Misión imposible en Líbano / Robert Fisk

Compartir en Facebook Compartir en Whatsapp

¡Sí, todos podemos estar de acuerdo en que el mar absorbió 70 por ciento de la explosión!”, me anunció un amigo libanés esta semana, con una base científica interesante, aunque dudosa. Yo le había preguntado –porque sabía la respuesta– cuál de las comunidades religiosas sufrió de manera más profunda la explosión que transformó a la nación. O que no la transformó, como podría ser el caso.

Como todo en Líbano, su cálculo podría ser correcto. Porque Beirut, como Trípoli –y Haifa, para el caso–, está construida sobre uno de esos antiguos promontorios del este del Mediterráneo, como “la cara de un viejo pescador”, según la frase memorable con que la describió Fairouz. El gran estruendo tal vez abarcó más agua de mar que edificios. Y los peces, hasta donde sabemos, no son religiosos.

Pero mi conocido –un musulmán sunita, servidor civil de muchos años, lector de libros más que de memorandos– se apresuró a advertir: “No veamos esto en términos de la guerra civil. Pero sí, los cristianos recibieron la peor parte porque viven junto al puerto, en el este de la ciudad, maronitas en su mayoría. Los del lado musulmán de Beirut perdieron sus ventanas; los cristianos perdieron la vida.” Pero ni siquiera eso era del todo cierto.

Los que dijeron que entre los muertos hubo libaneses de todos los credos también tenían razón. Hubo musulmanes –sunitas y chiítas entre los bomberos, tenderos y otros–, sin olvidar las docenas de refugiados sirios que podrían sumar la cuarta parte de las bajas. De hecho, los sirios de algún modo quedaron incluidos en la cuota mortal de Líbano. Pero hubo algo un tanto extraño en la forma en que esta tragedia se relató en Occidente.

En Francia, en Gran Bretaña y Estados Unidos –y, según noté, también en Rusia–, la narrativa (palabra que detesto) fue un poco diferente. Nos dicen que los “libaneses” protestan contra las “élites” y el gobierno –que han corrompido al país, llevado la economía a la bancarrota, han sido incapaces de proteger a su pueblo– y ahora exigen un nuevo sistema político, democrático, no sectario, incorrupto, etc., etc. Cierto otra vez.
Y sí, las casas y edificios aplastados y las calles devastadas son sin duda parte de la destrucción de Beirut. Pero sus nombres –Gemmayze, Mar Mikhael, Ashrafieh– fueron presentados como meras ubicaciones en el mapa de una ciudad, más que como el epicentro no solo de la ola expansiva, sino del viejo corazón cristiano de la capital libanesa. Esos distritos eran bellos, preservaban con magnificencia su herencia otomana… vean nada más lo que le ocurrió al asombroso Museo Sursock.

Eran zonas alegres, centros de reunión para jóvenes (sobre todo de clase media, pero tanto musulmanes como cristianos), llenos de restaurantes y bares, inmensamente populares no solo entre los libaneses, sino entre los occidentales que vivían en la ciudad y se sentían seguros entre pobladores que hablaban francés e inglés y eran en su mayoría pro europeos (y a menudo antisirios y anti iraníes).

Antes de la guerra civil era al revés: los extranjeros vivían en el oeste de Beirut, arracimados en torno a la Universidad Americana con su educación liberal, sus manifestaciones de protesta, sus movimientos palestinos (entonces), sus sunitas y drusos de clase media y, si uno se alejaba treinta kilómetros, su gran mayoría chiíta ignorada. En guerras subsecuentes con Israel, esas y otras áreas musulmanas fueron arrasadas por las bombas, diezmadas por explosiones, sus habitantes confinados en reductos. Los distritos cristianos se salvaron en parte.

Gemmayze y Mar Mikhael fueron líneas del frente falangista cristiano; las calles de Beirut oriental eran patrulladas por una mezcla de palestinos venales y milicias musulmanas. Cuando los israelíes invadieron Líbano, en 1982, fueron recibidos como salvadores por decenas de miles de cristianos y bienvenidos en las calles. Ariel Sharon se reunió con el líder de las milicias cristianas y luego asesinó al presidente electo Bahir Gemayel en el magnífico restaurante Au Vieux Quartier de Beirut oriental; el lugar fue remodelado hace mucho, pero la calle donde estaba seguía devastada el 4 de agosto pasado.

