El drama de enterrar a sus muertos sin poder decir adiós como merecen

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Trastocada la realidad a causa del Covid-19, en los meses de pandemia los rituales funerarios también se han transformado. 

Estos ritos representan el cierre en el ciclo vida-muerte y con ellos se honra la memoria de la persona fallecida, expone Óscar Gómez, colaborador del Laboratorio de Antropología Forense del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y especialista en esa rama en la Fiscalía General de Tabasco.

Sin embargo, el Covid-19 no respeta ritos ni costumbres y, al dolor por la muerte de un familiar –por cualquier causa— también se suma la pena de “no despedirlo como merece”. 

Al inicio de la crisis sanitaria en el país, Alfonso Morales, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, pidió a sus estudiantes tomar a sus familias como laboratorio para identificar el impacto social, económico, político y cultural de la pandemia. Lo que el profesor no imaginó es que días después su familia sería su propio laboratorio. 

A finales de abril, su hermano murió a causa de un cáncer en las vías biliares. La nueva realidad abofeteó al docente y su núcleo familiar. Las medidas de sana distancia y la instrucción de evitar la alta concentración de personas en espacios cerrados los obligó a modificar sustancialmente el rito funerario. 

Hubo que elegir y citaron a no más de 25 personas para el velatorio, dejando fuera a muchos cercanos. Al café y bocadillos, Alfonso tuvo que sumar cubrebocas, gel antibacterial y hasta spray sanitizante para repartir entre los convocados. Había que cuidarse y, sobre todo, cuidar a su madre, de 90 años de edad. 

“El abrazo es el gesto más simbólico para manifestar tu pena y afecto a los deudos. Ahora era diferente. ¿Cómo dar el pésame y las condolencias de lejitos?”, apunta el docente. 

Había que cubrir otros tres pasos. Primero el panteón. Pero a causa de la nueva realidad los cementerios también han limitado sus accesos, 15, a lo mucho 20 deudos pueden acompañar al difunto. La carroza en la que viajaba el féretro era seguida por una caravana de autos y cuando el número permitido se cumplió, las puertas les fueron cerradas. 

La madre de Alfonso estaba afuera. Nadie lo podía creer. Hubo que negociar y al final se permitió el ingreso a esos 25 familiares dolidos. La emblemática acción de lanzar un puño de tierra hacia la fosa no se representó, y los únicos que vieron de cerca la inhumación fueron los sepultureros. La familia debió permanecer a varios metros de distancia, tras una cita amarilla que delimitaba el espacio. 

La tradición de los Morales Escobar incluye cerrar el ritual con una celebración al muerto: una comida familiar, donde es imposible guardar las distancias. Después vinieron siete días continuos de oración, también con límite de asistentes. Alfonso decidió ya no asistir, algo le preocupaba y tuvo razón. 

Pese a que se guardaron todas las medidas recomendadas por las autoridades sanitarias, varios días después Alfonso y cinco miembros más de su familia resultaron infectados de Covid-19. 

“Fue muy doloroso no poder cumplir con el ritual. Fue muy doloroso ver a mi madre, a la esposa de mi hermano y a sus hijos recibir las condolencias con miedo, con temor al contacto. No es para nada igual, no es lo que planeábamos. Y a pesar que seguimos todos los protocolos, al final algunos nos infectamos. El duelo pudo ser mayor”, subraya. 

En Juchitán, las costumbres obligan a celebrar al muerto, pero la familia de César, quien murió por Covid-19, no lo pudo cumplir. “Será una eterna herida”, señala su hermana. 

No hubo funeral, no hubo rezos ni música, tampoco se cumplió con el rito zapoteca de colocar una cruz de arena frente al altar familiar y menos se cerraron las calles para pasear el féretro en lo que sería su último recorrido en el mundo de los vivos. 

Su familia quedó dolida no sólo por su pérdida, sino porque la tradición no se completó. Hubo que cremarlo y se conformaron con recibir los pésames a distancia o por teléfono. “Ya habrá tiempo más adelante. Por ahora tenemos sus cenizas y nomás que pase esto pensaremos cómo despedirlo”, dice con tristeza su hermana. 

En diversos puntos de la geografía mexicana los rituales para los recién fallecidos transitan en muchas ocasiones del dolor y la solemnidad al convite y el gozo para despedirlos. Las costumbres son diversas y cambian de región a región. Música, cohetones, ceremonias religiosas, fiestas, comidas son algunas formas con las que se los honra. Pero la pandemia también ha tocado estos procesos y los servicios funerarios han impuesto obligadas reglas a seguir en todo el país. 

El antropólogo Gómez reflexiona al respecto: “He visto que prácticamente todos los panteones han impuesto un límite de 15 familiares para inhumar el cuerpo y el resto tiene que esperar en el exterior. ¿Cómo determinas quiénes son esos 15? ¿Cómo decides quiénes se quedan afuera? ¿Si yo muriera, 15 sería un número suficiente para acompañarme?”. 

El deceso de José Soto por Covid-19 se convirtió en un suplicio para su esposa y sus dos hijas. Fue ingresado la noche del lunes 1 de junio a la clínica José María Morelos y Pavón del ISSSTE y apenas horas después, falleció. 

