El aislacionismo de EU / Robert Fisk

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En el momento en que Donald Trump condenaba a los ambientalistas en Davos por ser los perennes profetas de la fatalidad, su juicio de destitución empezaba en Washington. Por pura casualidad, en ese mismo instante yo leía la nueva edición de un libro escrito por un niño sobreviviente al holocausto armenio de 1915, el cual, de manera conmovedora y poética, decía más acerca de Estados Unidos que cualquier cosa que Trump –o el Congreso de su país– pudiera jamás expresar.

Leon Surmelian perdió a sus dos padres en 1915 y, poco después de la Segunda Guerra Mundial, publicó Yo les pregunto, señoras y señores, pleno de horrorosos detalles como los que únicamente los relatos del Holocausto judío, un cuarto de siglo después, llegarían a incluir. Recordaba el cuerpo desnudo y mutilado de una joven en un río de Turquía –sus largos cabellos flotaban río abajo– y un brazo humano atrapado en las raíces de un árbol, así como una larga, larga franja de sangre espumosa pegada a las riberas.

No es raro que los judíos hablen actualmente de la shoah armenia –el holocausto, en hebreo–, que primero golpeó a los cristianos del imperio otomano. Pero fue la salvación de Surmelian, cuando más tarde viajó a Constantinopla y visitó el Robert College, operado por Estados Unidos sobre una colina, cerca del Castillo de Roma, en Estambul, lo que me llamó la atención en su libro. El colegio, hoy de 154 años de antigüedad y aún situado entre los dos puentes del Bósforo, coeducacional e independiente, causó una honda impresión en el joven armenio, cuyo sueño era emigrar a Estados Unidos.

Esto es lo que escribió:

“El campus del Robert College… con sus modernos edificios, laboratorios, gimnasio, canchas de tenis y pista de atletismo, era un impresionante ejemplo de la educación estadunidense. En ninguna parte de la ciudad había edificios tan magníficos, semejante despliegue de riqueza y educación para los jóvenes. Pero para mí lo más notable era esto: allí muchachos armenios y griegos se sentaban en la misma clase con alumnos turcos, estaban… en contacto cotidiano como miembros de una sociedad civilizada, sin peleas, sin disputas raciales. También había estudiantes búlgaros, rusos, judíos, ingleses, persas, todos viviendo en armonía. Como Estados Unidos no tenía ambiciones territoriales en nuestra parte del mundo, disfrutaba de una autoridad moral única. Y, más que las maravillas mecánicas, el progreso industrial y el poder, era esta autoridad moral lo que ninguna otra nación sobre la Tierra poseía. En mi mente, el concepto de Estados Unidos se basaba en eso…”

Allí lo tienen. Todo lo que Estados Unidos era es lo que Trump no es. Y todo lo que Estados Unidos es hoy no existía en Medio Oriente al final de la Primera Guerra Mundial. Como la Universidad Americana de Beirut, que era un faro de educación e ilustración estadunidense. Piensen en Trump, y luego reflexionen en estudiantes étnicamente mezclados y diversos –muchos de cuyos padres habían sido enemigos apenas unos meses antes–, sentados lado a lado como miembros de la sociedad civilizada que Surmelian identificaba rápidamente como estadunidense. La prohibición de inmigrantes musulmanes y los muros en la frontera con México hubieran sido impensables en el Robert College.

¿Y qué queda de la autoridad moral única cuando el presidente actual hace pedazos tratados nucleares con Irán, acuerdos sobre cambio climático y alianzas militares, traiciona a los kurdos, destruye las esperanzas de un Estado palestino y exige dinero por todo lo que sus soldados hacen en Medio Oriente… pagar por su presencia o pagar si los árabes quieren que se vayan?

Surmelian habría entendido la obsesión de Trump con las maravillas mecánicas, con el progreso industrial y el poder. Al mismo joven armenio le fascinaban estos aspectos de Estados Unidos. Sin embargo, pese a tener aún pocos estudios, entendía lo que significaba la moral –y la autoridad moral–: la existencia de una nación poderosa que quería guiar al mundo por el ejemplo más que por la fuerza bruta, que prefería ofrecer educación a los pobres y no miles de millones de dólares en armas a quienes los oprimían, que quería guiar por el ejemplo y no por el amedrentamiento. Trump pretende capturar audazmente el día; el viejo Estados Unidos quería llevar la luz del día a otros.

