“Súperequipo” de protección, insuficiente si no hay prevención: Semar

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Ciudad de México. Un ala completa del Centro Médico Naval (CMN), al sur de la Ciudad de México, se encuentra aislada. Todas sus ventanas y puertas están selladas con plástico cristal transparente, fijado al piso, techo y paredes con cinta adhesiva plateada.

Para entrar a esta área se requiere usar un equipo de protección de mínimo diez piezas, que incluye guantes y botas dobles, goggles, cubrebocas N95, gorro, bata quirúrgica, y sobre todo ello un traje EPP blanco con capucha, en cuya espalda se escribe con plumón el nombre del portador, pues con todo el equipo puesto, sería imposible identificarlo de otra manera.

Y antes de salir de esa área de aislamiento, todo el personal pasa por una doble esclusa donde se despoja del equipo de protección, en una secuencia metódica, bajo la supervisión de un monitor que le llama la atención si se saltan alguno de los pasos, y les proporciona alcohol en gel, agua y jabón, para descontaminarse.

El filtro de seguridad incluye la exposición a una lámpara ultravioleta, que baña de luz azul a una figura que lleva escrito en la espalda esta vez el nombre de la enfermera Nataly Herrera Pazos.

Con 13 años se servicio en la Secretaría de Marina, la teniente de fragata, egresada de la Escuela de Enfermería Naval, tomó la decisión de enviar a sus dos hijos pequeños con su familia a Guerrero, para no ponerlos en riesgo pues siempre esta presente “el miedo a contagiarnos, porque estamos literalmente exponiéndonos en contacto directo con los pacientes.”

Todavía con cubrebocas y lentes, sin los cuales nadie puede permanecer dentro del CMN, la enfermera asegura que en comparación con el A-H1N1, de hace ya diez años, la actual pandemia es la contingencia más grave que ha tenido que afrontar el personal de sanidad naval.

 

Es reto, no solo de un reto profesional, sino también humano.

“Aquí adentro hemos tenido al papá, al hijo... el hecho de ver que una familia completa se contagia es bastante difícil”, refiere la teniente.

Otra de las enfermeras en la primera línea del combate al Covid-19, Patricia Oropeza Vargas, afirma que la empatía con sus pacientes no es un obstáculo, sino un apoyo para su labor: “el humanismo esta de por medio ante todo, porque mucha gente nos dice: no, ya no eres sensible. Muy al contrario, se es mucho más sensible ante la situación, por eso estamos aquí, al frente, con ellos, trabajando para su beneficio y para recobrar su salud.”

Coordinando a todo el equipo está, el neurofisiólogo y capitán de corbeta Mario Ulises Ávila Ordónez, quien se muestra orgulloso de su personal. Recuerda que en el sismo del pasado 23 de junio, cuando ningún médico, enfermero, o camillero, nadie se movió de su puesto ni dejó solos a los pacientes: “no hay gente que se desmotive, no hay gente que diga que no esta preparada, hay solamente gente propositiva que arriesga su vida, arriesga su salud en pro del beneficio de nuestra patria.”

Para evitar que las familias de los pacientes tengan que permanecer en el hospital a la espera de noticias, cada día les llaman por teléfono para reportarles su evolución clínica.

Al frente de esta labor, la capitán Jazmín Liévano Esquinca explica que no se trata sólo de dar información médica, sino también apoyo sicológico, cuando es preciso: “no es grato dar noticias que van a afectar a las personas, porque nosotros podemos estar en la misma situación. Somos seres humanos y tenemos muchísimos sentimientos, pero debemos salir adelante porque esta es una batalla que no ha terminado”.

Para mantener el vínculo de los pacientes con sus familias, se recurre las videollamadas mediante tabletas electrónicas destinadas ex profeso por la Semar, y que son la única vía de comunicación de los internos con el mundo exterior.

Para los enfermos, el contacto con sus seres queridos es como un medicamento, señala la teniente Oropeza: “es muy gratificante ver como el paciente se emociona al ver a su familia, como agradece, al tener el contacto visual con ellos, es muy emotivo también para nosotros, que nos solidarizamos con ellos día a día.”

En una pausa en su labor, la enfermera Herrera se acerca a una de las ventanas del hospital para tener mejor señal e intenta con su celular hacer una videollamada con sus hijos, ambos en edad preescolar, a quienes no ve en persona desde que comenzó la pandemia.

 

Después de algunos intentos lo consigue:

-¡Hola hija! ¿cómo estás?, ¿qué hacen?, ¿tu hermano dónde está?

Los niños juegan en casa de sus familiares en Guerrero.

Acostumbrados a la comunicación vía internet se acercan a la cámara, saludan con la mano, modelan su ropa para que ella los vea.

-¡Te pusiste tu playera de cocodrilo!

La conversación es corta, hay que volver al trabajo, la teniente se despide.

-Los quiero mucho, cuídense…

Con la mirada brillante, la enfermera dice; “los pequeños entienden que tanto papá como mamá tiene que trabajar con los pacientes y tienen que ayudar a cuidarlos”.

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