Rusia realiza su Desfile de la Victoria acotado por el Covid

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Moscú. Al margen del uso político que las autoridades dan cada vez, según su conveniencia, a la conmemoración, el Desfile de la Victoria es un justo homenaje a la memoria de los 27 millones de soviéticos que ofrendaron su vida para derrotar el fascismo y liberar Europa de esa peste.

Aplazada la parada militar desde el 9 de mayo, el Covid-19 estropeó la idea que tenía el Kremlin: reunir en Moscú –con un anfitrión con poderes ampliados y con la posibilidad de permanecer en el cargo, si así lo desea, hasta 2036 después de la votación legitimadora del 22 de abril que también se tuvo que posponer– al menos a la treintena de jefes de Estado que vinieron hace cinco años al 70 aniversario, entre ellos los líderes de China, India, Cuba, Venezuela, Sudáfrica, la mitad de los presidentes de las repúblicas de la antigua Unión Soviética y los secretarios generales de la ONU y la Unesco. En esta ocasión, salvo los presidentes extranjeros, sólo vino un canciller, el venezolano Jorge Arreaza.

Ya entonces, en 2015, los líderes de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, aliados de la Unión Soviética durante la guerra, declinaron la invitación en protesta por la anexión de Crimea, un año antes. Ahora, seis años después, con al menos un presidente francés, Emmanuel Macron, que había aceptado venir y seguros de que podrían convencer al inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, el Kremlin se propuso sentar las bases para pasar página del distanciamiento post-Crimea, pero el coronavirus echó abajo ese plan.

 

 

Por ello, esta vez asistieron al desfile sólo nueve jefes de Estado, cinco de repúblicas ex soviéticas y dos de países no reconocidos como independientes por la ONU, además del presidente de Serbia y el representante serbio de la presidencia colectiva de Bosnia y Herzegovina. Se disculparon con argumentos variados los líderes de Armenia y Azerbaiyán (por la gravedad epidemiológica), Israel (por la situación política), Croacia (por fallas mecánicas en su avión) y Turkmenistán (por los festejos del aniversario en turno del profeta Mahoma).

Se planteó el Kremlin, como solución de emergencia, llevar a cabo la más grande demostración de poderío militar con desfiles en 28 ciudades, las seis ciudades-héroe y las 19 sedes de las zonas militares rusas, pero los gobernadores y alcaldes de casi 70 por ciento de ellas, alegando los derechos que Putin les cedió para combatir el Covid-19, los cancelaron o aplazaron.

Tampoco –salvó unidades simbólicas de China, India, Mongolia, Armenia, Azerbaiyán y los países representados por sus presidentes– llegaron destacamentos de soldados de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, en calidad de miembros de la coalición antihitleriana, que sí lo hicieron en 2010, cuando se conmemoró el 65 aniversario, ni de ningún otro país.

Rusia pudo exhibir lo mejor de su arsenal –vehículos blindados, tanques, radares móviles, sistemas de morteros, cañones, misiles tácticos y estratégicos, helicópteros, cazas, bombarderos; al menos cinco tipos de armamento que nunca se habían mostrado– todo un espectáculo digno de verse, precedido por la perfecta marcha marcial de 14 mil soldados de todas las ramas del ejército ruso.

El Kremlin considera esta demostración de poderío bélico un argumento de peso a la hora de que las potencias nucleares del Consejo de Seguridad de la ONU se sienten a negociar –como hicieron en Yalta los Tres Grandes (URSS, EU y Gran Bretaña) el reparto del territorio de Europa aún antes de terminar la Segunda Guerra Mundial– para establecer las nuevas reglas del juego.

Decretado este miércoles día festivo, después de ver por la televisión el magno desfile, los moscovitas salieron a disfrutar este soleado día, total –como aseguran sus gobernantes–, parece que ya desapareció el riesgo de contagiarse de coronavirus.

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