A la mañana siguiente, narra Jocelyn, una de las hijas, formalizaron la tramitología necesaria tanto con el hospital como con la empresa que brindaría los servicios funerarios. La saturación en las operaciones de cremación las hizo esperar dos días. Fue hasta la mañana del jueves que se abrió un espacio para cumplir con ese paso. Agilizaron todo, pero se llevarían una sorpresa: en la clínica querían entregarles el cuerpo de otra persona. 

Indignadas reclamaron al personal en turno, pero poco resolvieron. Sufrieron maltratos tanto del personal hospitalario como del funerario. Pasaron las horas y nada se solucionaba, nadie asumía ninguna responsabilidad. Exigieron hablar con el director de la clínica “y con él, el trato fue otro”. Sin embargo, hasta las 5 de la tarde de ese jueves no habían conseguido nada. Desesperada, Jocelyn subió varias historias a su cuenta de Facebook denunciando lo sucedido, decenas respondieron que habían sufrido o conocían de tratos similares. 

Comenzó a anochecer y regresaron a casa sin su padre. Fue hasta la mañana siguiente cuando pudieron recuperar el cuerpo de don José. 

“Culturalmente, en este país se respeta a los muertos. Lo que nos hicieron vulnera ese valor cultural. Nos hicieron un daño muy grande, no es la forma como una familia quiere despedirse de un ser querido. Comprendemos la emergencia en la que estamos, pero nadie merece este trato. Sabemos que hay muchos médicos, camilleros, enfermeras que hacen su muy bien su trabajo, son los héroes que están al frente. Reconocemos que hay gente muy valiosa. Nos tocó pasar por esto, pero tristemente vemos que no somos las únicas”, cuenta en entrevista. 

Y el dolor seguirá acumulándose. “Mi padre tenía 56 años y no podremos despedirlo como él hubiera querido. Era un hombre al que le gustaba el rancho. Andaba de botas, camisa vaquera, sombrero. Llevaremos sus cenizas al pueblo de mi mamá, en Querétaro, pero eso será más adelante, cuando pase la contingencia. De momento estará el casa. Haremos los rosarios sólo nosotras tres, para evitar un posible contagio y quienes nos quieran acompañar tendrá que ser vía electrónica, por las redes sociales. Nos hubiera gustado hacer algo muy grande, pero la situación por el Covid-19 nos lo impide”. 

Para Anahí Polo, coordinadora del programa Tiempo y vida de Grupo Gayosso, afrontar el proceso de muerte de un ser querido es complejo y más aún en la actual coyuntura sanitaria. 

“¿Qué hace diferente el duelo en estas condiciones? Si bien no existe una forma única de poder experimentar un proceso de duelo, en estos momentos y las circunstancias que vivimos, justamente impacta en los rituales de despedida que habitualmente se tenían. Éstos son muy importantes para el proceso de duelo porque a través de ellos podemos expresar todo este dolor, tenemos la oportunidad de poder compartirlo con personas queridas y sentirnos acompañados”, refiere. 

En la experiencia en esta agencia funeraria, una de las más grandes del país, se ha detectado que la situación por el Covid-19 y los procesos de cambio en los ritos funerarios, hay sentimientos de impotencia, frustración y culpa entre los deudos. “Justo se da porque no pueden tener ese momento único de despedida. Hay personas que ni siquiera tuvieron la oportunidad de ver a su familiar y sólo recibieron la noticia de que había muerto. Si el deceso es por esa causa, hay que cremar el cuerpo, entonces ni siquiera pueden verlo por última vez”, expone Polo. 

La de la familia López Fernández es una más de las historias de tragedia causadas a raíz de la pandemia. Cuando Daniel fue informado que su padre murió, al parecer a causa del Covid-19, tuvo que viajar desde Playa del Carmen, Quintana Roo –donde reside desde hace varios años ejerciendo su profesión como médico veterinario— hasta la Ciudad de México exponiéndose a los riesgos que conlleva abordar un avión en estos momentos. 

Su padre tuvo algunos los síntomas de la enfermedad y acudió a una clínica privada en la que le informaron que todo apuntaba a que era positivo al virus SARS-CoV2. Regresó a su casa, donde murió, por lo que fue necesario un proceso pericial para determinar la causa. Nunca supieron decir a la familia el motivo del deceso, pero rechazaron que se tratara de Covid-19. El argumento no los dejó satisfechos pero les dio oportunidad de sepultarlo. 

Las medidas restrictivas crearon cierto conflicto en la familia de Daniel. “Tenemos la costumbre de que tras el sepelio de un ser querido, nos juntamos en la casa para convivir y comer. Mis hermanos tenían planeado hacerlo, pero yo insistí en que nos exponíamos nosotros y otros. Eso no les cayó muy bien. Al final no lo hicimos”. 

La tensión era grande. Sin claridad sobre la causa del fallecimiento de su padre y ante las dudas de que pudo haber sido por Covid-19, en el seno familiar había temores de posibles contagios. Quien más les preocupaba era su madre, pero en ningún laboratorio privado querían aplicarle la prueba PCR, la más fiable para detectar el virus.

“Tuve que mentir, inventar que tenía algunos síntomas, para que aceptaran hacérsela. Por fortuna salió negativa y eso nos dio más tranquilidad”, expone Daniel. 

Al final, tuvieron que conformarse con un pequeño velorio y un discreto sepelio para su padre. Con apenas 15 personas que se congregaron para, desde una sana distancia, darle el adiós. 

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