Muere Michel Piccoli, monstruo sagrado del cine francés

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París. Amo a toda la gente que se mueve con infinita voluptuosidad y violencia, afirmaba Michel Piccoli, considerado monstruo sagrado del cine francés, quien murió a los 94 años.

Su familia confirmó este lunes a la prensa francesa el deceso, ocurrido la semana pasada, pero no proporcionó la causa.

Compañero de viaje de Luis Buñuel, Michel Piccoli contribuyó a escribir con letras mayúsculas una página del cine francés.

Con físico de seductor, cejas pobladas y voz atronadora, este actor complejo afirmaba disfrutar al interpretar la extravagancia y los delirios más agitados.

Filmó no sólo con Buñuel (Diario de una camarera), sino con Claude Sautet, Jean Renoir, Alain Resnais, Jean-Pierre Melville, Jean-Luc Godard, Agnés Vardà y Alfred Hitchcock, sin olvidar su trabajo con los jóvenes realizadores antes de lanzarse en la dirección, con 70 años.

Me da lo mismo (...) hacer cosas no comerciales, peligrosas, declaró en una ocasión a la revista especializada Cahiers du Cinéma. Prefiero los prototipos a las series.

El desprecio, de Godard (1963), con Brigitte Bardot, lo reveló al gran público. En esta crónica de desamor, interpreta a un guionista, con un sombrero ajustado, para ser como Dean Martin. Fue quizás uno de sus papeles más memorables inmerso en la nueva ola del cine francés.

En su larga trayectoria, participó en más de 200 películas y series.

Con Hitchcock trabajó en Topaz (1969), pero pese a aparecer en el thriller de espionaje su carrera en Hollywood no despegó. Con Marco Ferreri hizo La gran comilona (1973), con Luis García Berlanga París-Tombuctú (1999) y con Nanni Moretti Habemus Papam (2011), en la que encarnó a un papa melancólico que sueña con volverse anónimo en las calles de Roma; su último gran papel en el festival de Cannes.

 

 

Nacido el 27 de diciembre de 1925 en París, Piccoli definía a sus padres como músicos sin pasión, que le sirvieron de antimodelo. Esta familia que describió de egoísta y racista pesó probablemente en su rechazo a la burguesía.

Ya de joven, siguió cursos de teatro y debutó en el cine en Le point du jour, de Louis Daquin.

En 1945, entonces de 20 años, conoció a Jean-Paul Sartre y a Buñuel, así como a otros cineastas.

La mayor parte de su carrera la realizó en Francia, pero también filmó en Italia y actuó junto a las actrices más cotizadas de la época, incluidas Catherine Deneuve y Romy Schneider.

Sin embargo, su imagen de seductor dejó paso a otros perfiles, más desenfrenados, como el de un homosexual suicida en La gran comilona, que escandalizó en Cannes por sus escenas escatológicas y de orgías.

Su carácter antiestrella lo llevó a participar en películas de cine de autor bajo la dirección de Leos Carax, Jean-Claude Brisseau y Jacques Doillon.

Se casó tres veces: una con Éléonore Hirt, luego con la cantante Juliette Gréco y finalmente con Ludivine Clerc, con quien permaneció el resto de su vida. Tuvo una hija, Anne-Cordélia, de su primer matrimonio.

Comprometido con la izquierda hasta el final

Se enroló en el Partido Comunista, compromiso con la izquierda que perduró hasta el final, incluso públicamente, apoyando, por ejemplo, a candidatos presidenciales como el socialista François Mitterrand, en 1981.

Si pienso en todos los monstruos que he interpretado, todos estos abismos repugnantes que dan miedo... creo que debe ser para mí una manera de revelar mis secretos, había afirmado.

Uno de los actores fetiches de Buñuel, Piccioli protagonizó junto a Deneuve el clásico de 1967 Bella de día y en la ganadora del Óscar a la mejor película extranjera El discreto encanto de la burguesía, de 1972.

Entre otros galardones, fue reconocido con el premio al mejor actor en Cannes por Salto en el vacío (1980) y recibió el Oso de Plata a la mejor interpretación masculina por Strange affair.

En el teatro, fue dirigido también por grandes nombres, como Peter Brook, Patrice Chéreau y Luc Bondy.

Discreto sobre su vida privada, Piccoli se confesó a los 90 años en un libro de entrevistas con Gilles Jacob, su amigo y ex presidente del festival de Cannes.

Admitía su angustia de no poder seguir trabajando: me gustaría que esto no se acabara nunca, pero terminará.

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