Y no, la bola de fuego cuyas ondas de choque terminaron con la vida de esas personas la semana pasada no fue una especie de venganza política por el pasado. Los cristianos resistieron meses de bombazos de las milicias musulmanas durante la guerra y después los bombardeos de Siria y, en meses recientes, su pueblo estaba entre los que aplaudían a quienes demandaban el fin de los gobiernos corruptos de Líbano. Pero entre ellos también están quienes dieron histérica bienvenida del exilio al terrible y –según creencia de muchos– demente general cristiano Michel Aoun, quien era enemigo de Siria y hoy es su amigo, y cuyo yerno es hoy ministro del exterior (de allí el ataque a su ministerio el fin de semana).

El día en que Aoun regresó a Beirut, en 2005, después de un exilio placentero en París, sus partidarios, cantando y ondeando estandartes, llegaron a Gemmayze para celebrar su retorno. “Mejor vamos a escucharlos y averiguar qué quieren”, me dijo una empresaria sunita en ese tiempo. “Después de todo, ahora tenemos que vivir con ellos.” Cierto, una vez más. Pero esta semana dio un paso al frente el hijo del mencionado presidente electo, el joven Nadim Gemayel, antiguo miembro del parlamento, para decir al mundo que Hezbolá, y por tanto Irán, está detrás de la corrupción de Líbano.

Y esta es una historia que se está apilando a la “narrativa” de la más reciente crisis libanesa. El sábado, nos decían –en esta ocasión el Financial Times– que “desde hace mucho es un secreto a voces que Hezbolá controla sectores del puerto de Beirut, así como su aeropuerto…” Bueno, hasta cierto punto, lord Copper. Luego los canales de televisión insinuaron que las armas de Hezbolá pasaban de contrabando por ese mismo muelle. ¿El nitrato de amonio estaba destinado a las bombas de Hezbolá? Más aún, ¿acaso parte de él ya se había usado en hechos de violencia, y desde hace mucho tiempo sus supuestas 2 mil 750 toneladas se habían reducido?

Así pues, tal vez es hora de visitar mi ministerio multipropósito libanés favorito, el Departamento de Verdades Locales. Es verdad que Hezbolá controla partes del aeropuerto de Beirut aledañas a los suburbios del sur, que están bajo su dominio. Observen quién dirige la seguridad en la terminal cuando aterrizan los aviones iraníes y los miembros de Hezbolá pasan los controles migratorios. Pero ¿el puerto?

He aquí una pequeña verdad local de un agente de embarque a quien conozco desde hace décadas. “Cada partido libanés tiene su gente en el puerto: sunitas, chiítas, cristianos, todos. Si necesito que atraque un barco y quiero sacar rápido la mercancía del puerto, puedo conseguir aduaneros que sean del partido Berri.” Se refiere al movimiento Amal, la seudomilicia chiíta que pertenece al presidente del parlamento libanés. “¿Y si la gente de Berri pide demasiado? Bueno, entonces voy con Hezbolá para ver si sus aduaneros me dan un precio más bajo.” O con los cristianos. O incluso con los drusos que trabajan en el puerto (aunque no son muchos, al parecer).

Y de eso se trata. Como cada partido importante opera en el puerto –y todas las principales potencias extranjeras buscan a sus espías–, ¿de veras Hezbolá almacenaría explosivos, municiones e incluso bombas en el muelle? En una película de Hollywood, claro que sí. ¿Pero en la vida real? No, sus armas cruzan al este por la frontera sirio-libanesa. Durante la guerra civil, la Falange cristiana de Beirut oriental controlaba toda la “quinta dársena” (así la llamaban) del puerto. Pero ¿importaban armas y municiones a Beirut a través del muelle? Claro que no. (Las enviaban en cajas industriales al puerto de Jounieh, hacia el norte, pero esa es otra historia.) El puerto de Beirut no era un tiradero de armas. Era una ruleta para todos, y el casino, con los dados cargados por todas las facciones libanesas, estalló de manera espectacular la semana pasada.

Pero la historia actual adquiere alas con una serie de asociaciones peligrosas, pero ocultas. Para el caso de Hezbolá, serían los chiítas libaneses que, por desgracia, en su mayoría no apoyan las protestas, aunque al principio, en octubre pasado, se enfrentaron con valentía a las milicias de Hezbolá en el sur de Líbano. Y en varias ocasiones específicas, los esbirros de Hezbolá han llegado al centro de Beirut para amenazar y golpear a los manifestantes contra la corrupción, en un esfuerzo por volver sectarias las manifestaciones, para obligarlos a unirse a una peligrosa alianza maronita-sunita opositora al gobierno.
Porque Hezbolá, y este es su verdadero crimen, se ha alineado con los mafiosos libaneses. Puede ser que representen a las “masas” del sur de Líbano, que se proclaman la mayor “resistencia a la agresión sionista”, pero han elegido apoyar a las mismas zoama –las grandes familias– que han corrompido al país. Hezbolá tiene escaños en el gobierno y quiere conservarlos. Así pues, los principales representativos de los chiítas se oponen a cualquier cambio en los regímenes corruptos que gobiernan en Líbano.

