En el comercio no hay santos, dice ex ministro de Lula

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Sábado 14 de septiembre de 2019. Brasil es uno de los principales productores y exportadores de alimentos en el mundo. Hay quienes lo han llamado el granero del mundo. Aunque los grandes agronegocios son uno de los más importantes sectores económicos, más de mil 500 cooperativas agrícolas abastecen la mitad de la comida que se consume allí.

Roberto Rodrigues fue ministro de Agricultura y Ganadería de ese país entre 2003 y 2006, durante el primer periodo presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva. Fue, también, embajador especial de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para las cooperativas y presidente de la Alianza Cooperativa Internacional. Actualmente es Coordinador del Centro de Agronegocios de la Fundación Getúlio Vargas.

De visita en Tabasco para intercambiar experiencias de Brasil para el sur-sureste mexicano, invitado por productores, legisladores y actores del sector, habló en la Ciudad de México sobre los retos actuales del cooperativismo rural. A continuación, parte de la conversación.

–¿Cómo le han hecho ustedes en Brasil para trabajar con esa diversidad de productores? ¿Su movimiento cooperativo tiene que ver con esta diversidad?

–Brasil es un país tan grande, tan diferenciado, que cabe de todo. Pero, con la globalización de la economía hay un tema central común a los productores: el margen de ganancia es cada vez más pequeño. El productor sólo puede capitalizarse si opera a gran escala. El pequeño no puede, está muerto. Para tener margenes de ganancia debe asociarse en cooperativas. Las cooperativas agropecuarias representan 50 por ciento de la producción brasileña, incluso en la cría de pollos y cerdos.

Para los pequeños y medianos productores las cooperativas son necesarias para acceder al crédito y comprar insumos. Un gran productor adquiere volúmenes muy grandes y puede negociar la reducción del precio, pero uno pequeño, en lo individual, no. Sin embargo, si está asociado puede comprar por el mismo precio que uno grande.

–¿La formación y el funcionamiento de estas cooperativas necesitan de extensionismo y políticas de fomento?

–No necesariamente. Las cooperativas ya lo hacen.

“Lo que requiere son tres cosas. Primero, tiene que ser necesaria. Es decir, sus posibles socios tienen que saber que existe el modelo cooperativo y si puede ser una solución verdadera a sus problemas. Aquí es importante el proselitismo, difundiendo lo que el cooperativismo es, para que las personas que no lo saben, lo conozcan.

“Segundo, las empresas cooperativas son diferentes a las capitalistas pero son empresas. No son algo romántico. Tienen que ser viables económicamente.

Tercero, necesitan liderazgo de gente capaz, que tenga idealismo para implementar el modelo doctrinario de la cooperativa.

–Los cooperativistas se enfrentan a qué hacer con las ganancias que obtienen: ¿reparten beneficios o los invierten? ¿Cómo decidir el destino del dinero?

“Cada año realizan una asamblea. Allí deciden qué parte es distribuida a sus asociados de acuerdo con su movimiento. Y también, qué parte es capitalizada para hacer inversiones en nuevas fábricas o equipamientos para que sirvan a todos.

La decisión de qué hacer es de la asamblea, el organismo máximo para tomar decisiones comerciales. Por supuesto, los consejos presentan propuestas a la asamblea.

–Una cooperativa necesita técnicos calificados para funcionar. Esos técnicos, para trabajar allí y no en la iniciativa privada, requieren de un salario, en ocasiones superior al que obtienen los cooperativistas. ¿No crea esto dificultades?

–Es un tema muy difícil. Cuando un grupo de productores decide crear una cooperativa siempre logran mejores resultados en un primer momento. Entonces, la cooperativa crece y necesita que la manejen gerentes que vienen del mercado capitalista. El problema es que esos gerentes no comprenden que se tienen que obtener ganancias para los integrantes y no necesariamente para la cooperativa.

“Eso significa que hay que enseñarle a esos técnicos que su rol no es aumentar las finanzas de la cooperativa, sino de los cooperativistas. Tienen que comprender que su jefe, su patrón, es el cooperativista, y que ellos son empleados.

