Johnson y los autócratas árabes

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He descubierto que la semana pasada me han pedido al menos cuatro veces que esperara “solo cinco minutos”. En el mundo árabe, cualquier entrevista que se retrasa vendrá acompañada de la seguridad de que solo tendré que esperar cinco minutos. O que me devolverán la llamada en cinco minutos. Muy de vez en cuando dicen 10 minutos. Casi nunca un minuto. Son cinco, más usual en Egipto, menos en Líbano y en Siria. En árabe, “solo cinco minutos” es, según mi transliteración, khams daqiya faqat. En 43 años, calculo que debo de haber oído esa frase casi 9 mil veces, probablemente más.

Es 99 por ciento mentira, claro, una mentira tan grande como el promedio de votación por un dictador árabe en tiempo de elecciones. Pero yo siempre la creo… todavía. Incluso ahora espero en la oficina de un secretario o secretaria en Medio Oriente o echo un ojo a mi teléfono y me digo, bueno, solo faltan tres minutos y él/ella me verán o me devolverán la llamada. No lo hacen. No lo harán. Pero, en la suspensión voluntaria de la incredulidad, cinco minutos deben tener credibilidad.

La mentira se ha dicho tantas veces, que se ha vuelto más cierta que la verdad. Y eso que hasta ahora, querido lector, no he mencionado el Brexit.

Varias veces intenté averiguar de dónde salieron estos “cinco minutos”, y un anciano egipcio amigo mío trató de dar reposo a mi mente. Llegó de India, me informó, de donde muchos funcionarios británicos se trasladaron a Egipto a finales del siglo XIX, y fueron ellos quienes decían a los árabes locales que sus peticiones/deseos/demandas/problemas serían atendidos en “cinco minutos”.

Así pues, parece que nosotros tenemos la culpa. Y cuando estuve en India, hace algunos años, un joven periodista indio a quien conocí en Nueva Delhi me dijo que sí, esa era la expresión que los comisionados de distrito usaban en partes remotas del Raj cuando se veían abrumados por los demandantes en una disputa entre poblados.

Después de la independencia, el servicio civil indio –y, de hecho, cualquier funcionario en el recién independiente mundo árabe– continuó probando la paciencia de un visitante (local o extranjero) con el confortante aviso de que su solicitud podría ser atendida en “solo cinco minutos”.

El tiempo real podría extenderse a un día, una semana o al día del juicio final. No importa: lo decían, lo dicen todavía… y yo sigo creyéndolo inocentemente. Podría agregar que, cuando le pregunté a mi colega periodista explicar el acento de los indios en inglés, me aseguró que se remontaba a los primeros misioneros galeses que enseñaban inglés en su país. ¿Acaso el inglés indio no suena como cuando los galeses hablan inglés, me preguntó? Desde entonces he pensado en ello.

Pero no lo acabo de creer en cuanto a los “cinco minutos”. Porque ahora acepto su existencia. Emocionalmente es verdad, en los hechos es mentira. Así es como también mis amigos árabes consideran a la política o diplomacia británica en la era del Brexit.

El Brexit les aburre profundamente porque muchos de ellos –como un número cada vez menos de británicos– no creen que ocurrirá. Pero los árabes saben también que el primer ministro actual –olvídense del ridículo mandato electoral que le dio el partido Tory– no dice lo que piensa ni piensa lo que dice.

En retrospectiva, se parece mucho a lo que han pensado de la política británica hacia Medio Oriente en el siglo pasado.

La Declaración Balfour de 1917 tiene una credibilidad parecida a “solo cinco minutos”. Fue una sola oración. Prometía el apoyo del gobierno británico a un “Estado nacional” judío en Palestina, a la vez que insistía en que nada debería hacerse que perjudicara los derechos civiles y religiosos de los árabes. O de las “comunidades no judías existentes”, como las llamaba despectivamente el secretario Balfour.

Lo primero resultó cierto, lo segundo fue mentira. Sin embargo, durante años los británicos mantuvieron esa duplicidad, hasta que partieron humillados de Palestina en 1948, aunque para entonces ya no les importaba qué había prometido Balfour ni a quién se lo había prometido.

En este contexto, resulta instructivo observar la actitud de nuestro nuevo primer ministro con respecto a ese especioso, deshonesto y malhadado documento. En 2015, Boris Johnson describió la Declaración Balfour –casi con exactitud– como “extraña” y “tragicómicamente incoherente”. De hecho, dijo, era “una exquisita pieza de embustes del servicio exterior”. Pero en una visita posterior a Israel –ya para entonces era alcalde de Londres y estaba consciente de la redituable naturaleza de las relaciones anglo-israelíes– afirmó exactamente lo opuesto. Ya había descubierto que la Declaración Balfour fue “una gran cosa”, que “reflejó una gran corriente de la historia”.

