamente alto porcentaje que cubren las ANP, la gran diversidad y heterogeneidad de especies en México causa que muchas de las especies no se encuentren incluidas dentro de estas ANP (por ejemplo el jaguar). Un análisis de vacíos y omisiones en conservación de la biodiversidad terrestre de México (CONABIO-CONANP-TNC-Pronatura-FCF-UANL, 2007, citados en Galindo-Leal, 2010) identificó que sólo 15.9 por ciento de los sitios de más alta prioridad para la conservación en el país se encuentra en alguna ANP con decreto. Segundo, entre 70 y 80 por ciento de los cuerpos de agua y los bosques son de propiedad social; es decir, los dueños son ejidos y comunidades (Galindo-Leal, op. cit.). Por ejemplo, Oaxaca, donde cerca del 80 por ciento del territorio es de orden social (comunal y ejidal) y ha permanecido una resistencia al modelo formal de conservación de la biodiversidad por las ANP.

En un reciente estudio sobre la distribución del jaguar en Oaxaca (Briones-Salas et al., 2012) se encontró que, a pesar del monitoreo y trabajo de campo, no existen registros formales dentro o cerca de algunas ANP con decreto estatal o federal en la entidad. Y que de los 31 registros puntuales de veracidad del jaguar identificados en dicho estudio, nueve se ubicaron dentro de ACC (sin certificación) por comunidades originarias y siete más (16 registros, el 51.6 por ciento del total) a menos de 15 kilómetros de distancia de las mismas. Esto resalta el valor en materia de conservación de estos esfuerzos de conservación social y comunitaria.

El jaguar es una especie paraguas (Thornton et al., 2016). Éstas son aquellas cuya conservación confiere protección a un gran número de especies simpátricas (Caro, 2003). En un estudio (Figel et al., 2018) se evaluó la efectividad del jaguar como especie paraguas para la conservación de la herpetofauna (anfibios y reptiles) endémica en Centro América Nuclear (CAN, unos 370 mil kilómetros cuadrados). Esta región contiene la mayor densidad de reptiles amenazados en el hemisferio occidental y alberga una diversidad extraordinaria de anfibios, la clase de vertebrados más amenazada del mundo. De las 304 especies endémicas (exclusivas) documentadas de la región, las distribuciones de 187 (61.5 por ciento) se sobrepusieron al área de distribución conocida del jaguar. Las distribuciones de 14 reptiles, incluyendo una nauyaca arborícola (en Peligro Crítico) y dos lagartijas abaniquillo (en Peligro de Extinción), ocurren exclusivamente dentro del rango del jaguar. Similarmente, 19 especies de anfibios, incluidas cuatro ranitas de hojarasca y dos ranas arborícolas de montaña (ambas en Peligro Crítico) están presentes exclusivamente dentro del área de distribución confirmada del gran felino. El traslape del hábitat del jaguar con el de otras especies justifica una aplicación más amplia de la estrategia paraguas.

Varias representaciones actuales de origen prehispánico rinden culto al jaguar. El también “Tigre” o “Tecuani” es considerado por muchos pueblos originarios y mestizos como un dios o un ser dual (mitad hombre, mitad animal: nahual). Este felino americano posee un valor simbólico sin igual. En la región maya es conocido como B´alam (el señor de los animales), asociado con la noche, el inframundo, el manto estelar, la fertilidad y el maíz. La cultura olmeca (cultura madre de Mesoamérica), bautizada por Piña- Chán y Covarrubias (1964) como el “Pueblo del Jaguar”, en su mito fundacional retoma a la figura del felino como padre que dio origen, al cruzarse con una mujer, a los primeros habitantes mesoamericanos de donde descienden los actuales pueblos originarios mesoamericanos.

Varias son también las representaciones en el arte rupestre en Guerrero y Oaxaca que muestran imágenes de tiempos prehistóricos de jaguares antropomorfos. En el pueblo ayook (mixe) de Hueyapam se documentó (Winter) recientemente en la Cueva del Rey Koonk Ey la presencia de imágenes tridimensionales talladas en barro de jaguares antropomorfos copulando con mujeres. Dicho sea de paso, las cuevas son el hábitat idóneo del jaguar y simbolizan la matriz o vientre femenino, y por tanto representan la fertilidad y la vida. En estos pueblos mixes, su máxima deidad es el Rey Koonk Ey (Condoy), al cual se rinde culto en el Cerro Sagrado Zempoaltépetl. Aunque nació del huevo de una serpiente, según la tradición oral, se le relaciona directamente con la figura del jaguar. Se dice que Condoy aún habita en las cuevas de este lugar.