Lo que todo esto sugiere es que el elemento sectario en la vida libanesa –que permea la política, la economía, la sociedad y (¿me atreveré a usar la palabra?) la cultura del país– se está injertando en la detonación de la semana pasada. No la llamamos explosión de la zona cristiana ni Hezbolá chiíta –y en definitiva no mencionamos la guerra–, pero todo eso es cierto, y ya es tiempo de que nos demos cuenta de eso antes de que vistamos la nube de hongo como un cuento infantil acerca de malvados políticos ambiciosos –o “élites”, como ahora oigo que los llaman– y de las calles de Beirut oriental como símbolos de todo el país.

La verdadera historia de esta nación exquisitamente atormentada y brillante, por supuesto, va mucho más allá. Es una perogrullada –y una verdad– decir que la corrupción es el cáncer del mundo árabe (y no sólo de la parte árabe, si se toman en cuenta sucesos recientes en Israel). Pero, de algún modo, la versión libanesa de la corrupción nos parece más terrible, más vergonzosa, más grotesca que la que se practica en los demás países árabes. ¿Será porque es más obvia? ¿O porque existe en la única nación árabe que en verdad publicita su propia decadencia?

Volvamos brevemente al Departamento de Verdades Locales y llevemos esta historia fuera de Líbano. Todo dictador árabe que gana con un 90 por ciento o más de los votos gobierna un país corrupto. Y, sin embargo Egipto, cuyo ejército controla los centros comerciales, los bienes raíces, etc. –suficiente para hacer llorar de envidia al político libanés promedio–, queda fuera de los parámetros de corrupción con que medimos a los libaneses. Hacemos negocios con Al Sisi (97 por ciento de los votos en 2018), y Trump lo llama “mi dictador favorito” después de que Al Sisi ha derrocado al único presidente electo egipcio, encerrado a decenas de miles de opositores y asesinado prisioneros en sus salas de tortura. Y alentamos a los ciudadanos del Reino Unido a apoyar su decadente industria turística, enviamos a la Real Armada en viajes de cortesía a Alejandría y elogiamos la estabilidad egipcia bajo el gobierno de su perverso tirano porque –aquí vamos– combate el “extremismo” islamita, etc., etc.

Lo mismo se aplica a Siria. Los rusos hacen negocios con Assad (88.7 por ciento de votos en 2014), tal vez reconstruyan todo el país, sus barcos hacen visitas de cortesía –muchas, de hecho– a puertos sirios y el régimen es considerado en Moscú un valladar contra el “extremismo” islamita (etc., etc., otra vez). La corrupción de los sauditas –en una tierra que no soñaría con elecciones ni siquiera si su rey o su príncipe heredero fueran a ganar 99.9 por ciento de los votos– es tan respetada que el Escuadrón de Fraudes británico cancela investigaciones de corrupción para que no molestemos a los principales corruptores del reino. Tony Blair tenía mucho que decir sobre el “interés nacional” británico cuando se trataba de dejar en paz a los acusados de recibir sobornos. La línea es: los dictadores árabes son corruptos, su pueblo solamente es reprimido. Sabemos que sus votos –cuando fingen tener elecciones– son ficticios.

En cambio, a los libaneses, por extraño que parezca, los juzgamos con varas más altas. Sus elecciones parlamentarias nunca producen resultados de 90 u 80 por ciento; con frecuencia son de un solo dígito. El sistema de padrón sectario es tan integral y cuidadosamente diseñado, que en realidad toma en cuenta a la población, es decir, sus orígenes religiosos. De esta forma, es en realidad bastante justo, siempre y cuando se pasen por alto los injertos y el dinero y se acepte el sistema de voto confesional y la política absolutamente sectaria del Estado, así como el hecho inevitable de que la elección producirá una serie de líderes en asientos revolventes que tienen el poder por su religión, más que por sus capacidades.