Obviamente, una de estas dos aseveraciones es falsa. O las palabras de Balfour fueron incoherentes y extrañas –tragicómicamente o no– y los funcionarios del servicio exterior eran unos granujas (creadores de “embustes”), o Balfour fue un titán entre los hombres y su oración única fue un parteaguas en la historia del mundo.

Los árabes suspiraron con fastidio. No esperaban nada más de los británicos. ¿Acaso no siempre se les ha mentido? Tampoco los israelíes se dejaron engañar por esta tontería. Una periodista israelí a la que conozco desde hace 20 años se encogió de hombros cuando le señalé la deshonestidad de Johnson. “Sabemos lo que valen esas cosas”, me dijo.

Y tiendo a creer que así es como muchos británicos ven al gobierno del Brexit. Ya no es nuestro gobierno, como tampoco Boris Johnson es nuestro primer ministro. Es solo que las mentiras –incluso cinco minutos de mentiras– se han vuelto normales, inevitables, aburridas, sosas, fastidiosas y, por lo tanto, aceptables.

En una visita de negocios a Egipto, tres años después de que el mariscal de campo/presidente Al Sisi había derrocado al único presidente democráticamente electo de ese país, masacrado a sus opositores islamitas y encerrado a decenas de miles de presos políticos, Boris Johnson tuvo una alegre charla con el dictador en su oficina de El Cairo para “profundizar la fortaleza de los vínculos mutuos” entre Gran Bretaña y Egipto.

Gran Bretaña ha sido amiga de Egipto desde hace mucho tiempo, anunció Johnson. “Somos el mayor socio económico de Egipto y fuerte aliado contra el terrorismo y las ideas extremistas.”

Mientras las ruedas de la tortura continúan girando en las prisiones egipcias y cada activista de la revolución de 2011 se pudre en la cárcel, los egipcios son nuestros “aliados” de todos modos.

Por supuesto, el preámbulo de Johnson referente a la economía reveló su juego. Siempre se ha tratado del dinero… y de gratitud por cualquier información de inteligencia obtenida por los torturadores egipcios. Pero sabemos que, si sirviera a sus intereses, Johnson –de la misma forma en que el apoyo de Eden a Nasser se convirtió en odio de la noche a la mañana– arrojaría a Al Sisi al mismo autobús al que mandó a nuestro hombre en Washington. De hecho, en una reunión con Johnson, Al Sisi, que no es ningún tonto, mostró lo que pensaba de él al abandonar el salón porque el entonces secretario del exterior solo expresaba fórmulas de cortesía.

Pero ni siquiera recordar ese penoso incidente significa nada. De hecho, el problema de escribir sobre Boris Johnson ahora es que es un embustero tan natural, relajado y alegre –un hombre absolutamente deshonesto, cuyas falsedades han sido reveladas, expuestas y probadas sin sombra de duda muchas veces– que su sola mendacidad es lo que los periodistas llamamos “vieja historia”. ¿Boris Johnson mintió? Vaya, ya lo sabemos, ¿qué hay de nuevo?

En este sentido, escribir sobre Johnson es un poco como era informar sobre el ex presidente iraní Majmud Ajmadineyad, quien estaba infectado de una locura semejante a la de Trump pero constantemente hacía declaraciones –acerca de una nube sagrada que apareció sobre su cabeza en Naciones Unidas, o de cómo el mundo se estaba “ajmadineyadizando”– que se volvieron parte de su extravagante carácter.

Cuando se metió en terrenos más siniestros –al poner en duda la existencia del Holocausto, por ejemplo–, lo tomamos muy en serio. Pero cuando inventaba cuentos, caían en la categoría de “¿qué hay de nuevo?”

De manera similar, la total falta de credibilidad del primer ministro brtánico –sus traiciones a la verdad– se ha fundido ahora con su bufonería. Su falta de respeto por la verdad es parte de su bufonería, que es su personalidad pública, la cual oculta su verdadero desprecio por el pueblo británico.

