El fin de Bolton, otro acto de una Casa Blanca disfuncional

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Nueva York. Hoy se conmemoró el 18 aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre, pero aunque los ritos solemnes anuales procedieron aquí y en el Pentágono, imperó la sombra de una Casa Blanca disfuncional que, además de las mentiras cotidianas, ahora ha expulsado a un número sin precedente de sus más altos funcionarios desde que su residente Donald Trump empezó su estancia.

El despido, según Trump, o renuncia, según John Bolton, de su Asesor de Seguridad Nacional fue el tercero en ese puesto en menos de tres años, También han sido cesados o huyeron dos previos asesores de Seguridad Nacional, dos jefes de gabinete, un secretario de Estado, otro del Tesoro, uno de Defensa, uno de Seguridad Interna, otro de Trabajo, una más de Salud, otro del Interior, un Procurador General y un director del FBI, entre otros más de segundo y tercer nivel -por lo menos 51 altos funcionarios en total.

El fin de Bolton no fue sorpresa, y la forma en que se hizo, por tuit, ya no sorprende más. Se sabía, tal como lo declaró el presidente, que había marcadas diferencias de opinión entre los dos, y de la guerra cada vez más abierta entre el famoso bigote blanco y el secretario de Estado Mike Pompeo (quien ayer no lograba ocultar su sonrisa al hablar de su ex contrincante).

Aunque los analistas y observadores se han enfocado mucho en estas diferencias “ideológicas”, con Bolton como un halcón tan extremo que el propio Trump bromeaba de que si fuera por decisión de su asesor, “estaríamos en cuatro guerras más” y que éll era quien tenía que moderar a Bolton, todo indica que el fin fue por algo más sencillo y común en este régimen: el presidente se hartó de alguien que no estaba de acuerdo en todo lo que el jefe quería.

Ahora el debate es si la ausencia de Bolton cambiará la política exterior de Trump. Se sabía que Bolton favorecía estrategias de “cambio de régimen -incluso a través de invasiones y guerras- en Iran, Venezuela, Cuba, Siria, Corea del Norte y otros lugares. Por su parte, Trump minaba esto frecuentemente, indicando que estaba dispuesto de reunirse con el liderazgo Irán, por ejemplo, y continuar manteniendo una relación amistosa con el líder norcoreano.

Hoy Trump comentó que “estaba en desacuerdo con la actitud de John Bolton sobre Venezuela. Pensé que estaba muy fuera de lugar”, reportó Eli Stokols del Los Angeles Times.

También se sabía anteriormente que Trump estaba irritado y frustrado con el tema de Venezuela porque Bolton y otros le habían asegurado que el gobierno de Nicolás Maduro estaba por caer ante un levantamiento popular y militar interno que nunca se produjo.

Pero estas disputas y desacuerdos sobre política no necesariamente son lo que determinan las decisiones internas de este régimen bajo el manejo errático de Trump. Con un presidente que se autoproclama como el más inteligente -“un genio muy estable”- que su gabinete, sus asesores, sus generales y los jefes de inteligencia, el fin de Bolton parece ser solo otra decisión más de una percepción de insuficiente lealtad y elogio o por razones de vanidad.

De hecho, esa vanidad se expresa sin falta cada día. Al ofrecer un discurso conmemorando al 11 de septiembre, Trump repitió este miércoles una afirmación que carece de evidencia y parece ser otra exageración, engaño o mentira más entre las ya más de 10 mil que ha dicho desde que llegó a la Casa Blanca (según conteo del Washington Post). Insistió en que después de que vio el ataque contra las Torres Gemelas desde un edificio en Nueva York, pocos días despues “fui a la Zona Cero con hombres que trabajan para mí para intentar ayudar de cualquier manera que pudiéramos”. Sin embargo, nadie recuerda su presencia ni que haya ofrecido ayuda alguna.

En este aniversario tampoco se habló mucho de la guerra en Afganistán que se lanzó como “respuesta” a los atentados y que ahora es la más larga de la historia estadunidense, y menos sobre la de Irak y sus secuelas en la región. Más bien, los últimos días han estado repletos de disputas sobre realidades alternativas inventadas por el presidente, o por afirmaciones que preocupan por falta de coherencia.

Tal vez lo más increíble es que los temas que imperan en Washington no fueron el 11 de septiembre, ni las guerras o política exterior -hasta lo de Bolton se está desvaneciendo- sino cómo Trump, con un plumón y una serie de declaraciones, insistió en encubrir un error en un tuit suyo que afirmaba que el huracán Dorian podría impactar al estado de Alabama.

Por más de una semana esto ha sido un gran debate, y continua con la revelación del New York Times, de que el secretario de Comercio Wilbur Ross, bajo instrucciones del jefe del gabinete Mick Mulvaney, amenazó con despedir a funcionarios del Servicio Nacional Meteorológico -el cual está dentro de su secretaría- si no apoyaban la falsa afirmación del presidente.

Hoy, Trump, después de ofrecer su discurso por el 11 de septiembre en el Pentágono donde recordó con toda la retórica patriótica y superpoderosa a los casi 3 mil que fallecieron ese día y advirtió que su país respondería a un nuevo intento parecido con una fuerza militar “como nunca usada anteriormente”, retomó el tema del… huracán.

De regreso en la Casa Blanca, preguntado por la versión del Times, Trump declaró que él nunca giró instrucciones para amenazar a los encargados del servicio meteorológico y que eso era otro ejemplo más del “fake news”, y que era un “engaño”.

Hoy una encuesta de CNN registró que seis de cada 10 estadunidenses opinan que Trump no merece un segundo periodo y que un 71 por ciento no confía y en la información oficial difundida por la Casa Blanca.

Todo esto marca lo que el propio presidente ha empezado a bautizar como “la Edad de Trump”.

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