Lo que los jóvenes de Líbano –o los que hoy en día observamos manifestándose– desean es fácil de entender. Ninguna nación cuyo presidente debe ser cristiano maronita, cuyo primer ministro será siempre un musulmán sunita, cuyo presidente del parlamento debe ser siempre chiíta, será nunca un Estado moderno. La certeza misma del poder-por-medio-de-la-secta religiosa asegura la corrupción. No se puede vigilar la deshonestidad cuando el poder radica en el temor mutuo, más que en el acuerdo. Y al dar un voto a cada ciudadano –en un proceso electoral tan retorcido que hasta los parlamentarios deben “estudiar la forma”, por así decirlo–, el pueblo libanés es llevado a la rueda de la vergüenza electoral. Su participación en elecciones lo ha contaminado con la misma corrupción que tanta justa indignación le causa. No es sorprendente que su rabia sea tan incendiaria. La renuncia de un gobierno –como la pequeña representación teatral de Hassan Diab el lunes pasado– es solo una invitación más a participar en el próximo acto de auto humillación del Estado: ¡hagamos otra elección y pongamos a los mismos rufianes en el casino!

Y pensar –y sí, es cierto– cuán a menudo los extranjeros hemos alabado la “democracia” única libanesa, añadiendo, claro, que, aunque “baldada”, por lo menos es mejor que las dictaduras circundantes. Sin embargo, sin líderes, ¿cómo puede un movimiento genuino, joven, políticamente honorable –que insiste con razón en poner fin al escandaloso “contrato social” del que Líbano es prisionero–, lograr el cambio constitucional?

Hemos oído cada vez más voces hablar de cómo los franceses gobernaban mejor en Líbano, tontería que cualquier lectura de historia libanesa moderna debería destruir: busquen las palabras de Kamal Salibi, Samie Kassir y el inimitable brigadier Stephen Longrigg si tienen alguna duda. Pero flotan en el aire ideas más serias: que debe haber alguna suerte de mandato internacional para restaurar la economía libanesa, obligar a los bancos y al gobierno a mostrar transparencia, y a sus líderes a adoptar un gobierno representativo en vez del privilegio señorial. Sin embargo, en el momento en que Occidente llegue bajo la forma del Fondo Monetario Internacional, la Organización Internacional de Comercio –de hecho, Naciones Unidas o algún mandato no probado ni debidamente considerado–, los cristianos y musulmanes de Líbano se unirán para echarlos del país con tanta valentía como sus abuelos lo hicieron con los franceses.

En el mundo occidental nos hemos especializado, en el siglo pasado, en crear nuevas naciones, nuevas constituciones, nuevos “pueblos” dentro de fronteras que no tienen sentido geográfico y mucho menos político. No están las cosas para que empecemos a juguetear con el sistema otra vez, castigando a los libaneses por su ambición si quieren que rescatemos su economía y sus bancos, les proporcionemos alimentos y reconstrucción y les demos nuevos sistemas políticos. De hecho, el precio de nuestros rescates occidentales –de Estados Unidos, la Unión Europea y todos nuestros imperios financieros– se parecerá menos a los mandatos coloniales de 1919, y más a las crueles reparaciones impuestas a Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Para imponer nuestra ley a una nación devastada y hambrienta en 1919, y asegurarnos de que pagara sus deudas, tuvimos que ocupar parte de la nación germana. Para “limpiar” Líbano hoy, Occidente tendrá que asegurarse de que su pueblo obedezca las nuevas reglas. ¿Qué fuerza de Naciones Unidas será llamada a emprender esta misión imposible?

El único vehículo concebible sería la combinación de una nueva liga internacional sujeta a la generosidad del Plan Marshall, una revisión a los compromisos del mundo, no sólo con el pequeño Líbano, sino con toda la tragedia de Medio Oriente, una obra multinacional de imaginación que pudiese abarcar todas las guerras sectarias y expansionistas que han afligido a la región durante los cien años pasados. Pensemos en Naciones Unidas cuando fue creada en 1945, un lugar cercano a la euforia (y de pureza casi virginal), comparada con el viejo jumento que cojea frente a nosotros hoy en día.


Pero vivimos en la era de Donald Trump, Vladimir Putin y un nacionalismo como el que solo las tiranías árabes hubieran soñado hace algunos años. Los libaneses no están solos en la búsqueda de poner fin a la corrupción. Todos exigimos lo mismo en todo el globo. Hoy todos, para acuñar un cliché más, somos libaneses. Por eso el cataclismo que arrasó su capital fue tan poderoso y tan aterrador.


© The Independent
Traducción: Jorge Anaya

Últimas noticias