Se puede aplicar lo mismo a los dictadores de Egipto, Siria, Arabia Saudita y a los antiguos tiranos de Irak y Libia. Sus planes quinquenales, sus victorias electorales y sus promesas de destruir el “sionismo” –para no hablar de su “amor” por sus pueblos mientras preparaban a sus hijos biológicos como dictadores del futuro– eran y son insensatos, espurios, falsos.

Pero ya desde hace mucho nos acostumbramos a eso. Dictadores árabes que son antagonistas unos de otros animan a los cartonistas de sus periódicos a caracterizarse unos a otros como bufones… y los cartonistas occidentales a menudo trazan dibujos igualmente insultantes de los lideres árabes.

En cierta forma, Boris Johnson es un tipo más peligroso que todos los modernos autócratas árabes juntos. Sí, siempre he resistido la vieja falacia de comparar la política actual con la Segunda Guerra Mundial. Saddam Hussein no era “el Hitler del Tigris”. Tampoco Trump es nazi. Pero si hay alguien en el panteón fascista con quien podríamos encontrar el más leve paralelo con nuestro nuevo “gobierno” británico, es Mussolini.

Su resurrección política en Italia (los bustos de Il Duce están a la venta en su ciudad natal, se permite a los turistas visitar su tumba) debe mucho a su carácter bufonesco. Si uno necesitara buscar el lado ligero de la grotesca alianza nazi con Italia –incluso al costo de ignorar el indignante antisemitismo de Mussolini, su persecución de los judíos y la matanza racial de los etíopes, por mediocres que fueran en términos hitlerianos–, podría mofarse de sus escandalosos uniformes, sus débiles intentos por recrear el imperio romano y sus tartamudeos y diatribas ante las multitudes.

Sin embargo, un rayo de nerviosismo me atravesó cuando leí que Jacob Rees-Mogg hacía un poco de limpieza lingüística ahora que tiene un asiento en el gabinete. A primera vista, su deseo de borrar clichés y equívocos –“actual”, “constatar”, “apropiado al propósito”, etc.– puede parecer excéntrico, pero no se puede decir que sea fascista. Solo deseo que haya añadido algunas de las palabras que detesto –“narrativa”, “espacio”– a su lista de expresiones prohibidas.

Pero también tengo claro que el propio Mussolini hizo un poco de limpieza lingüística en sus últimos días en el poder. Según su “reforma de costumbres”, el italiano voi –el “tú” informal y de confianza– debía tomar el lugar del lei, el “usted” formal y quizá excesivamente cortés de la Italia oficial.

Más grave fue que proscribió el uso de dialectos, de modo que todos debían hablar el equivalente italiano de la “pronunciación recibida” del inglés. El italiano oficial significaba que todos los ciudadanos del Estado podrían entenderse entre sí. Imagínense cuánto más fácil sería si en el Reino Unido todos los que hablan con acento de Belfast pudieran ser entendidos de inmediato en Cornwall o Kent. Que todos hablen con el acento de la clase alta de Eton y todo estaría claro.

Mucho más preocupante –si fuéramos a llevar la Segunda Guerra Mundial un poco más lejos en el mundo de fantasía de Johnson– sería el portentoso pie de guerra en el que ahora supuestamente se encuentra su gabinete. En el mundo churchilliano virtual que el primer ministro habita, ha creado, igual que su héroe, un “gabinete de guerra”. Esta comedia está inspirada sin duda en el Churchill de imitación que es Johnson. Churchill, el verdadero Churchill, creó un gabinete de guerra, sí, pero fue porque enfrentaba una guerra real, no a la Unión Europea.

Al igual que Johnson, Churchill no fue un primer ministro electo: llegó al cargo porque Chamberlain había retenido solo una humillante pequeña mayoría en un voto de confianza en los Comunes y porque Gran Bretaña enfrentaba una emergencia nacional causada por la victoria de Hitler en Europa. Churchill solo llegó al poder porque pudo formar un gabinete de unidad nacional que incluía al Partido Laborista. El gabinete de guerra de Johnson tiene que confrontar una emergencia nacional creada por el propio primer ministro… y sin ayuda de la oposición política.

Una vez más, hay aquí paralelos árabes. Siempre que los líderes árabes –dictadores, autócratas, tiranos u “hombres fuertes”– enfrentan un problema insoluble, crean “comités de emergencia” para lidiar con la crisis. Esos comités no logran nada –ni se pretende que logren nada–, pero dan a las masas una fachada de poder y acción.

De manera similar, los líderes árabes siempre justificarán sus acciones sobre la base de que se encuentran en “un estado de guerra” con Israel. También en eso emplean un circunloquio. No se refieren a Israel, sino a “la entidad sionista”. Churchill detectaría de inmediato la versión de Boris Johnson de lo que él (el verdadero Churchill) llamaría “inexactitud terminológica”.

