Tapachula: la sede de la Comar, bajo sitio

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Tapachula. Las oficinas de la Comisión Mexicana de Atención a Refugiados (Comar) en el centro de la ciudad están permanentemente sitiadas por centenares de solicitantes de asilo. En cualquier momento pueden rebasar el millar. Son hondureños, haitianos, salvadoreños y cubanos la mayoría, en menor número llegan a estar representados otros continentes –Asia y África, digamos– y todos aquí tienen algo en común: no quieren –muchos no pueden, a riesgo de la vida– regresar a su país de origen.

Al menos es lo que argumentan hondureños y salvadoreños, asediados por las maras y otros grupos delincuenciales. Los cubanos, como los nicaragüenses y los ocasionales venezolanos, argumentan persecución política. Llegados aquí, todos blanden el papelito de la esperanza, el cual indica la hora de cita para seguir su trámite e ingresar a la sala de espera (esa es la palabra: espera), donde al menos encontrarán silla y sombra, porque afuera, en la calle, sólo hay sol e impaciencia.

La tarde de este miércoles, una mujer de Haití, entre la tensión del día y la inclemencia del calorón tapachulteco, presentaba síntomas severos de insolación, deshidratación y crónico sufrimiento. Asistida por paisanas suyas, no lograba reponerse, por momentos perdía el conocimiento, sudaba a mares. Entre voces de llamen una ambulancia y hagan lugar, el tiempo pasa. Finalmente le permiten ingresar a la Comar, donde al menos hay aire acondicionado.

Cada tanto sale personal de la comisión, adscrita la Secretaría de Gobernación, con un fajo de documentos y va llamando por su nombre a las personas, lo cual genera periódicas aglomeraciones en las transitadísimas calles que aquí hacen esquina. Unas cubanas, especialmente alegadoras, se colocan ante la puerta lateral del inmueble y presionan casi corporalmente a los empleados de la Comar, que finalmente cierran. Esperen su turno, dicen innecesarimente, pues todos lo saben.

Arrimados a la pobre sombra de los cobertizos y aleros de las casas vecinas, niños pequeños, mujeres de todas las edades y hombres mayores dormitan o atienden sus celulares. Aumentan la aglomeración puestos de aguas frescas, frituras preparadas y dulces, mientras niños locales se entremeten donde la gente se apretuja vendiendo agua helada.

Rodean a la Comar papelerías y salones de Internet, lo cual es casi normal. Pero la fachada más amplia frente a las oficinas gubernamentales, en amarillo intenso, es la de la academia de baile Valery, que ofrece clases de punta, bachata, merengue y cumbia tribal (sic), lo que se antoja apto para ambientar a los solicitantes, no porque presten atención, sino porque –uno imagina– podrían dar ellos mismos cátedra de esas danzas, que también incluyen hawaiano, tahitiano, árabe, belly dance ejercicios reductivos.

Una cosa es constante en esta situación de emergencia migratoria que no deja de cambiar. Con el cierre formal de la línea fronteriza en los lugares habituales de cruce de indocumentados y la consistente deportación de extranjeros, la estación migratoria Siglo XXI presenta ahora sólo pequeñas y ordenadas filas de solicitantes. A orillas de la carretera allí ya no se ven las decenas de familias haitianas que la ocupaban en semanas anteriores, y los tendajones y fondas lucen vacíos. Los congoleños de enfrente siguen ahí, acampando, esperando, viviendo. Por primera ocasión desde que llegaron los primeros contingentes de la Guardia Nacional, ésta supera en número a los migrantes.

Del mismo modo, en las colonias adyacentes a la estación migratoria, aunque siguen viéndose familias alojadas en casas y cobertizos que rentan, ya son sensiblemente menos. Y algo tienen en común los migrantes que pululan o descansan en los zaguanes: todos miran y manipulan sus teléfonos celulares, con o sin audífonos. Hablan todo el tiempo (¿a Puerto Príncipe, a Kinshasa, a la casa de al lado?). Sería difícil fotografiar a alguno que no esté al teléfono. ¿Qué es lo lejos o lo cerca en este mundo de voces en francés colonial que cruzan el tiempo real el Atlántico y el Caribe?

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