“Sucede que algunos administradores de cooperativas ven oportunidades de negocios en actividades que no les interesan a los cooperativistas. Por ejemplo, abrir una tienda de ropa de mujer, porque en esa ciudad no hay ninguna. Y es un negocio en el que ganan plata. Pero eso no es lo que el cooperativista quiere. Ellos quieren fertilizantes, semillas, pero el gerente de la cooperativa, que viene del mercado capitalista, pone por delante ganar plata con cualquier actividad. Se produce entonces una decapitación, es decir, la cabeza (los gerentes) se separan del cuerpo (los cooperativistas).

Por eso es muy importante cuidar el entrenar a los gerentes para que sepan que su papel no es ganar plata para la cooperativa, sino prestar sus servicios para que los cooperativistas ganen plata.

–Los cooperativistas toman sus acuerdos en asambleas, pero hay decisiones que tienen que tomarse a partir de las señales del mercado, porque vender un producto un día o al día siguiente puede ser la diferencia entre ganancias y pérdidas. ¿Cómo compaginar democracia con eficiencia?

–En los tiempos antiguos un buen dirigente era capaz de edificar los sueños de sus cooperativistas. Él era un intérprete. Pero ahora, todo es mucho más rápido. Hay necesidad de ser muy ágil en decisiones.

“La diferencia entre un líder cooperativista de hoy y el de ayer es que el actual es más que un intérprete, es un visionario. Tiene que elegirse en una asamblea, con un discurso futurista, diciendo a los cooperativistas: miren, nosotros tenemos que llegar allá. Para logralo, quiero hacer esto y esto. Puede ser que en el camino aparezca algo diferente. Yo quiero ser electo mirando ese objetivo. Si eso pasa, él puede tomar decisiones sin consultar, porque si las pospone, la oportunidad se va.”

–Las cooperativas son como pequeños pescados que nadan en un mar infestado de tiburones. ¿No hacen falta políticas estatales pa-ra protegerlos?

–No creo que sea importante. Las cooperativas son empresas y tienen que comportarse como tal. No tienen que recibir del gobierno ningún tipo de privilegio.

–¿Ni crédito barato ni programas de acceso a mercados ni asisten-cia técnica?

–No. Yo quiero del gobierno lo mismo que tienen las empresas con las cuales estoy compitiendo en el mercado. No quiero nada mejor ni peor. Lo que pasa es que las coope-rativas no tienen fuerza política y reciben menos que otros sectores. En muchos países, se hicieron programas cooperativos apoya-dos con crédito diferenciado, menos trámites y menos impuestos. Las cooperativas florecieron. Luego, el gobierno dejó de apoyarlas y murieron. Yo defiendo que las cooperativas tengan igualdad de oportunidades. Nada más pero tampoco nada menos.

“El gobierno puede tener un papel en las cooperativas porque son instituciones con principios y valores universales, que tienen en su DNA la democracia. Cualquier gobierno democrático tiene en las cooperativas un socio. Su sueño es también el sueño del poder democrático.

Lo que diferencia un país desarrollado del que no lo es, es el grado de organización de su sociedad. Las cooperativas son la organización económica de la sociedad. Los gobiernos democráticos pueden impulsar el crecimiento del movimiento cooperativo porque les interesa que el intercambio y las relaciones entre el gobierno y la sociedad se den a través de las cooperativas. Así sucede en muchos países desarrollados. Donde hay cultura asociativa, las cooperativas crecen y los gobiernos son socios fraternos, no papá ni cónyuge.

–¿Qué posibilidades reales de desarrollo tienen esas cooperativas en países con gran concentración de la propiedad de la tierra o con grandes empresas agroindustriales controlando los eslabones del proceso productivo?

–No la tienen donde hay grandes propietarios. Una cooperativa gana escala con el conjunto de los pequeños o medianos productores. Con eso logra comprar insumos o vender su producción a los mismos precios de mercado del resto de productores. Los grandes tienen su propio mercado y sus ganancias. Donde hay grandes propietarios no hay cooperativas.

“En la industria es diferente. Por ejemplo, una industria que tiene un frigorífico puede contratar la producción de pollos entre agricultores cercanos. Pero, al mismo tiempo, una cooperativa, puede agrupar pequeños productores de pollos y formar empresas industriales.

Está probado que en el comercio no hay santos. El comercio es una cosa dura. Uno sólo pue-de ser eficiente y ganar mercados si es competitivo internamente.

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