En el caso de Johnson, parece ser la expresión “la valla antidemocrática”, que ahora sus sirvientes repiten casi como robots. En otras palabras, ya no solo es la valla irlandesa. Los árabes entenderían esto de inmediato.

Sin embargo, para ellos sería mucho más serio si el bufón de Downing Street y el bufón de Washington empezaran a hablar con la misma voz en Medio Oriente, ahora que Gran Bretaña debe mendigar la buena voluntad de Estados Unidos después del Brexit.

Cuando Trump anunció que trasladaría su embajada a la “capital” israelí de Jerusalén, Johnson replicó que la embajada británica permanecería en Tel Aviv. Pero, ¿aún es aplicable? ¿O fue solo una mentira más? ¿Cuánto falta, en otras palabras, para que Boris Johnson decida que la Declaración Balfour reflejaba en verdad “una gran corriente de la historia” y no un “embuste”, y que Gran Bretaña debe completar el círculo que inició en 1917 y enviar al embajador británico a vivir junto con su contraparte en Jerusalén?

Una decisión rápida, una negativa a tolerar a los agoreros y plañideros palestinos –la rica experiencia de la ministra del interior Priti Patel podría hacerla la elegida para vender el paquete– y el primer ministro puede posponer la llamada a Mahmoud Abbas para discutir su traición a Jerusalén, como lo hizo con Leo Varadkar con respecto a la valla “antidemocrática”.

Un cambio semejante en la política británica hacia Medio Oriente apenas tardaría cinco minutos –en tiempo real– y, para cuando los manifestantes se reunieran en Downing Street, el primer ministro podría volver a agitar su varita: liberar el Grace 1 en Gibraltar, saludar la liberación del Stena Impero por Irán y posar como el nuevo pacificador del Golfo. Puede que la armada británica sea raquítica –ya no podemos, claro, sugerir que no es “apropiada al propósito”–, pero Boris Johnson habría para entonces volado a Teherán para la tercera parte del acuerdo: la liberación de Nazanin Zagahari-Ratcliffe.

Pero no cuenten con ello. Creer en lo anterior es parte del mundo fantástico de eterno y falso optimismo en que Johnson vive. No habrá elección antes del 31 de octubre… o tal vez la habrá. Debemos permanecer. Debemos irnos. Ya probó ambas versiones y se quedó con la segunda. El pueblo estará unido –o tal vez habrá “inquietud civil”–, frase siniestra que hemos escuchado cada vez más en fechas recientes.

En esto los potentados árabes entienden por completo a Boris Johnson. Porque ¿acaso ellos no prometen constantemente a su pueblo unidad, seguridad, la destrucción de sus enemigos, el exterminio de los agoreros y los plañideros? A cambio, sus masas gritan: “Con nuestra sangre, con nuestra alma, nos sacrificamos por ti”. Boris Johnson solo recibe abucheos en Escocia y Gales.

Pero no importa. Solo se necesitan cinco minutos para olvidar todo y jugar al tonto con pollos y submarinos nucleares. Anunciar que el acuerdo de retiro está muerto es un poco aceptar –como hará el primer ministro, no lo duden– que el acuerdo de tierra por paz en Medio Oriente está muerto. Si se reniega de uno, se puede traicionar el otro. Porque estamos en una era en que los acuerdos solemnes de paz se pueden romper –no aludiré a la última vez que esto ocurrió en escala semejante–, en que se puede derramar el dinero y las promesas se hacen para romperse.

Trump promete a israelíes y palestinos “el acuerdo del siglo” (por el cual pagarán los árabes) y Johnson promete a los británicos un acuerdo del siglo igualmente falso (por el cual la UE pagará).

No es extraño que los árabes no parezcan sorprendidos por la farsa del Brexit. Están acostumbrados a que los europeos se lastimen a sí mismos al igual que a los árabes –desde el mandato de la Liga de las Naciones hasta la ilegal invasión de Irak en 2003–, pero también saben que estos sucesos repercuten en sangre y odio sobre Medio Oriente durante muchos años.

Boris Johnson cree que puede “arreglar” el Brexit en 90 días. ¿Alguien ha llamado a Downing Street en estos días y pedido una explicación seria? Por supuesto, estaría perdiendo el tiempo. Le prometerán devolver la llamada en cinco minutos.

 

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

 

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