Cierran campañas en España con fantasmas de Cataluña y abstencionismo

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Sábado 9 de noviembre de 2019, Madrid. Este viernes los cinco partidos políticos que se jugarán la vida el próximo domingo cerraron la campaña electoral más breve en la historia de España. Fue una semana trufada por la apatía ciudadana, las mentiras de los candidatos en el debate del pasado lunes, mentiras que se repiten con descaro en mítines y declaraciones periodísticas, las metidas de pata del presidente en funciones, Pedro Sánchez y, sobre todo, el empuje del neofascista Vox, al que las todas las encuestas ubican en los cuernos de la luna.

Los socialdemócratas, al igual que Ciudadanos, cerraron en la caliente Barcelona, mientras Casado, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y su ex socio Iñigo Errejón, con su nuevo micro partido, lo hicieron en Madrid. Significativo el desesperado pedido de Casado a Vox y Ciudadanos: “Presten su voto. Ya pactaremos después”. Y abrumadora fue la marea de banderas españolas en la céntrica Plaza de Colón, colmada más allá de su plancha por varios miles de personas de todas las edades, especialmente de jóvenes.

En la sesión celebrada este jueves por la Asamblea de Madrid la derecha dizque más civilizada del PP de Casado y Ciudadanos de Rivera doblaron la rodilla ante la propuesta de Vox de pedir al gobierno central que legisle para ilegalizar a los partidos independentistas, en abierto mensaje a catalanes y vascos. La propuesta no de ley era simbólica hasta que Sánchez declaró que estudiaría el caso para, eventualmente, presentarlo ante el Tribunal Constitucional.

El hecho de que esos dos partidos se hayan rendido ante las huestes de Santiago Abascal no hace sino reforzar la idea de que el ascenso de Vox es aparentemente imparable. Casado y Rivera viven en estado de pánico, temerosos de que la ultraderecha les reste votos a mansalva. Pero el miedo a Vox se palpó con claridad en el debate del lunes, cuando ni la izquierda ni la derecha se atrevieron a tocar el discurso cavernario de Abascal, un político que hace cinco años era un perfecto don nadie en las filas del PP vasco.

Y que Sánchez haya abierto la puerta a ese delirio sólo puede interpretarse como el pánico total de todos los partidos, salvo Unidas Podemos de Pablo Iglesias, al ascenso de Vox. Ahora todos ellos quieren mostrarse como igual de duros que los neofascistas. No extraña esa postura en el PP y Ciudadanos, pero que el PSOE le haya entrado al trapo sí es para ponerse a pensar.

Impresiona cómo desde Madrid, desde un rancio centralismo que al parecer quiere recuperar pasados brillos, algunos partidos se empeñen en echar gasolina sobre el descontento catalán, cuando menos sobre la mitad de la población de esa comunidad autónoma (7 millones de habitantes).

Lejos de aquietar las aguas se empeñan en lo contrario porque, según sus cálculos, pescarán más votos en las zonas conservadoras españolas. En las antípodas de ese extremismo se ubica el partido de Iglesias, que mantiene contra viento y marea, incluyendo a los grandes bancos y empresas de este país, su apuesta por el diálogo.

Esos mismos poderes fácticos están presionando al PP y a Ciudadanos para que, tras el 10 de noviembre, y dando por seguro ganador al PSOE, aunque sin la mayoría necesaria para gobernar en solitario, se abstengan en la sesión de investidura para facilitar la llegada de Sánchez. Salvo sorpresas de última hora, y esto se sabrá la noche del domingo, tampoco los eventuales bloques de izquierda y derecha alcanzarían la mayoría necesaria para gobernar, de modo que sólo la abstención de la derecha dizque civilizada desbloquearía la situación.

Si eso no sucediera, habrá elecciones el año próximo: serían las quintas en cuatro años. Todo un récord digno de los italianos.

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