¿O de veras eso quería? Porque, detrás de cada mito edificante en Medio Oriente, por lo regular asoma un negro futuro. A ese mismo Estados Unidos que Surmelian tanto admiraba se le ofreció después de la Primera Guerra Mundial, en 1919, el mandato de la devastada Armenia y de los kurdos carentes de un Estado nacional; un mandato similar al cáliz envenenado que se dio a los británicos en Palestina e Irak y a los franceses en Siria. Todo era parte del principio de Woodrow Wilson del derecho de los pueblos a la autodeterminación. Incluso se envió a las ruinas de Armenia una misión militar estadunidense, encabezada por el general James Harbord de la Primera Guerra Mundial. Uno de sus hallazgos concluyó que, en muchas zonas de lo que había sido el oeste de Armenia, los turcos ya sobrepasaban en número a los armenios, lo que no era sorprendente, puesto que los turcos habían masacrado a millón y medio de armenios, entre ellos los padres de Surmelian, en 1915.

Había demasiado odio en el ambiente, pensaba Harbord, como para que Estados Unidos asumiera el mandato en Armenia, el cual habría dado a lo que queda del Estado armenio algo del territorio interior turco-otomano alrededor de Van y Trabzon, incluso con un acceso al Mar Negro. Los estadunidenses también decidieron que no querían administrar el Kurdistán. Así fue como los armenios –y los kurdos– fueron en verdad traicionados por Estados Unidos. Y esto, recuerden, fue cien años antes de que Turquía asustara tanto a la presidencia estadunidense (desde Carter, Clinton, los Bush y Obama hasta Trump) que Estados Unidos jamás reconocería formalmente que la matanza de armenios en 1915 fue un genocidio. Y un siglo antes de que Trump entregara a los kurdos de Siria a la ocupación turca.

Tal vez el aislacionismo alcance su capítulo final en el narcisismo, la codicia, la deshonestidad y la locura del trumpismo. Puede que Trump se presente ahora como el mayor amigo de Israel y traslade a Jerusalén la embajada de su país, pero sus predecesores les cerraron las puertas a los refugiados judíos europeos que huían de los nazis. O tal vez el entusiasmo de un Estados Unidos más joven –fermentado con un celo misionero cristiano– no iba a producir jamás la autoridad moral que Surmelian vio en ese país. Debemos recordar que Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial para combatir a los nazis y a los japoneses, pero no hasta que éstos atacaron Pearl Harbor en 1941 y hasta que Hitler le declaró la guerra (y no al revés).

Aún quedan almas valientes en Medio Oriente que creen que la educación universal, la sustancia, calidad y esencia de lo que Surmelian reconoció en Constantinopla, sigue siendo el único futuro viable de la región… y de nosotros, en nuestra ignorancia de sus pueblos. Pero es agua en el desierto si continuamos traicionando a los palestinos, los kurdos y las millones de personas que sufrirán bajo nuestros bien armados dictadores locales, ya sea el dictador favorito de Trump, el presidente Al Sisi de Egipto –a quien me pareció ver en Davos, ¿cierto?–, o el aún más siniestro Mohammed bin Salmán, o Assad (armado por los rusos, desde luego) o las milicias de Libia, Yemen o Irak. Si Trump es capaz de mezclar a Al Qaeda con los kurdos –como hizo alguna vez– y destacar que éstos (por alguna extraña razón) no participaron en el Día D, y luego exigir que los palestinos acepten dinero a cambio de renunciar al derecho a tener un Estado… bueno, entonces los estadunidenses están acabados en Medio Oriente. Sabemos, claro, quién no está acabado en la región.

Pero, repito, cuando se tiene un presidente estadunidense que cree que su país debe recibir una paga por intervenir militarmente en Medio Oriente, y luego otra por retirarse –de ahí la amenaza de sanciones contra Irak (cuyo presidente fue descrito de paso esta semana como presidente de Irán en un video de la Casa Blanca) entonces el dinero y más dinero ha remplazado la largamente olvidada autoridad moral.

Después de todo, Moscú parece tener ahora más ambiciones territoriales (de nuevo en palabras de Surmelian) en Medio Oriente que Washington.

Y ustedes deberían leer lo que Surmelian pensaba de la revolución rusa y del bolchevismo. Pero esa es otra historia.

© The IndependentTraducción: Jorge Anaya.

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