Miles llenaron el Zócalo, la arena del Presidente

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Lunes 2 de diciembre de 2019. Dueño de su arena, el presidente Andrés Manuel López Obrador la volvió a hacer ayer domingo.

De todo el país, con cargo al erario o por cuenta propia llegaron los convencidos: aquellos que reciben programas sociales, los que refrescan su oportunismo y quienes son seguidores desde hace muchos años y estarán aquí cuantas veces él se los pida.

Ciudad de México, 1 de diciembre 2019. A un año de la toma de protesta a la presidencia, simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador se reúnen en el Zócalo de la Ciudad de México para estar presentes durante el discurso que ofrecerá el mandatario para conmemorar la fecha. Algunos asistentes también aprovecharon para posicionarse, a través de pancartas, contra Donald Trump o para expresar su apoyo a Evo Morales.

 

Pero también vinieron aquellos que saben de política y lo importante de un deslinde claro con Estados Unidos y la puntual reivindicación latinoamericanista de parte del jefe del Ejecutivo. Lo consiguieron, por eso la ovación.

Y fue muy notoria no obstante otras aclamaciones de la gente en temas muy puntuales a lo largo del mensaje: combate a la corrupción, caso Culiacán, justicia para Ayotzinapa, ratificación de la atención a los pobres como prioridad, así como ese aplauso fuerte que él mismo pidió para las Fuerzas Armadas.

En suma, estuvieron en el Zócalo sus ángeles, como los definió el mandatario cuando ya los llevaba durante casi 90 minutos escuchando –en apego a la alegoría– su prédica por el primer aniversario de su arribo al poder.

Eso sí, una corte celestial donde las tres jerarquías de esos seres alados eran fácilmente distinguibles.

Todos, además, bajo el sino de un sol que nada tenía de otoñal y que, inclemente, probó la capacidad de resistencia de los madrugadores y aguzó la prudencia sobre todo de las familias que se apersonaron llevando incluso bebés de meses, y se guarecieron a la sombra de los edificios del gobierno capitalino.

La logística de los traslados hasta el corazón de la Ciudad de México tuvo tantas variantes como larga o corta fuera la distancia a recorrer. Y de grandes contrastes. En la sede de la alcaldía Álvaro Obregón, con toda parsimonia apenas como a las nueve de la mañana llegaban los camiones y a la gente no le corría ningún apuro para abordarlos.

A su vez, en Xalapa, Veracruz, decenas de autobuses habían emprendido el viaje a las 2:30, en un recorrido lento, demorado, con frío.

En esas charlas frecuentes de las mujeres mientras hacen fila para pasar al tocador, las xalapeñas –trabajadoras de la Secretaría de Educación– narraban su periplo. De entrada aseguraban haber pagado de su bolsillo 390 pesos para el alquiler del transporte. Además, decían, en el camino fueron detenidos constantemente porque como es ruta de migrantes, a cada rato subían policías a revisar nuestros documentos.

Terciaban entonces unas maestras procedentes de Puebla. Sección 23 del SNTE. Habían venido por la convocatoria de sus líderes. Eran ellas apenas un atisbo del despliegue de esta organización magisterial para el Amlofest.

Desperdigados por todo el Zócalo, cientos de maestros mataban el tiempo al animado son de la Sonora Santanera de Carlos Colorado, y traían sus banderines: El SNTE presente, apoya al Presidente.

Pero como el corazón capitalino nunca duerme, en la madrugada se instaló un puesto para vender el más reciente libro de López Obrador, Hacia una economía moral. A 200 pesos. Entre las 5:30 y las 11 de la mañana se habían vendido unos ejemplares.

Y como en otras concentraciones de este tipo, sobresalía la creatividad expresiva de los seguidores del mandatario. Como ese hombre que portaba ufano su cartel con fotografías y la leyenda en inglés y en español: Yo antes era ateo, ¡Ahora creo en AMLO!

Otro más se paseaba por todos lados llevando en alto su proclama: Bolivia, pueblo hermano. Que la ambición y el poder no sean asesinos de la libertad, la justicia, la verdad y la razón.

Sin embargo, tampoco faltaban los diputados, alcaldes capitalinos y de otros lados, dispuestos a promoverse, hacerse ver, contonearse entre sus huestes a buena hora, mientras llegaba el momento de hacer valer jerarquía y puesto en el área que, guste o no a la nueva clase política, es llanamente VIP, o sea, hasta adelante.

Los miembros del gabinete, los familiares del mandatario, los gobernadores de distinto signo político (algunos increpados dura y públicamente al término del acto) estaban en esa zona donde el principal invitado especial de López Obrador fue el ex presidente de Uruguay, José Mujica.

Puntual, López Obrador salió de Palacio Nacional. En su recorrido hasta el estrado –la gente ya sabe cómo hacerle– se detuvo a recibir peticiones, documentos, abrazos, bendiciones y el continuo: no estás solo, no estás solo. Y así sería también a su regreso.

Sin mayor preámbulo se lanzó en un discurso puntual, detallado en exceso. Y en hora y media transcurrió de la formalidad discursiva a la improvisación punzante. De reporte de resultados y de proyectos en curso. De pocas pero filosas referencias a quienes llama sus adversarios.

Y tampoco hubo manera de no escuchar la unanimidad en la rechifla cuando mencionó por primera vez el nombre del ex presidente Felipe Calderón Hinojosa.

Faltaba todavía media hora de mensaje cuando el mandatario aludió a lo asoleada que ya se encontraba la concurrencia.

Pero la gente no se iba del Zócalo. Como hace exactamente un año, aunque esa vez ya había caído la tarde, ayer volvieron muchos. Los mismos.

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