Actividad febril en la casa Jesús El Buen Pastor del Migrante

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Tapachula. Algarabía de 200 niños y dos loros. Actividad febril de los albergados en la casa Jesús El Buen Pastor del Migrante y el Caminante, en un ambiente casi exaltado y alegre, suerte de catarsis que contrasta con las experiencias que muchos de ellos relatan casi con urgencia. No hace falta preguntarles. Casi parecen felices, aunque la cambiante situación de los viajeros centroamericanos ha extendido el infortunio y los robos al territorio de Guatemala. Luego de que la Guardia Nacional de México selló los pasos del río Suchiate, la policía guatemalteca reforzó sus retenes en los caminos que conducen a esta frontera en lugares como Corinto, cerca de Puerto Barrios. No con fines de control migratorio sino, coinciden los testimonios, para extorsionar a los hondureños y salvadoreños. Les cobran hasta 500 dólares por dejar pasar a una familia. 

Los niños corren por el albergue, los loros están enjaulados. Y pensar que a niños como estos los tienen enjaulados en Texas y Arizona, más hacinados y famélicos que este par de loritos bullangueros, excitados por los gritos y las carreras de los chiquillos. No deja uno de pensar que las niñas y adolescentes podrían haber caído ya en redes de trata y explotación; por ahora están a salvo.

Un buen número de hombres trabajan como albañiles, pintores, electricistas, plomeros o carpinteros, mientras las mujeres cocinan, limpian, cuidan niños propios y ajenos. Guadalupe Antonio Gómez, encargada del albergue, cuenta que hay cuatro recién nacidos, sanos. Celebra que al apoyo de gente de bien se han sumado instituciones federales (a través del Programa de Fomento Económico para Migrantes) y organismos como Unicef, Acnur o Children’s Iniciative, además de religiosas locales y voluntarios externos.

Afuera se lee claramente que el albergue “no es del gobierno”. También resulta evidente que no lo controla la muy conservadora diócesis católica de Tapachula. Pero los tiempos cambian. Si antes recibía enfermos y a los mutilados de La Bestia, en cantidades muy menores a los que hoy acoge, centenares de centroamericanos y cubanos, familias enteras. Algunos llevan esperando meses. Otros, como Silvano y Damián, tienen citas en Comar o Acnur, en un mes o hasta mediados de noviembre.

Enfermeras y médicos del Seguro Social y la Secretaría de Salud se turnan para vacunar, realizar pruebas para detectar diabetes y exploraciones ginecológicas, en el modesto consultorio, ahora mejor abastecido de medicamentos. Además, apunta Guadalupe, es posible pagar los trabajos que realizan los “voluntarios” que cuentan con carnet de asilo temporal. Personas que esperan respuesta a sus peticiones de asilo, salvo un 20 por ciento de recién llegados. El lugar sigue saturado desde octubre, con unos 500 refugiados que duplican la capacidad del albergue. Pero al existir más recursos, se construyen cuartos, hay un horno nuevo, ayer se recibieron colchonetas y cobijas, y la comida, aunque modesta, al fin alcanza para todos.

En las dos últimas semanas mejoró sensiblemente la situación de El Buen Pastor. A ver por cuánto tiempo, pues una cosa es que los cruces habituales estén cerrados, las redadas y deportaciones están a la orden del día, y otra que no sigan entrando al país oleadas continuas de migrantes.

Según reportes desde Arriaga, esta semana los trenes han partido sin su carga de migrantes. En días pasados, tropas federales interceptaron a La Bestia entre Tonalá y Arriaga y detuvieron a todos los “pasajeros”. Damián apunta que “habrá que buscarle por otro lado”. Originario de San Pedro Sula, una de las ciudades más peligrosas del continente, muestra un carnet que lo autoriza a permanecer y trabajar en Chiapas hasta fines de año.

Herlin es de Tegucigalpa y apenas viene llegando. No ha iniciado sus trámites pero cuenta con recibir hospedaje en la Ciudad de México y San Luis Potosí, donde tiene “amigos”; no que los conozca, pero pertenecen a su misma iglesia.

Silvano, también hondureño, es un migrante curtido. Presume su inglés, pues vivió en Menfis, Tenesí, y recuerda con júbilo la Elvis Presley Avenue. Lo han deportado “varias veces” de Estados Unidos y México, participó en la primera caravana hace nueve meses, enfrentó los gases lacrimógenos de la policía estadunidense en el cruce de Tijuana, y aunque ahora forma parte de un grupo de siete personas que se han venido acompañando, podría regresar a Honduras pues se lesionó una mano “y así no puedo trabajar”. Aunque los obstáculos y las restricciones se han incrementado en los meses reciente, no luce preocupado: “Ya llegué a Estados Unidos otras veces, lo puedo volver a hacer”. 

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