Conocido como Océlotl o Tecuani entre los nahuas, es símbolo de la guerra y la realeza. Una de las figuras más importantes de la cultura azteca o mexica era Tezcatlipoca (Señor del Espejo Humeante), que tenía como álter ego al jaguar Tepeyólotl (Corazón del Monte). Se dice que cuando existían los gigantes sobre la faz de la Tierra, este personaje se convirtió en jaguar para devorar y acabar con esta raza de antiguos seres mitológicos. Hasta nuestros días se rinde culto al jaguar en Guerrero, donde se llevan a cabo rituales de petición de lluvia conocidos como “La Tigrada”. En Zitlala el ritual de los Tecuanis (devoradores de hombres) se lleva a cabo para pedir por las lluvias, la fertilidad de la tierra y la obtención del sagrado maíz. En estos rituales se realizan verdaderas batallas campales en las que la ofrenda ofrecida a los dioses es la sangre; dicen que cada gota de sangre derramada se convertirá en una gota de agua de lluvia que brinde fertilidad, sustento y vida a estos pueblos. Entre los mixtecos (ñu savi) en Oaxaca, un personaje emblemático asociado al jaguar es el Señor 8 Venado Garra de Jaguar, uno de los conquistadores más importantes en la memoria del Pueblo de las Nubes. Este personaje ha sido vinculado a Quetzalcóatl por las similitudes de sus representaciones iconográficas en un par de códices. Los pueblos zapotecos, por ejemplo los asentados en Monte Albán (antes Cerro del Jaguar: Dani Baa), de igual forma veían al felino como símbolo de la realeza. Se sabe que cuando los mixtecas tomaron la ciudad de Monte Albán destruyeron un jaguar de cerámica conocido como el Jaguar de Monte Albán, símbolo de la familia real que había sido derrocada.

El jaguar está vivo y vigente en la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos. En la tradición oral y los mitos fundacionales es Señor de la tierra y de los animales, corazón del monte y una especie de guardián de la biodiversidad. Conscientes o no, los pueblos chimas (zoques), descendientes directos de los olmecas “Pueblo del Jaguar”, son desde hace unos tres mil años los guardianes de la última gran selva de México: la de Los Chimalapas (García- Aguirre, 2013), hábitat del jaguar y el refugio más importante de una gran variedad de seres vivos, la más diversa de toda Mesoamérica.

El jaguar estará presente al final de los tiempos. Según la profecía maya lacandona recitada por Chan K´ín Viejo, en el final de los tiempos, “cuando la cabeza decapitada de Pájaro Jaguar (último jerarca de Yaxchilán) regrese al torso, bajarán los jaguares del cielo y acabarán con la raza humana, para que así venga el inicio de un nuevo ciclo de la vida en la Tierra”.

Vivimos tiempos críticos en materia socio-ambiental. Enfrentamos una extinción masiva de las especies que se traduce en una pérdida constante, acelerada e irreversible de la biodiversidad. El modelo político y económico que impera en nuestros tiempos, un capitalismo salvaje, suicida y ecocida, atenta contra la sobrevivencia del jaguar y las especies asociadas, la de la especie humana y de toda la vida como actualmente la conocemos. Urge fomentar y promover acciones colectivas para restablecer la relación del ser humano con la naturaleza y con los demás seres vivos con los que compartimos la faz de la Tierra.

Retomemos las enseñanzas y prácticas ancestrales de la sabiduría tradicional de los pueblos originarios. Todavía se escuchan y leen las sabias palabras del líder espiritual lacandón Chan K´in Viejo:

“Todos los seres vivientes estamos relacionados, amarrados de la misma raíz. Cuando Hachakium hizo las estrellas, las hizo de arena y piedras y las sembró. Las raíces de cada estrella son las raíces de un árbol; cuando se cae un árbol, una estrella cae del cielo.

“Cuando Hachakium terminó de modelar a los hombres de barro —menos los dientes, que fueron hechos de maíz—, los colocó durante una noche sobre las ramas de un cedro (kuché-árbol dios), quien con su misma sangre (savia) ayudó al despertar de los lacandones. Después, al tallarse las manos, los rollos y fragmentos de arcilla cobraron vida al caer a la tierra, volviéndose serpientes, hormigas, alacranes, gusanos, zancudos, mosquitos y todo género de bichos”.

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